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Saber perder y apartar el cotillón

Jorge Búsico

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PARA LA NACION
Jueves 12 de octubre de 2017
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Foto: Archivo

El deporte, como la vida misma, está construido de derrotas y de perdedores. El entrañable Roberto De Vicenzo, quizá una de las imágenes más acabadas de lo que significa un verdadero sportsman, fue más grande cuando aceptó su error –y no el de su compañero de vuelta, que sin querer le había anotado un golpe más– que le costó no ganar el Masters de Augusta en 1968.

El catalán Pep Guardiola, hoy director técnico del Manchester City, dijo cuando dirigió al galáctico Barcelona: “La mejor herramienta educativa que recibí en el deporte fue aprender a aceptar la derrota; a levantarme después de no haber hecho bien las cosas. A que mi compañero puede ser mejor que yo”. Guardiola le dio para leer a Lionel Messi el libro “Saber perder”, de David Trueba, que trata de un futbolista con características parecidas a las suyas, pero que sobre todo refiere a perder en la vida.

La historia del rugby se construyó sobre cimientos similares. Si hay un deporte que todavía sabe convivir con el perder es el rugby, aún en el profesionalismo que paga por resultados. Se acepta que perder es una posibilidad igual que ganar o empatar. Hay clubes que se pueden haber hecho más famosos por los triunfos, pero que se levantaron con el esfuerzo de los que no llegaron a protagonizar esas glorias deportivas. Incluso ha sucedido con el seleccionado nacional. ¿Acaso la leyenda de los Pumas no se escribió con más derrotas que triunfos? ¿Cuántos partidos perdidos tuvieron que transcurrir para que llegara una victoria? ¿Eso manchó en algo la historia de entrega y pasión por la camiseta?

En estos largos tiempos en los que los titulares y las imágenes de los medios no sólo no muestran esa parte de la historia –no vende, no suma clicks, no atrae anunciantes– sino que viralizan a la derrota como el peor de todos los males –perdés, no servís; ese es el mensaje– el rugby ha quedado atrapado de alguna manera en esa lógica perversa. La UAR y parte del poder han dejado a un costado, en pos del negocio, la esencia que tiene el rugby. Se vociferan las ganancias económicas como si ese fuese el patrón de la realidad.

Se ha transformado en moneda corriente escuchar a través de los altavoces oficiales algunas consideraciones vacías, inexactas e interesadas del estilo “nos piden hacer en dos años lo que los All Blacks hicieron en 25”. O que el negocio de la UAR lo sostienen los Pumas. Esta última es una verdad a medias. ¿Cuánto pone cada fin de semana cada uno de los más de 100 mil jugadores amateurs que hay en el país, de los cuales sale un pequeño grupo de elite que después va a formar parte de los seleccionados? ¿Podrían existir los Pumas sin esa maravillosa y generosa base amateur? No en estas condiciones. ¿No será que a la UAR –y también a su negocio, el de pocos– lo sostienen cientos de clubes y miles de almas que ponen sin pedir nada a cambio?

La voracidad por el profesionalismo y por ganar ha tapado buena parte del bosque del rugby argentino. Como en algunos otros estamentos, nos quieren hacer creer lo que no existe. Como dijeron Mario Ledesma y Nicolás Fernández Miranda en su presentación como nuevo staff de Jaguares, hay que fortalecer el sentido de pertenencia con los clubes. Ahí nace el juego y muere el palabrerío. Ahí se crece desde el saber perder. Quizá sea un tiempo de apartar el cotillón.

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