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La noche más grande de una leyenda que se escribe en mayúsculas: MESSI

Martes 10 de octubre de 2017 • 23:35
LA NACION
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Foto: Telam

QUITO.– Nadie como él. Leo Messi compite con su leyenda. Héroe de la pelota en Rosario, Barcelona y el Congo belga, su nombre es adjetivo, bandera, himno del fútbol y, desde ahora, también rey de las alturas. Quito no olvidará la hazaña de un solo hombre, él, amo y señor del destino futbolero de una nación que se antojaba arruinada, condenada al oprobio, y en un pestañeo resulta que ahora hace planes para visitar Moscú. ¿Cuánto cuesta un pasaje a Rusia? Nada, comparado con el valor simbólico que tiene que el mejor de todos pilotee el avión. Por su cuenta y orden sacó a la Argentina de la peor tormenta, la que los agoreros pronosticaban definitiva, y le regaló un 10 de octubre que se instalará en la memoria colectiva. Una noche que el fútbol, expresión cultural inabarcable, guardará en un archivo de cinco letras. En palabras de su entrenador: “Messi no le debe un Mundial a Argentina; el fútbol le debe un Mundial a Messi. Es el mejor de la historia”.

Nadie como él. Trece años han pasado desde que su tímida melenita apareció una gélida noche en la cancha de Argentinos Juniors para jugar un amistoso extraño, bajo la lluvia, organizado sólo para que su apellido quedara pegado para siempre a la camiseta celeste y blanca. Con el irrespetuoso número 17 en la espalda, hizo un gol para aquella selección Sub 20, contra Paraguay, de esos que los años hacen mejores, incluso por Youtube. ¿Pensará en eso ahora, cuando sus compañeros lo tocan, lo abrazan, le saltan encima? Era martes, también, esa noche.

Nadie como él. Rebelde con causa, talento inconmensurable, genio eterno, el destino lo trajo hasta aquí, bien lejos de aquel estadio de la Paternal –Diego Armando Maradona se había empezado a llamar unos meses antes de que él lo pisara por primera vez–, para que su calidad de futbolista sin tiempo escribiera una página inolvidable en la historia de la selección argentina. No es un título, qué va, pero ni falta que hace; Messi trazó con su pincel inimitable, a 2856 metros sobre el nivel del mar, una línea que debería zanjar para siempre esas discusiones que la argentinidad suele permitirse: ¿cómo animarse a cuestionarlo? ¿Qué afiebrados argumentos hay que vocear para no quedar en ridículo?

Nadie como él. Los rivales lo miran con lupa, lo estudian, lo intentan minimizar, y él cada vez se hace más grande. Se exigía coraje para levantarse de un gol ecuatoriano a los 40 segundos, que parecía el inicio del autocumplimiento de la profecía que dejaría a la Argentina sin un Mundial después de 48 años. ¡Minga!

Foto: AFP

Nadie como él. El calentamiento oficia de predicción: Messi patea y entra una, entran dos, entran tres. Con Chiquito Romero y Nahuel Guzmán como partenaires, había afinado la puntería en un ambiente inusual para la selección: los aplausos taparon la voz del locutor cuando lo nombró. Estaba visto que, sin nada que jugarse, los ecuatorianos habían comprado su ticket para verlo a él. No completaron la capacidad del viejo Olímpico Atahualpa, pero al final llegaron. ¿O los animaba el morbo? Dejar fuera de Rusia 2018 al mejor futbolista del mundo pintaba como una de esas historias que crecen con los años, cuando alrededor de una mesa arranca el relato con “yo estuve la noche que...”. Contarán otra, más linda, más emotiva, redonda: haber sido testigos del recital más grande que el 10 haya animado en toda su vida con la camiseta de la selección argentina.

Nadie como él. Atrás del mismo arco donde Messi clavaba sus zurdazos antes del comienzo, el mismo en el que pergeñó la obra maestra del gol redentor, el tercero, el cartel electrónico también se vestía de huésped respetuoso: “Saludos Argentina”, se podía leer en él. Pegados a la luminaria, el grupito de hinchas argentinos, unos 500, soñaban con “que de la mano de Leo Messi” todos la vuelta iban a dar. Optimistas: antes que eso había que conseguir no irse a la B en las Eliminatorias, porque para Rusia faltaban miles de kilómetros. Eran los mismos hinchas que buscaban señales en el cielo: si no llovía era bueno, si llovía también, si aparecía el arco iris detrás de la platea, ni hablar. La capacidad del hincha para reinventarse todo lo cree.

Nadie como él. Estira las estadísticas goleadoras hasta lo indecible y los estudiosos de los números sacan cuentas de la cantidad de hat-tricks que ahora tiene con la selección (cinco), como si su dimensión pudiera abarcarse en números. Pierden energía, no entienden. A Messi se lo puede medir en gambetas realizadas, metros recorridos, córners ejecutados, balones de oro, títulos y goles, pero sería en vano porque su gracia no es mensurable; a Messi se le otorgan dos atributos que no cualquiera junta: el mayor de los respetos y la admiración más genuina. Nadie en este planeta, y este cronista intuye que tampoco en Saturno, es capaz de juguetear así con la pelota, con los hinchas, con los miedos de los compañeros, con la incredulidad de los contrarios que lo olían pero nunca lo encontraban y con los que estaban agazapados frente al televisor esperando verlo derrotado. A esos también les ganó, aunque no le importe mucho y elija gritar los goles con los propios, no contra los extraños. Los venció en una imperecedera noche quiteña Lionel Andrés Messi.

Porque nadie como él. Nadie.

Foto: AFP / Pablo Cozzaglio
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