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Vamos al Mundial, pero lo importante es para qué vamos

La pregunta es, ahora que ya estamos ahí: ¿para qué queremos ir al Mundial?

Martes 10 de octubre de 2017 • 22:29
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Queríamos ir al Mundial y allí estaremos gracias a Lionel Andrés Messi, ese jugador al que muchísimos argentinos le sacaron hace ya tiempo tan correctamente la ficha: no canta el himno y se esconde en los momentos importantes. Larga vida a Messi. Mientras él viva, vivirá la selección. Entretanto la pregunta es, ahora que ya estamos ahí: ¿para qué queremos ir al Mundial?

"Larga vida a Messi. Mientras él viva, vivirá la selección. Entretanto la pregunta es: ¿para qué queremos ir al Mundial?"

¿Para llegar como en 1990 heroicamente a una final que en la práctica no estamos en condiciones de jugar? ¿Para que nos corten (cortemos, más bien) las piernas como en 1994? ¿Para que nos eliminen en cuartos y en el último instante tras un mes de oscuros escándalos, como en 1998? ¿Para tirar un Mundial entregándole el equipo al técnico incorrecto, como en 2010? ¿O para construir un equipo que llega al subcampeonato y enseguida debe volver a empezar casi de cero, como sucedió hace apenas tres años?

Buena noticia: el último Mundial sin Argentina seguirá siendo el de México 1970. Casi medio siglo que determina que entre aquella Argentina y la de hoy no haya punto de comparación.

La Argentina que fracasó en las eliminatorias de 1969 estaba afiliada a la teoría del "campeón moral". Había ganado muy poco, pero se sentía con derecho a mucho. La Argentina que flirteó con un histórico fracaso en 2017 había ganado ya mucho, pero tiene cada vez derecho a menos. Si está en el Mundial es por el milagro de contar con Messi.

Una de las bellezas del fútbol radica en que no siempre gana el mejor. Deporte esencialmente impredecible, una jugada es capaz de cambiar todo y llevar al triunfo aunque sea inmerecido. Puede darse en uno, dos o tres partidos, y aunque la sensación es incomparable, la jugada salvadora no sirve para construir un campeón. Para eso se necesita bastante más, como bien sabe la Argentina, que tres años atrás se cansó de gritar "Brasil, decime qué se siente".

Sus hinchas se reían de un país que, desde la injusta derrota ante la Argentina en los octavos de final de 1990, acumuló dos títulos mundiales, una final y una semifinal. Y aunque es probable que Brasil juegue mejor al fútbol que la Argentina y tenga, globalmente, mejores jugadores, lo importante pasa por nosotros, por nuestro fútbol. Por lo que debíamos hacer y no hicimos a partir de esa jugada salvadora de Maradona y Caniggia que aún nos tiene encandilados, que nos cegó. Nos quedamos con la jugada genial y dejamos de pensar en algo más grande y perdurable. Algo que implicaba esfuerzo y constancia, eso que tanto nos cuesta, y no sólo en el fútbol.

Teníamos unas selecciones juveniles que maravillaban a nivel mundial por sus resultados, su juego y su comportamiento, pero las destruimos.

Creímos que sin saber inglés y con manejos de ferretería por parte de Julio Grondona dominábamos el fútbol mundial, hasta que entendimos que ni siquiera éramos capaces de organizar una elección en la que votaran 75 personas.

Pasamos de ser el país en el que el fútbol era una fiesta a convertirnos en el que, dominado por barrabravas con tanto poder y conexiones políticas como la mafia italiana, creyó encontrar la solución para la violencia sin límites en las canchas. ¿Cuál? Prohibir el ingreso de los visitantes a los estadios, récord mundial de excentricidad y de tomadura de pelo a la vez.

De fútbol admirado a nivel mundial a encarnación del bochorno.

En ocho meses estaremos en Rusia, claramente sin tiempo para que el fútbol argentino dé a luz una nueva criatura. Lo estructural tarda, ahora se trata de emprolijar lo que hay y de jugar lo mejor posible al fútbol. Y todo bajo una enorme presión.

¿Presión? Sí, porque la historia que empieza ahora es la de siempre: hay que ganar el Mundial. ¿Para qué queremos ir, si no? No sería la primera Copa del Mundo alzada por una selección golpeada y criticada. Comienza el verdadero desafío de Jorge Sampaoli, uno de los hombres más afortunados del planeta: dirige un equipo en el que el capitán se llama Messi.

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