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Cataluña debería entender que hay lugar para todos en España

Daniel Lozano

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PARA LA NACION
Miércoles 11 de octubre de 2017
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MADRID.- "Hablemos sin quemarnos las banderas, con razones, sin sangre en las aceras. Con libertad, sin ira, como hermanos... Abrir ventanas, sin romper cristales. Hay sitio para todos en España", evoca el poeta Benjamín Prado desde la misma desolación que nos ha inundado a los que asistimos a un conflicto, que es nuestro conflicto, en la mayor crisis de 40 años de democracia.

"Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando", han repetido desde casi siempre los libros de historia para igualar las coronas de Castilla y de Aragón (con Cataluña incluida) en el origen del Estado español.

Más de cinco siglos después, la sociedad española es un complejo puzle de naciones y nacionalidades, regiones y pueblos, más los emigrantes llegados de todo el planeta para construir un Estado nuevo tras la Guerra Civil y la dictadura de más de cuatro décadas del general Francisco Franco.

Con cuatro idiomas oficiales reconocidos por la Constitución española y múltiples dialectos y jergas que nacen en sus propias calles.

Con una diversidad que la resume frente a los nacionalismos empeñados en reducirla a dos banderas.

El desafío soberanista catalán, esa prórroga que ayer el presidente Puigdemont urdió para su comedia preñada de trampas, diseñada especialmente para que caiga en ellas el presidente más indeciso de la democracia.

La principal trampa es que su extraña declaración de independencia tiene su base en la opinión de dos de los siete millones de personas que habitan hoy Cataluña, aunque el relato secesionista insista en que se trata del único pueblo que allí vive.

"Las fronteras son cicatrices que la historia ha grabado a sangre y fuego en la piel de la tierra. No levantemos más", redondeó el socialista catalán Josep Borrell, junto al premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, en la manifestación del pasado domingo, que llevaba por lema recuperar el seny, esa ponderación tan catalana hoy perdida, arrasada por la tramontana, el viento que volvió "loco" a Joan Manuel Serrat en una de sus canciones.

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