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La exaltación de la anarquía

La crisis de la democracia representativa genera reacciones que pueden llevar al populismo

Martes 10 de octubre de 2017
PARA LA NACION

Cuando Bakunin y otros teóricos levantaron las banderas negras del anarquismo, protestaban contra la opresión de los gobiernos. Proclamaban el derecho de los hombres a ser libres en un marco idílico, similar al paraíso terrenal o a un "estado de naturaleza" preestatal. Querían una sociedad sin gobierno.

El ideal de un mundo sin gobierno (an-arquía) nunca llegaría a cumplirse. Lejos de eso, muchas veces se vio exacerbado en formas de expresión que, a la manera de Sorel, entendieron la violencia como un modo de oponerse al estado de cosas establecido.

Hoy existe una difundida insatisfacción con la democracia representativa expresada en estudios como el de Latinobarómetro, que señala una "pérdida de calidad de la democracia". Aparecen por oposición las manifestaciones de una llamada "democracia radical" que reivindica la participación directa de un pueblo (demos) real, más sano e idealista, superador de la corrupción y las burocracias que alimentan el desprestigio de un modelo desgastado por la "partidocracia", en donde se cumple la "ley de hierro de las oligarquías" anunciada por Robert Michels.

Ante las quejas crecientes contra "la política", cabe preguntarse si es posible vivir fuera de la política. Los teóricos de la "democracia radical" creen que sí, que hay un mundo más solidario sin la intermediación de las instituciones y el mercado; reivindican a Rousseau frente a Montesquieu y prefieren la "comunidad" a la "sociedad"; encuentran el soporte teórico en intelectuales racionalistas como Jürgen Habermas y John Rawls, que no han podido o querido evitar una importante dosis de idealismo.

Las utopías son necesarias, nos impulsan hacia adelante, pero a los partidarios de la democracia directa habría que recordarles que su paradigma, la Constitución francesa de 1793, nunca se aplicó. Terminó enterrada en una caja de madera, mientras reinaba el terror y la guillotina se llevaba no sólo a Danton, sino también a Robespierre.

Siguiendo también a Rousseau, Marx proclamó la utopía de la sociedad sin clases y anunció una fase superior del socialismo ideal que nadie llegó a ver realizada. Por esa utopía, sin embargo, millones de campesinos rusos sufrieron muertes y deportaciones durante la "dictadura del proletariado" encarnada en Stalin, como etapa "imprescindible" de la dialéctica frente a los abusos del capitalismo.

Mucho más cerca, el gobierno directo del pueblo se expresó en la consigna "que se vayan todos" durante nuestra crisis de 2001 o en el "no nos representan" de los indignados de la Puerta del Sol, de Madrid, y la Plaza Sintagma, de Atenas, bajo la arenga de Stephen Hessell a los jóvenes para rebelarse contra los desbordes del aparato financiero frente a los postulados de la democracia social.

Foto: LA NACION

La constatación de una "democracia líquida" nos coloca a las puertas de una "razón populista" proclamada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En ella, la relación del líder y la masa puede no ser racional, si encuentra un enemigo común al que el pueblo pueda enfrentar y a la que hay que oponerse.

El filósofo murciano Manuel Arias Maldonado describió cómo las formas políticas clásicas se basaron en postulados racionalistas e iluministas que hoy resultan insuficientes para explicar las complejas demandas de los pueblos.

En estos días, España atraviesa una grave crisis luego de que Cataluña hizo un referéndum que carece de sustento jurídico: en un país unitario, no existe el derecho de secesión propio de las confederaciones. El referéndum por la independencia de Cataluña fue declarado inválido por el Tribunal Constitucional español; muchos sostienen, no sin razón, que abría que escuchar también la voz del resto de España. A pesar de esto, los separatistas insisten en un pretendido "derecho a decidir", que tiene bases tan sentimentales como la misma idea de "independencia" en el mundo globalizado en que vivimos.

Así como el camino del infierno está plagado de buenas intenciones, los gérmenes de la anarquía están diseminados en muchas manifestaciones pretendidamente democráticas encabezadas por militantes activos que dedican su tiempo y también recursos organizados a sus propósitos. Además, suelen pisotear los derechos de los demás ciudadanos, como ocurrió entre nosotros durante los últimos años mientras algunos teóricos elevaron el "derecho a la protesta" a categorías libertarias superiores.

Existe el derecho a manifestarse pacíficamente y el de peticionar a las autoridades; pero no está probado que tal derecho sea superior a los otros. Tampoco es válida la omnipotencia de las mayorías. John Stuart Mill escribió que la democracia es un sistema para que las mayorías gobiernen, pero no para que las mayorías les digan a las minorías cómo deben vivir.

El Estado constitucional de Derecho, o "la democracia" a secas, como solemos decir, tiene un valor moral o "epistémico" que justifica su obediencia: es el sistema que mejor asegura el respeto por los derechos humanos. Churchill decía que la democracia era la peor de las formas de gobierno conocidas, pero "excluyendo a todas las demás".

La clave para que la democracia funcione es la sumisión a la ley como expresión de la voluntad general. Es preferible la tiranía de la ley a la tiranía de los hombres. Pero a los anarquistas no les gusta la sumisión a ninguna regla.

La vieja democracia representativa, con elecciones y partidos políticos, tiene serios cuestionamientos. Sin embargo, es lo mejor que hemos inventado para que primen la libertad y la igualdad aunque sea en términos relativos, como lo demuestran 5000 años de historia. Es justo reclamar más apertura, transparencia y participación, lo que el politólogo norteamericano Robert Dahl llamó "poliarquía". Esto permite oxigenar el sistema político dotándolo de mayor legitimidad. Pero conviene recordar la advertencia de Émile Berlia, en cuanto a que "los representantes del pueblo soberano no se transformen en los soberanos representantes del pueblo".

No han aparecido aún alternativas viables para reemplazar la democracia. Los teóricos de la "democracia radical" actúan por oposición y construyen doctrinas que van desde la "democracia participativa" y la e-democracy hasta la "democracia deliberativa" y la "democracia inclusiva". Resultan interesantes modelos teóricos, generalmente contradictorios entre sí. Manifiestan niveles parciales de utilidad, pero que no han logrado proponer un modelo de reemplazo.

Tal vez por eso sea bueno concluir con Giovanni Sartori: "El resultado neto del simplismo es que la vieja maquinaria de la política recibe muchos garrotazos, sin que nada se diga de la forma en que se la puede componer o mejorar. De hecho, cuanto más la ataquemos, menos seremos capaces de repararla. [...] Al final de cuentas la democracia es, y no puede evitar ser, un sistema de gobierno. Y cuando se descuida la función de gobierno, lo empeoramos e incluso ponemos en peligro su funcionamiento".

Juez de la Cámara Nacional Electoral, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas

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