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Puigdemont: con el sueño de quedar en el bronce, resiste hasta el final

Presionado por distintos sectores del separatismo, parece decidido a ir a fondo

Lunes 09 de octubre de 2017
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MADRID (De nuestro corresponsal).- "¿Ir preso por Cataluña? Sería un orgullo." Fuera de los micrófonos, Carles Puigdemont se enfrenta seguido con esa inquietud de interlocutores que esperan la confesión de una debilidad. Más se lo preguntan y mayor es el énfasis que pone en la palabra orgullo.

Foto: LA NACION

El presidente Puigdemont está a horas de tomar la decisión de una vida. Si mañana se planta en el Parlamento y declara la independencia de Cataluña, tiene claro que la reacción de España será contundente.

Su entorno es un hervidero de gente asustada, que ruega encontrar una fórmula para evitar "medidas sin retorno". Están viendo la fuga de empresas. La sombra de la cárcel. La pérdida del autogobierno. Violencia en las calles. Puigdemont resiste con su determinación.

Artur Mas, que se siente el comandante en las sombras del proceso separatista, marcó el viernes la cancha al confesar que Cataluña no está preparada para "la independencia real". Descubrió que no controla a su criatura.

Puigdemont es un independentista de siempre -no como Mas- y su ambición es el bronce. "Es el más peligroso de todos, porque no tiene expectativas de seguir en el poder", señala un líder opositor. Esa virtud lo diferencia del vicepresidente Oriol Junqueras, líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC).

Los dos conocen sus limitaciones. La república catalana no podrá imponerse en los términos inmediatos que señala la ley que aprobaron en septiembre para dar cabida al referéndum secesionista. Aun así, creen que llegaron muy lejos para entregarse ahora.

Las presiones internas sobre Puigdemont empezaron el domingo de las elecciones. La violencia policial en el desalojo de los colegios no impidió la afluencia masiva de votantes. Pero el descalabro logístico hizo inviable el escrutinio.

Moderados de su partido, el PDeCAT (ex Convergencia), le sugerían frenar. La ocasión ideal: tenía la simpatía de la prensa internacional y había logrado una movilización que se impuso a la represión policial. Podía decir que dados los obstáculos impuestos era imposible ofrecer un resultado del referéndum. Y exigir, a párrafo seguido, una negociación con el gobierno español. Puigdemont no quiso aguar la fiesta del nacionalismo. Dio por válidos los resultados y anunció que actuaría según la polémica ley del referéndum: es decir, declarar en cuestión de horas la independencia.

La aventura se complicó. Los radicales de CUP y ERC le pedían avanzar ya. En su partido sugerían golpear y esconder la mano: mantener el desafío, pero al mismo tiempo reclamar una mediación. La Generalitat alentó la huelga general en Cataluña del martes para crear un escenario insurreccional que sentara a Rajoy a la mesa.

Esa noche el discurso del rey Felipe VI dinamitó el sueño de una negociación. Puigdemont decidió probarse el traje patriótico. Dio el miércoles un discurso en el que trató al rey como un par, habló de que Cataluña es "un solo pueblo" -sin contar con la mitad de la población que rechaza el separatismo- y rogó por una mediación.

Los políticos que intentan mediar le piden un gesto más: retirar la amenaza de la declaración unilateral. La estampida de empresas acentuó las presiones. Él respondió avisando que irá el martes al Parlamento.

No dice si va a declarar la independencia. Dentro del Palacio de la Generalitat se debate más del cómo que del qué. Una "declaración simbólica", piden algunos. A Puigdemont no lo convence. Cree que la reacción del gobierno de Rajoy será igual de contundente que si se vota la ruptura total. Insiste en que él está dispuesto a asumir las consecuencias.

Es un admirador de Lluís Companys, el único presidente de la Generalitat que se animó a declarar el Estado catalán, el 6 de octubre de 1934. Aquella república no vio la luz del sol: nació a las 20.11 y se esfumó a las 7 de la mañana. En la calle quedaron 80 muertos. Companys fue detenido. Lo repuso el Frente Nacional en 1936. Atravesó la Guerra Civil, se exilió en Francia, lo detuvieron los nazis y lo mandó a fusilar Franco.

Hoy todas las ciudades de Cataluña tienen una calle o una plaza principal con el nombre de Companys.

A la hora de la decisión, Puigdemont tendrá en mente que sus opciones de triunfo son escasas. Pero también que la sociedad en que vive sabe premiar fracasos cuando son por la patria.

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