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El misterio que insiste

Martes 10 de octubre de 2017

Primer efecto de una intensa exposición a la serie de ciencia ficción The expanse: mirar el cielo nocturno, mandarles un saludo a las estrellas y sugerirles que quizá no les convenga que alguna vez vayamos a visitarlas.

Porque de eso se trata esta producción basada en los libros de James S. A. Corey (nombre de fantasía de Daniel Abraham y Ty Frank): la colonización del sistema solar a manos de la raza humana. Hay escenarios deslumbrantes, la dosis justa de fantasía que exige toda ficción de anticipación, efectos especiales que cumplen su cometido sin necesidad de alarde. Y una certeza: cuando dejemos de dar pequeños saltitos de amateur y salgamos en serio al espacio -cuando plantemos bastante más que banderas solitarias en la Luna, Marte o más allá-, lo haremos con todo lo que nuestra historia viene siendo. Habrá estaciones espaciales populosas como la más digna ciudad terrestre, sí, y habrá también peleas por el poder, voracidad, pulsión por quebrar límites. Dominantes y dominados; ricos y pobres. El fantasma del genocidio.

Todo esto, en una serie más bien perdida entre las múltiples ofertas de Netflix, a la que llegué por puras ganas de escapar un rato de lo cotidiano; esa hambre de fábula que a veces nos sobreviene a algunos. Y que cuando se satisface con ciencia ficción, siempre significa, de un modo u otro, regresar a casa.

Lo que cuenta The expanse es la historia de humanos que se llaman entre sí "térreos", "marcianos" y "cinturoneros". Habitantes de la Tierra y beneficiarios del planeta más rico, el único donde la vida se prolonga más allá de los 100 años y la taba del poder político -de momento- siempre cae a favor; colonos de Marte con algo de espartanos modelo siglo XXIV: austeros, rigurosos, dotados de una disciplina férrea, empecinados en su amor por el árido suelo que les tocó en suerte (al que sueñan convertir, a través de sofisticados emprendimientos tecnológicos, en una nueva, oxigenada y acuática Tierra).

Y los cinturoneros. Nacidos y criados en el cinturón de asteroides, que, con sus recursos minerales, alimenta los costosos emprendimientos de los planetas interiores. Pobres, anárquicos, los menos favorecidos en el reparto y los más débiles; tanto como lo son sus huesos, crónicamente enfermos por vivir a bajísimos niveles de gravedad. Como sus lejanos antepasados terrestres, los cinturoneros son mineros; dependen de la extracción, en las condiciones más duras que puedan imaginarse, de la riqueza escondida en lo que ellos llaman, desaprensivamente, "las rocas". Sus vidas son tan breves como escasa es la dotación de oxígeno, agua y superficie vital donde se mueven. Y si el Cinturón siempre está al borde del estallido social, la Tierra y Marte, recelosos uno del otro, nunca dejan de mostrarse los dientes. La guerra está ahí, al alcance de la mano, lista para dispararse -con su dotación armas nucleares- al menor desencuentro.

Daniel Abraham, uno de los autores, fue asistente personal de George R. R. Martin, el creador de Juego de tronos: quizá de allí venga cierto interés por el inestable equilibrio en el ajedrez del poder. Más enigmáticas son las citas latinas; por caso, los apellidos hispanos. O el personaje que, imbuido de lejanas y quijotescas lecturas, bautiza a su nave Rocinante.

Pero lo que más sorprende en The expanse es que lo central del conflicto no surja de la amenaza alienígena; por el contrario, lo que sugiere la serie es que para algunas cosas los seres humanos nos bastamos solitos. Como cuando arrasamos con la empatía, ese último dique frente a la destrucción mutua.

Así y todo, el misterio campea, inmune a los transbordadores y las caminatas espaciales que intentan horadarlo. "Nadie sabe lo que hay allí", dice un personaje, la mirada vuelta hacia el vacío, la voz empapada de la más antigua de las certezas.

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