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Los amigos de mis amigos

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 10 de octubre de 2017 • 21:14
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En un verano creí que, fácilmente, podría iniciar una amistad con los amigos de mis amigos. Fue una especie de proceso mental en el que la sobrevaloración y la subestimación se daban en simultáneo. Sin duda el error estaba en el adverbio, que definía mi actitud en ese momento. ¿Cómo se podía ser "fácilmente", así como también "difícilmente", amigo de otra persona?

No sólo eso. Tenía además la creencia de que ese sistema podía funcionar con los demás. Los amigos que había hecho en el trabajo se podían hacer amigos de los que había conocido en el club o en el profesorado. Como algunas veces eso pasaba, intuía que se cumplía una ley no formulada: "El amigo de tus amigos es tu amigo". El principio de amistad se impondría sobre el mundo que me tocaba habitar.

Con osadía, me animé a hacer un viaje con amigos de amigos y a pasar una temporada con ellos durante las vacaciones. Los observaría mientras preparaban asados en una quinta de Ezeiza, escucharía los comentarios después de ver una película en DVD o cuando salíamos de compras al pueblo, donde había un "centrito" con despensas, dos bares, una farmacia, la parroquia del pueblo y también una veterinaria muy concurrida. De paseo, tenía la impresión de que los vecinos de ese pueblo cuidaban más a las mascotas que a sus almas (aunque también se puede ver de este otro modo: cuidar a los demás es cuidar del alma).

No tardé en darme cuenta de que los amigos de mis amigos no serían, ni remotamente, copias de mis amigos. Lo que a uno le hacía gracia al otro lo dejaba impávido. No todos tomaban mate ni profesaban la misma ideología política. Una poeta sutil no se perdía un capítulo de El Chavo; el narrador de historias truculentas seguía una dieta vegana y el fanático del fútbol regaba las rosas en el jardín del fondo de la casa.

Los amigos de mis amigos tampoco parecían versiones, ni mejoradas ni deterioradas, de mis amigos. Me intrigaba que no tuvieran gustos en común con ellos. Desde entonces el "gusto" dejó de importarme. Había sido yo el que daba demasiada importancia a los "gustos", como si la existencia fuera una heladería.

Ellos eran, simplemente, otras personas con las que hasta ese momento sólo compartía (como quedó claro) el afecto de mis amigos. Tendría que hacer el esfuerzo y conocerlos para que, con suerte, nos hiciéramos amigos. Con algunos una temporada en una casa-quinta no fue suficiente. Sin embargo, los amigos de mis amigos me ayudaron a conocer mejor a mis amigos. Ellos ignoraban que los había convertido en prismas humanos; por medio de ellos exploraba nuevos aspectos y virtudes invisibles en la idiosincrasia de los amigos. Al mismo tiempo, se presentaba una tarea complicada: tenía que suspender el juicio para captar lo que mis amigos veían y amaban en los amigos que aún no eran mis amigos, y que quizás nunca lo serían.

Semanas después de ese verano, empezaron las clases del nuevo año en el profesorado. Mientras el bronceado se suavizaba, empezamos a cursar literatura escrita en lengua inglesa con un profesor al que queríamos mucho. Algunos amigos se habían hecho amigos de él. Era Armando Capalbo, que también fue colaborador en LA NACION además de docente universitario. Falleció hace pocos años, muy joven. Con él leímos y analizamos novelas y cuentos de Henry James, de Oscar Wilde y de Virginia Woolf, de E. M. Forster y de Alice Munro. Pensé en él cuando, la semana pasada, le dieron el Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro. ¿Qué hubiera dicho? Encontré una clave de esa respuesta imposible en Internet. En unas jornadas sobre ciencia ficción, Capalbo se había referido a una de las dos novelas de Ishiguro que fueron llevadas al cine y había titulado su ponencia con una frase que se podía aplicar a los vínculos que trama la amistad, el tema que me convocó en esta columna: "El futuro no es tan sencillo".

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