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Argentina-Ecuador, Eliminatorias. La vigilia de la selección: la íntima convicción de que hoy sí es el día

En el corazón de la concentración, los jugadores confían en que llegó el día de romper las rachas, terminar con las penurias y acceder al Mundial

Martes 10 de octubre de 2017 • 11:24
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LA NACION
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El último entrenamiento tuvo momentos distendidos
El último entrenamiento tuvo momentos distendidos. Foto: @argentina

GUAYAQUIL.- Ruggeri y Tarantini suben juntos al ascensor. Se ríen, hacen chistes, están bien. Dicen que la cosa no es sólo entre ellos. Que lo que viene de adentro es igual, aunque no se vea. Los jugadores siguen recluidos en sus habitaciones del hotel, ajenos físicamente a todo lo que bulle en el lobby: cálculos, nervios, temores. Amasan, puertas adentro, un íntimo optimismo: creen que hoy sí será el día esperado. Que hoy se terminarán los tormentos y llevarán a la selección argentina a su duodécimo mundial consecutivo. Aunque las dudas envuelvan la atmósfera, ellos están convencidos de que tantas penurias se terminarán en la noche de Quito. Que la racha se romperá, el arco de enfrente se abrirá, los goles llegarán y el boleto a Rusia también. Con ese ánimo, empujándose unos a otros, se mueven. El concepto lo resumió bien alguna vez Alfredo Di Stéfano, en una frase oportunamente rescatada ayer por la AFA en sus redes sociales: "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos".

El día previo al "Día D" se consumió entre el descanso de la mañana, algunas charlas individuales entre el cuerpo técnico y distintos jugadores, una sesión grupal para ver videos y el entrenamiento en el estadio de Emelec, uno que Sampaoli conoce muy bien: dirigió al club en 2010, un año que coronó con el subcampeonato local. Esa relación activó el contacto para que la única práctica en estas tierras, antes de subir a Quito, se realizara allí. Pero también hubo, en el cuerpo técnico, giros sobre qué era lo más conveniente para enfrentar a Ecuador, el rival visible, y la altura, el invisible. En esas cavilaciones, el nombre que más dio vueltas fue el de Ángel Di María: clave para el entrenador, la floja respuesta que ofreció ante Perú y el bajón anímico que notaron en los días posteriores instalaron la duda. ¿Dejar afuera de una final a un jugador con semejante bagaje, que además es el que mejor se adapta a correr en los 2856 metros sobre el nivel del mar? ¿Optar por alguien menos contaminado por las presiones, como Papu Gómez, Rigoni o Salvio? En el contacto con los medios, Sampaoli fue contundente, respecto a la presencia del rosarino: "Es uno de los jugadores top para la Argentina y uno de los extremos más importantes del mundo".

La experiencia de este cuerpo técnico en Emelec, precisamente, le generó los anticuerpos necesarios para afrontar un partido en la altura: saben de qué se trata jugar en ese contexto, y también perder. Por eso, imaginan un partido a la antigua, en el que los defensores defiendan y los delanteros ataquen. Algo así como cortar al equipo en mitades, sin tantos largos recorridos por las bandas, para evitar ahogos. Sobre esa línea de razonamiento se entiende la presencia de Mascherano en el eje central junto a Biglia: ellos dos, más los tres centrales, conformarán la guardia de Chiquito Romero. Así, los demás no deberán asumir la fatigosa tarea de ir y venir. Y quedarían librados a la buena... de Messi. El capitán, figura excluyente de la Argentina en la Bombonera, arrancará por el centro del ataque, detrás de Benedetto, y juntos tratarán de escaparle a la raquítica efectividad ofensiva del equipo en las eliminatorias.

Sampaoli se saca una foto tras su coonferencia de prensa en el estadio de Emelec, en Guayaquil
Sampaoli se saca una foto tras su coonferencia de prensa en el estadio de Emelec, en Guayaquil. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

Hay un tropel de elementos estadísticos a los que el plantel confía en hacer volar por los aires del estadio Olímpico Atahualpa. Son unos cuántos los que deberán pasar al archivo, según se desprende de un análisis de la empresa Opta: la selección tiene su peor promedio de gol (0,94) en unas eliminatorias desde que se implantó el formato de todos contra todos, nacido en la clasificación a Francia '98; tiene el peor registro goleador de las actuales (16), junto a Bolivia; desde que Messi le marcó a Chile, lleva 73 remates al arco sin convertir un gol -sin contar el que Feltscher se hizo en contra dos fechas atrás, contra Venezuela-, lo que convierte a la selección en la de relación más baja entre remates y tantos; acumula cinco partidos sin ganar como visitante, con tres empates y dos derrotas; Messi, goleador del equipo con sólo cuatro tantos, no pudo marcar ninguno fuera de casa.

Ni Ruggeri ni Tarantini leyeron esos papeles. Tampoco Burruchaga, el embajador permanente de los campeones mundiales desde que Chiqui Tapia preside la AFA, que camina por el lobby vestido con la ropa oficial de la delegación. Burru, que ayer festejó sus 55 años, es una señal en sí mismo: suyo fue el gol definitorio la última vez que la Argentina fue campeona del mundo; y ahora, en un ambiente completamente diferente, su presencia busca ser un imán que atraiga aquel pasado glorioso. Incluso, en el avión que trajo a la delegación desde Ezeiza, se dieron charlas casuales entre los de ayer y los de hoy. "Ellos nos tranquilizan a nosotros, están muy bien", desliza Tarantini, a la pasada.

Ese microclima positivo, ajeno al ruido exterior, tratará de llevar el equipo a la cancha: más allá de cualquier táctica y nombre propio, este trance histórico exige una mentalidad fuerte. Y tener aprendida la frase de Di Stéfano.


La posible formación de la selección Sergio Romero; Gabriel Mercado, Federico Fazio, Nicolás Otamendi; Emiliano Rigoni o Eduardo Salvio, Javier Mascherano Lucas Biglia, Ángel Di María o Marcos Acuña; Lionel Messi, Di María o Alejandro Gómez; y Darío Benedetto.
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