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Agresiones a docentes

Lunes 09 de octubre de 2017
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Distintos episodios de carácter violento vienen afectando de un tiempo a esta parte la vida escolar. A esa grave situación se suma que en muchos casos fueron los propios padres de los alumnos quienes agredieron a los docentes. Sorprende dolorosamente esta clase de hechos por la intemperancia y el arrebato de sus autores, ejemplo de todo aquello que no deseamos que los niños aprendan en las aulas.

En este mismo sentido, una reciente estadística de la Dirección General de Educación de la provincia de Buenos Aires reporta que dos de cada diez educadores han debido sobrellevar experiencias violentas causadas por familiares de alumnos. Considerando sólo los hechos denunciados, en 2015 se habrían registrado 236 agresiones al personal docente, siete de ellas con armas. Las inconductas de los padres deben alarmarnos, pues está claro que son actores fundamentales en el ámbito educativo y que en tal carácter pueden efectuar reclamos, pero por su misma responsabilidad jamás deberían incurrir en ningún tipo de agresión.

Un estudio realizado por el Ministerio de Educación de la Nación, que toma en consideración los testimonios de chicos que fueron testigos de actos violentos contra docentes por adultos ajenos a la escuela, revela también un aumento en la frecuencia de estos episodios de amenazas y golpes contra los maestros por parte de familiares de los alumnos.

Recientemente, en una escuela de La Plata, un padre que había ido a buscar a su hijo al término de las clases observó que éste presentaba un hematoma en la frente y culpó a la maestra por no haberlo cuidado debidamente. No sólo eso, sino que amenazó con hacerla responsable y anunció, además, que sería ella la primera a quien castigaría para seguir luego con otras maestras si a su hijo le pasaba algo más. La directora del establecimiento educativo, Alejandra Calabrese, confirmó que el padre también las había amenazado de muerte a ella y a otras seis docentes. Todo esto, acaecido en presencia de los alumnos, condujo a la presentación de una denuncia policial por las amenazas, que llevaron a las docentes a pedir licencia. En otra escuela de la misma ciudad, una maestra de primaria denunció que un alumno de sexto grado le ocasionó lesiones en la columna y en la cadera al propinarle un rodillazo, tras lo cual no desea volver al aula si no le ofrecen las garantías necesarias.

Los hechos, ingratos y penosos, reflejan lamentablemente un contexto signado por niveles de violencia crecientes. Varias provincias dictaron normas específicas para prevenir y sancionar a padres o adultos que agredan física y verbalmente a los docentes. Tal el caso de la provincia de Buenos Aires, donde desde marzo rige una ley que establece multas y días de prisión para los agresores, penas que se agravan al doble cuando los ataques se dan en presencia de alumnos.

Es bien sabido que el dictado de clases requiere el respeto y la consideración hacia los docentes por parte no sólo de los alumnos, sino también de los demás integrantes de la comunidad, puesto que la enseñanza jamás podrá impartirse exitosamente en un clima de hostilidad. El principio de autoridad, muy lejano del concepto de autoritarismo con el que ideológicamente aún muchos pretenden confundirlo para cuestionarlo y debilitarlo aún más, es clave para la convivencia social y hoy notamos gravemente su ausencia también en las aulas.

Maestros y padres, cada uno desde su lugar, deben aliarse para promover conductas básicas de respeto que permitan generar el clima adecuado para el estudio y el aprendizaje de los alumnos. Esta sociedad enferma de violencia es expresión de la violencia interior de muchos. Valores como la tolerancia, el respeto y la solidaridad no pueden quedar relegados a un segundo plano y hemos de priorizar que sean también cuestiones por abordar, desde el ejemplo, en las aulas.

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