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Joe Lovano: "Soy parte de una tradición musical muy amplia y muy desafiante"

El saxofonista se presentó en la Usina; un lenguaje y un legado que van de las raíces africanas a John Coltrane y Sonny Rollins

Martes 10 de octubre de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: LA NACION / Daniel Jayo

Cuando a Joe Lovano se le pregunta qué se siente ser considerado uno de los saxofonistas vivos más importantes del jazz, lo primero que hace es sonreír de par en par y revolear los ojos que se dejan ver detrás de sus anteojos con cristales celestes. "Bueno... todos estamos tratando de decir algo", dice, tomando aire para luego extenderse en una respuesta más elaborada. Falta apenas media hora para que se presente junto a su cuarteto en el escenario de la Usina del Arte, y así y todo se toma su tiempo para pensar cada frase, que luego suelta hilvanada casi sin pausas. Igual que cuando toca su saxo tenor.

Nacido en 1952 en Cleveland, Joe Lovano fue criado a imagen y semejanza de su padre, Tony "Big T" Lovano, un saxofonista de cierto prestigio regional que no dudó un segundo en transmitirle sus conocimientos a su hijo a temprana edad. "Aprendí todo de él y de sus discos", recuerda Joe. "De chico me enseñó a tocar jazz y de adolescente ya me llevaba a sus giras". Casi como opción natural, entró en el Berklee College of Music, donde tuvo a Gary Burton entre sus profesores, y luego se instaló en Nueva York, donde vive actualmente.

Después de pasar por la big band de Mel Lewis, Lovano se insertó definitivamente en la escena cuando Paul Motian lo reclutó para su trío sin piano. Allí, el saxofonista demostró que también podía incursionar en las corrientes más avant garde del jazz con total soltura. En 1985, finalmente grabó su primer disco como líder de su cuarteto, y desde ese momento construyó una carrera en constante ascenso. Casi como una muestra perfecta de lo que es capaz de hacer, su disco doble Quartets, Live at The Village Vanguard (1994) lo muestra liderando dos cuartetos distintos en un contrapunto impecable entre vanguardia y tradición.

-En ese disco lograste incursionar en facetas muy distintas del jazz sin perder tu voz propia ¿Cómo creés que lo hiciste?

-Es un trabajo que arranca cuando estás creciendo y tratás de desarrollarte en el arte de la improvisación. Sos libre de sentir muchas cosas y no hay necesidad de pensar en un solo estilo. No pienso el jazz de esa manera. Para mí, es una expresión de quién sos, de las raíces que heredás de tu familia y la energía. Mis abuelos vinieron de Sicilia y yo heredé su concepción del folk y del ritmo. Venían de una región en la que estaban en contacto con el norte de África, con Grecia y con parte de Asia. Abracé esos sonidos de la misma manera que a Coltrane, Sonny Rollins, Ben Webster o Coleman Hawkins. Desde que Gillespie añadió a su banda una sección rítmica afrocubana, nos enseñó que el jazz era multicultural, multigeneracional y multidimensional. Si estás en sintonía con tu universo, vas a creer, y yo estoy agradecido de haberlo conseguido.

-Ese cruce de generaciones te llevó a grabar con Tony Bennett y Lady Gaga, ¿encaraste de otra manera tus solos sabiendo que apuntabas a otra audiencia?

-Sí, pensé más en momentos que en solos. Traté de complementar lo que cantaban Tony y Lady, que era más hablado que cantado, en realidad. Tony te toca el alma con cada palabra que dice, es uno de los cantantes más expresivos del mundo. Yo había tocado con él en los 70 y a partir de entonces siempre estuvo atento a mi carrera, es un honor para mí. Un día me fue a ver tocar al Lincoln Center y cuando me acerqué a agradecerle me dijo que me iba a llamar por algo. Lo hizo recién un año después [risas]. Recibir su llamada para participar de Cheek to Cheek fue una locura; encima me dejó lugar para que me destacara por encima de la banda. Cuando grabé mis partes, el resto ya estaba todo, así que toqué escuchando la música y también lo que ellos cantaban. Estas cosas te suceden cuando vivís en Nueva York. La ciudad te enseña a estar preparado para cualquier cosa.

-¿Sentís que haber crecido en una ciudad alejada de Nueva York te dio otra perspectiva?

-Nueva York siempre fue el centro definitivo, pero las grandes ciudades tenían lo suyo. Todos los maestros del jazz pasaban por Cleveland a tocar. Podíamos ver en vivo a bandas de Nueva Orleans, de Kansas, Philadelphia, Pensilvania... Y salir de gira con mi padre me aportó el resto, aprendí sus canciones y a tocar blues en todas las tonalidades hasta que logré que me dejaran sentarme a tocar con ellos, a entender las secciones rítmicas y a tocar con órgano además de piano. La suma de esas cosas resulta muy inspiradora. Además, yo crecí en la era de Motown. Detroit está a tres horas de Cleveland y teníamos nuestra propia escena, así que también toqué música de Motown y James Brown, me desprendía de la sección de vientos para improvisar. Hoy, esa música y esa actitud todavía forman parte de mí.

-¿Cuáles son tus primeros recuerdos de escuchar los discos de tu padre?

-Lo más importante para mí fue empezar a escuchar quiénes eran los músicos, escuchar a la persona detrás del instrumento. Si era el piano de Bud Powell o la batería de Max Roach. Eso para mí era clave. Entender sus diferentes enfoques te hace vibrar con ellos y con su música. Cuando te encontrás con una belleza como la de Kind of Blue, de Miles Davis, lo primero que hacés es quedarte deslumbrado, te paraliza. Pero una vez que empezás a investigar, sentís el beat, podés analizar la armonía y terminás tocando tus propias melodías arriba de esos discos. Es un proceso que cada uno debe aprender según sus recursos, pero es imprescindible hacerlo.

-Y ahora que hay una gran cantidad de músicos que estudian con tus discos y te consideran una leyenda, ¿qué se siente estar de ese lado?

-Te deja sin palabras. Cuando sos joven y estás haciendo tu propio camino, sos parte del público, vas a ver a tus ídolos. Y de pronto empezás a desarrollarte y ves que tus maestros van a escucharte a tus conciertos. Cuando me pasó eso empecé a sentir que era parte de un legado, que soy parte de una tradición de música muy amplia y muy desafiante. Sentirme abrazado por Charlie Haden, Paul Motian o Elvin Jones... es un viaje muy loco, y es lo que trato de transmitirles a mis alumnos. Hay una historia por contar, y para hacerlo tenés que estar involucrado y saber que tu presencia es importante para la música del mañana.

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