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Rajoy: el artesano del inmovilismo espera que juegue primero su rival

Con su futuro político en riesgo, el presidente español no anticipa sus próximos pasos y apuesta a los errores del gobierno catalán

Lunes 09 de octubre de 2017

MADRID.- "Y si no me hacen caso, ¿qué hago?" Mariano Rajoy responde con una pregunta a los políticos, como Albert Rivera (Ciudadanos), que estos días le piden que use cuanto antes las herramientas constitucionales que le permitirían asumir el control de Cataluña.

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy. Foto: Archivo

Encerrado en el Palacio de la Moncloa, esconde sus cartas en medio de la crisis que sacude a España. Es su especialidad. Lleva 20 años en la primera línea del poder y en el mundo político todavía hay quien se pregunta si es un genio del inmovilismo o un impasible con suerte. El presidente se juega el gobierno la semana que viene. Está en peligro también la paz social. Por eso dice a sus interlocutores que no es momento aún de suspender la autonomía catalana y exponerse a una espiral incontrolable: la desobediencia de los separatistas, una revuelta en la calle, represión.

"Que muevan ellos primero", resume la estrategia un funcionario del gobierno. Si el presidente catalán, Carles Puigdemont, declara la independencia el martes, Rajoy se sentirá con argumentos suficientes para responder. No quiere pasar a la historia como el hombre que perdió Cataluña.

Lo confirmó el fin de semana en una entrevista con El País: "El gobierno va a impedir que cualquier declaración de independencia se plasme en algo". Dijo que los separatistas "están a tiempo de rectificar". Si insisten -advirtió- usará todas las herramientas legales, pero no anticipa cuáles.

Hay mucha gente nerviosa a su alrededor. Rajoy minimizó la crisis durante cinco años. Creyó que los separatistas iban a rendirse de puro miedo antes de celebrar un referéndum declarado ilegal por la justicia. "No habrá ni urnas ni papeletas", prometía. Delegó en los tribunales las acciones para frenarlos.

Pero el 1º del actual, horas antes de la votación, descubrió que sus rivales llegarían hasta el final. Reaccionó tarde. La represión de la policía estatal en los colegios le dio un resultado nefasto: no le sirvió para detener la elección y colocó a los independentistas en el lugar de víctimas. Los fortaleció dentro de Cataluña y ante la opinión pública internacional.

El lunes volvió a lo conocido. Esperar que el error lo cometa el otro. Quedarse firme mientras todos tiemblan.

Lo que lo obsesiona es tener apoyo político en caso de ser necesarias medidas extremas. La intervención de Cataluña. La detención de Puigdemont. El uso de la fuerza. El PSOE, en manos de su enemigo Pedro Sánchez, lo apoya en esta batalla, pero no le extiende un cheque en blanco. Ante una represión a gran escala podría flaquear.

Con eso en mente, Rajoy movió el martes la ficha del rey. El discurso de Felipe VI, en el que trató de golpistas a los secesionistas, apuntó a dos objetivos: alinear al socialismo y advertirle a Puigdemont que no habrá piedad con él si declara la independencia.

La fuga masiva de empresas de Cataluña fue otro proceso que se gestionó desde Madrid para desatar el pánico en los separatistas.

Una rendición sería el triunfo de Rajoy, más allá de que no resuelva el enorme problema con los catalanes que quieren dejar España. Por ahora la sesión parlamentaria sobre la ruptura sigue en pie para el martes. Lo que ocurra entonces impactará con fuerza en el gobierno de España. Rajoy tiene mayoría en el Senado para imponer la intervención de la autonomía catalana, pero sería una decisión demasiado trascendental para tomarla sin apoyos. Si tuviera que apelar a medidas todavía peores -un estado de excepción-, ya entraría en juego el Congreso de los Diputados, donde está en minoría. Necesita al PSOE. Ciudadanos mantiene su apoyo -aunque pide más dureza-, pero los nacionalistas vascos del PNV, decisivos para construir la mayoría que aprobó los presupuestos, huyen de cualquier medida que implique tocar el autogobierno catalán.

El desastre podría forzarlo a convocar elecciones para buscar un apoyo mayor, impulsado por el brote nacionalista que la revuelta catalana desató en el resto de España. Se podría dar la paradoja de que el estallido de una megacrisis que en parte creció por la incapacidad de Rajoy para gestionarla terminara por fortalecerlo en el poder.

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