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A la hora de los Mundiales, las potencias son eternas

Martes 10 de octubre de 2017 • 21:38
LA NACION
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La clasificación de la Argentina de la Copa del Mundo viene a sostener un presupuesto histórico que perdura desde hace casi medio siglo. Desde que en México ’70 la selección albiceleste faltó a la cita, las potencias futbolísticas no dejaron de asistir cada cuatro años a la magna convocatoria de la FIFA. Si eso suponía una afanosa intención de la casa matriz de Zürich, los tres goles de Lionel Messi en Quito sugieren que el postulado guarda más relación con la calidad del fútbol que con oscuros e indemostrables arreglos.

La ausencia nacional en el primer cónclave azteca preludió un período de continuidad de 48 años. Hasta ese momento, el fútbol local estaba lejos de poder ser considerado una potencia, y los resultados de Alemania 1974 tampoco contribuyeron. Fueron los títulos mundiales de 1978 y 1986 los que elevaron la consideración internacional, en consonancia con un proceso de seriedad que la selección argentina nunca había experimentado; la constante aparición de futbolistas de categoría y el frecuente acceso a las finales (cuatro en diez torneos) fueron motivos adicionales para considerarla perteneciente a un exclusivo círculo que ya integraban Brasil, Alemania e Italia, los máximos ganadores de Copas del Mundo.

Con el transcurso de los Mundiales, esas cuatro selecciones se afirmaron como las máximas protagonistas. Desde 1970 a hoy, ganaron todas las Copas del Mundo menos dos (1998 y 2010). Brasil compitió en los 20 torneos celebrados desde 1930 y ganó cinco títulos; Alemania e Italia jugaron 18, y conquistaron cuatro coronas cada una; la Argentina disputó 16 mundiales y se quedó con dos títulos. Las cuatro potencias se quedaron con el 75 por ciento de los trofeos en juego.

España, Inglaterra y Francia, selecciones con 14 participaciones en Copas del Mundo, ganaron un título cada una. Los ingleses habrán inventado el fútbol, pero no ganan nada importante desde que en 1966 se quedaron con su Mundial; los franceses organizaron dos Copas del Mundo y ganaron solo la de 1998. Mayor mérito es el de los españoles, consagrados en Sudáfrica.

Con los dos títulos mundiales, el pedigrí de Uruguay es respetable, pero su realidad de los últimos 40 años lo puso un escalón por debajo de las potencias. Jugó 12 mundiales, ganó los de 1930 y 1950, pero desde 1970 para acá solo logró dos cuartos puestos y a varios de los últimos torneos se clasificó a base de repechajes. Por fortuna, esta vez celebra una clasificación directa.

Españoles, uruguayos, ingleses, franceses, ninguno de esos equipos gozó de asistencia perfecta desde Alemania 1974 hasta aquí. Esa condición fue reservada al cuarteto de potencias, las que lo eran y las que fueron transformándose. Su acceso recurrente a los Mundiales se vio ensanchado por las condiciones mejoradas que supusieron tanto el aumento de participantes en la fase final (de los 16 en Argentina ’78 a los 24 en España 1982, hasta los 32 desde Francia ’98 a la actualidad) como la facilitación de las eliminatorias: en Sudamérica fue el todos contra todos impuesto a partir de las eliminatorias para 1998 –una movida pensada para asegurar que, entre otras cosas, la Argentina no volviera a atravesar una situación de repechaje como en 1993- mientras que en Europa fue el crecimiento de los afiliados a la UEFA, que debilitó la competencia en la mayoría de los grupos, salvo en uno o dos.

Sobre esa base se generó la convicción de que esas cuatro selecciones eran número puesto para los mundiales. La decisión de no permitir la clasificación automática de los campeones operó como maquillaje: los campeones siempre se clasificaron para el siguiente torneo.

Está claro: Zürich no cree que un Mundial se desvirtúa sin la presencia albiceleste. Pero también se rinde ante la evidencia. Las potencias siempre cuentan con los recursos futbolísticos suficientes como para saltar la tranquera que cuida el acceso al Mundial. Barrera que nunca es definitivamente infranqueable.

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