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Las emociones de Jorge Sampaoli: la intimidad en el vestuario, el disgusto por el brujo Manuel y el regreso musical con Callejeros

Cómo vivió el entrenador la noche de la clasificación al Mundial, entre su gente, el clima interno y la mirada en lo que vendrá

Miércoles 11 de octubre de 2017 • 16:17
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LA NACION
Foto: Télam

QUITO.- Sentado en el vestuario, emocionado, a Jorge Sampaoli se le activa un recuerdo. Las arbitrariedades de la memoria le devuelven una escena completamente diferente a la que vive ahora, inmerso en un festejo que tiene mucho de desahogo. La selección acaba de conseguir su clasificación al Mundial de Rusia, pero al hombre de pronto se le aparece una imagen antagónica: él recibiendo un golpe en el ojo, él perseguido por el gas pimienta de la policía, él tratando de frenar una gresca entre jugadores... La escena es del 19 de septiembre de 2010, y ocurrió en el mismo vestuario en el que ahora saltan locos de contentos Messi y sus muchachos: aquella vez, Sampaoli entrenaba a Emelec, y el desbande se había producido al final de un partido contra Deportivo Quito. Paradojas.

Está feliz, cómo no. Ya dijo en la conferencia de prensa que "Messi es el mejor de la historia". Pero un detalle de lo que ocurrió en Quito no le gustó nada: la presencia del llamado brujo Manuel, una persona traída hasta aquí por dirigentes del ascenso cercanos a Chiqui Tapia, con el propósito de "limpiar las energías positivas". No hizo mención al tema públicamente, pero le pareció inapropiado, fuera de lugar, por más que el triunfo ponga el episodio en el lugar de anécdota: ¿por qué involucrar a la selección en algo así?

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En la intimidad de la delegación había sido de los más tranquilos en los momentos previos. Se había recostado en la familia: su hijo Coco, sobre todo, que lo sigue a todos lados y estuvo en el viaje final de las Eliminatorias. En Guayaquil, la escala previa, había reencontrado viejos afectos, cosechados en ese año que dirigió a Emelec.

Sus allegados lo describen "enfocado". Tiene muy masticado el concepto de "lo virtual y lo real". Cree que hay todo un mundo, que se expresa sobre todo en las redes sociales, que no necesariamente se corresponde con lo que pasa puertas adentro: lo real. Está convencido de que una de las tareas centrales del cuerpo técnico es correr a los jugadores de los ámbitos virtuales que pueden dañarlos. Y que algo de eso empezó a lograrse en esta etapa, aunque quede mucho camino por recorrer. De hecho, la ausencia de Gonzalo Higuaín tiene un punto de contacto con ese asunto: Sampaoli lo vio afectado por las críticas y decidió dejarlo al margen en estos partidos. No significa que no pueda volver.

Lo que sigue será diferente. Lo dejó ver en la conferencia posterior al infartante 3-1: "Tenemos que tratar de resolver otras cuestiones para que el equipo no dependa sólo de él. Messi nos proporcionó la suerte de ir al Mundial", apuntó, reconociendo lo mucho que queda por hacer. Casi todo: hasta aquí ofició como un bombero llamado a apagar un incendio que estuvo a nada de quemar absolutamente todo. Viene la etapa de la reconstrucción, en la que las columnas no serán idénticas. Siente que ahora habrá tiempo y paciencia para encarar el desafío. Sus ideas, sembradas en los entrenamientos que tuvo en Ezeiza antes de los cuatro partidos que dirigió al equipo en el tramo decisivo de las Eliminatorias, se profundizarán. Está convencido, por ejemplo, que tiene que encontrar la manera de que Messi y Dybala mezclen bien, algo que no pudo conseguir.

Después de unos días de descanso pondrá la proa rumbo a Moscú. Es que, en un anticipo interesante de lo que ocurrirá en junio de 2018, el 11 de noviembre la selección jugará allí ante Rusia, en la reinauguración del estadio Luzhniki, que será epicentro de la final del campeonato. Una señal estimulante. El partido, no oficialmente confirmado, volvió a tomar fuerza ahora que el sofocón quedó atrás.

Quien sabe si pensaba en eso Sampaoli esta madrugada, en el avión que devolvió a parte del plantel a la Argentina. Más relajado, hizo llevadero el vuelo con su música de siempre: la de los Redonditos de Ricota y Callejeros. Quizás también, se miró el tatuaje de su antebrazo izquierdo, donde lleva la letra de "Prohibido", que canta su amigo Patricio Fontanet: "No escucho y sigo, porque mucho de lo que está prohibido me hace vivir."

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