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No será culpa de Brasil si la Argentina no viaja a la Copa del Mundo

Martes 10 de octubre de 2017
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Foto: AFP

Carlos Eduardo Mansur

Diario O Globo

RÍO DE JANEIRO.-Hay muchas facetas en la rivalidad entre Brasil y Argentina . De la simple broma al verdadero deseo de ver el fracaso del vecino. Pero es indiscutible: por más que amen odiarse, detrás de esta relación existe un componente futbolístico de mutua admiración por el fútbol jugado de un lado y de otro de la frontera. Cada uno de estos aspectos se manifiesta en la reacción brasileña al drama vivido por los argentinos en su búsqueda de un lugar en la Copa del Mundo de Rusia.

Hay de todo, menos indiferencia. El Argentina-Perú del pasado jueves dominó los debates en las redes sociales y los noticieros deportivos. Si no superó, al menos rivalizó con el empate protocolar de la selección brasileña en Bolivia. No faltará quien crea graciosa una eventual eliminación del equipo de Messi. Las escaramuzas entre aficionados registrados en la Copa del Mundo y en los Juegos Olímpicos dejaron marcas, sí. Pero no parece que esta vez vaya a verse un estadio brasileño alentando contra el equipo nacional.

En un fútbol que concentró dinero y astros en Europa, los partidos entre selecciones son la rara oportunidad para que muchos puedan alentar a sus ídolos. Los 42 mil lugares del estadio del Palmeiras deberán estar llenos, a precios altos, para ver a un equipo brasileño que reconquistó el cariño del público a base de buen fútbol. Y, posiblemente, en su última presentación en casa antes del Mundial.

La historia registra episodios de hostilidades a la selección, en especial en Río de Janeiro y San Pablo, públicos considerados exigentes. Pero estos se dieron en momentos en que se reclamaba un fútbol mejor. No es el caso actual.

Y aunque lo fuera. Se vive en Brasil un momento peculiar de una población herida ante la sucesión aparentemente sin fin de escándalos en el uso del dinero público. No sería alentador ver un país que recobra la ética defender un comportamiento antideportivo, una trampa.

Sólo es posible imaginar una censura a un gol brasileño en situación extrema. Imaginemos que Brasil y Chile están cerca del final, con una victoria asegurada y el futuro argentino jugándose en la diferencia de goles. O pensar en un hipotético teatro del absurdo: tras una derrota de la selección, el público descubre que la combinación de resultados eliminó al rival y, tras haber apoyado al equipo por 90 minutos, la platea celebra el resultado adverso. Pero todo es una fantasía. Por ahora, las energías de los que cultivan con más fervor el antagonismo están dirigidas, incluso, a Quito.

Pero hay otra cuestión: no son pocos los brasileños que quieren ver a Messi en la Copa del Mundo. Quien valora la esencia, la belleza del juego, teme un daño irreparable. Messi tiene 30 años y es difícil imaginar que llegue a otro Mundial como el monstruoso jugador de fútbol que es hoy. El mejor del mundo debe estar en el mayor escenario.

Lo más reconfortante es tener razones para creer que la integridad del juego está garantizada. Si hay algo que caracteriza a la actual comisión técnica de la selección es prezar por el juego, lo que incluye preservar valores. Hace un mes, tras el empate en Colombia, Tite parecía prever el debate. Alteró el tono de voz, golpeó la mesa en una conferencia de prensa y garatizó que sus decisiones tendrán en cuenta las necesidades de Brasil: armar el equipo que vaya al Mundial. Eso puede incluir pruebas con jugadores, pero jamás la descaracterización de la formación titular. Basta conocer al entrenador para saber que el interés de otras selecciones en el resultado y el debate internacional sobre el papel de Brasi en la ronda final de las eliminatorias lo empujan en la dirección de conseguir armar la selección más fuerte posible. Una reafirmación de principios éticos.

Si Argentina no va a la Copa, definitivamente, no será por culpa de Brasil. Si algo el fútbol brasileño hizo para sacar a los rivales del Mundial, fue haber ganado cuatro puntos en dos clásicos.

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