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Diez rarezas de la campaña electoral

Pablo Mendelevich

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PARA LA NACION
Martes 10 de octubre de 2017 • 00:57
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Es probable que la actual campaña electoral para las legislativas del 22 de octubre no pase a la historia como una de las más encantadoras. Todo lo contrario. Se advierte cierta fatiga del electorado, cuyo apetito político se habría saciado, en gran medida, con las PASO (que no por inútiles resultaron menos densas). Seguramente habrá analistas políticos que querrán inferir un mayor entusiasmo popular del contundente presentismo en las urnas. Pero son cosas distintas. Que el proceso electoral canse (el año electoral arrancó temprano) no significa que después el grueso de la población no vaya a cumplir con la obligación de votar. Todos los pronosticadores aseguran que, como ya es costumbre, habrá más electores en las generales que en las PASO.

Diez singularidades de la campaña en curso tal vez contribuyan a explicar el desgano.

1) Mucho cuarto oscuro. Las PASO de este año, que consumieron buena parte del entusiasmo inicial, fueron las más criticadas que haya habido desde que Cristina Kirchner y su ministro Florencio Randazzo idearon en 2009 ese aperitivo electoral. El gobierno de Macri, organizador del proceso electoral presente, las cuestionó y habló de suprimirlas en el futuro, de modo que hasta podría decirse que la incomodidad de tener que votar dos veces, la primera sin mayor sentido, está habilitada oficialmente.

2) Macri sin rival a la vista. Es la primera vez que hay elecciones de medio término con un presidente no peronista que puede quedar posicionado para ser reelecto dentro de dos años. El antecedente de las legislativas que Raúl Alfonsín ganó en 1985 no se aplica, porque al haber entonces mandato de seis años las elecciones intermedias eran dos (y de hecho Alfonsín perdió las segundas). El posible posicionamiento de Macri está en consonancia con la inexistencia, hoy, de un líder del peronismo con potencialidad presidencial.

3) La disputa de la temporalidad. A falta de un temario de debate más o menos estable, en esta campaña se discutió mucho sobre qué tiempo había que discutir, si el pasado, el presente o el futuro. Puede entenderse la negativa de algunos candidatos a debatir sobre el pasado (sobre todo los que sospechan que una asociación del pasado con la corrupción y con el despertar de la justicia no les arrimará votos). Lo verdaderamente curioso es que haya habido candidatos que hicieron campaña quejándose de que se hable del futuro. No hay mayores antecedentes de que se corporice a un contrincante tan evanescente. El futuro -en su versión edulcorada- está convencionalmente aceptado como derrotero natural de la arenga política. El argumento de los quejosos dice que en la Argentina de Macri el presente es tan agobiante que no merece hablarse de futuro. En el fondo el tironeo es por la esperanza, valor ahora mensurable que al oficialismo le suma, según los encuestadores, mayor intención de voto que nunca antes. La economía ganó espacio en la agenda electoral en dos versiones extremas: por el lado del oficialismo, asociada a un mejoramiento que pronto se esparcirá y recaerá sobre todos, dicen, y por el lado del kirchnerismo y la izquierda, aludida mediante el concepto apocalíptico de un ajuste terminal.

4) ¿Ajuste catastrófico o negociable? Pero mientras diversos candidatos del peronismo, sobre todo del kirchnerismo, menean el temible ajuste, la mayor parte del sindicalismo peronista quita del escenario las recientes amenazas de movilización y paros nacionales. Exhibe, en cambio, una musculatura negociadora (proceso estimulado por la persecución a las mafias sindicales, lo que en algunos círculos se conoce como efecto Pata Medina).

5) Resultado cantado. Se ha instalado con mucha fuerza la idea de que el gobierno ganará las elecciones. Cierta o no, esa sensación encoge la expectativa. Los factores de poder vienen avisando con indisimulados reacomodamientos que no esperan mayores sorpresas: se preparan para interactuar con un gobierno fortalecido.

6) Ganadores tímidos. Los pronósticos a favor del gobierno tienen a su vez dos singularidades. La más curiosa es que quien parece esforzarse por negar el triunfalismo oficialista es el propio oficialismo. Habitualmente en las competencias electorales el triunfalismo era un arma fundamental del proselitismo, al punto que todos podían llegar a decir que ganaban. La otra novedad es que la mayoría de los opositores no discute los pronósticos de derrota, a lo sumo elude el tema o se queja de una polarización artificial.

7) Spots sin glamour. Aunque la legislación electoral impone la publicidad electoral gratuita y sorteada como garantía de equidad, una buena parte del público, por lo menos la que se expresa en las redes sociales, no parece estar agradecida con el bombardeo de los espacios concedidos a los partidos. Tampoco hay noticias de que la persistente publicidad radial y televisiva contribuya a ilustrar a los votantes y los ayude a decidirse. Casi todos los spots apuntan a la emoción.

8) Candidatos guardados. En toda campaña legislativa hubo actores principales y candidatos de reparto. Por lo común, los más expuestos eran los que encabezaban las listas. Pero en 2017 ese no es el caso. Hay cabezas de lista, como Fernanda Vallejos (para diputados, de Unidad Ciudadana), que prácticamente fue retirada de la vista del electorado luego de su debut piantavotos en las PASO. Por otros motivos, una candidata tan sólida como Margarita Stolbizer (a senadora, con Massa) también adoptó un inusual bajo perfil. El electorado sabe poco y nada de muchos de los candidatos que se presentan, aunque más sorprendente es cuando ni el propio partido o alianza conoce a los candidatos que postula: es lo que le sucedió a Cambiemos con Joanna Picetti, la octava de la lista de diputados porteña, de cuya insuficiencia de condiciones se acaban de anoticiar.

9) De electorados y vecindarios. El oficialismo no habla de ciudadanos ni de ciudadanía, como los partidos tradicionales a lo largo de todo el siglo XX, y tampoco de pueblo, como el peronismo. A los electores los llama vecinos, categoría más bien urbana, acorde con la génesis porteña del PRO. De la mano de Cambiemos el lenguaje de esta campaña es rico en referencias a la escala municipal, timbreos, familiaridad, personas referidas por sus nombres de pila y actos de escenario circular con estética evangélica. Parte de este estilo de "cercanía" -como los actos de 360 grados- y las historias de "gente común" se expendieron ahora a los partidos opositores. La imitadora más inesperada: Cristina Kirchner.

10) Causas y urnas. Y a propósito de la ex presidenta es hora de mencionar que ella protagoniza una gran novedad de las elecciones 2017 en su doble condición de candidata e imputada/procesada en sonoras causas de corrupción. En la categoría figuras nacionales perseguidas por los jueces está el antecedente, es cierto, de Carlos Menem en las elecciones de 2003, para las que hizo campaña (y ganó en primera vuelta) procesado. Sólo que Menem venía de estar preso (anunció su candidatura presidencial la misma noche en la que fue liberado), mientras que para Cristina Kirchner no hay un cerco judicial que se abre sino uno que se cierra sin pausa. Imputaciones, inhibiciones de bienes y citaciones a tribunales se intercalan entre sus actos proselitistas, en los que no suele mencionar los graves cargos con los que convive ni su incierto porvenir.

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