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La obra maestra sin maestro

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 12 de octubre de 2017
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Las obsesiones con ciertas obras de arte, a veces incluso simplemente con algunos fragmentos de ellas, no responden a su importancia histórica. Finalmente, la emoción estética (permítanme usar este giro impreciso y discutible) no se somete a cronologías, estilos ni cánones.

Lo que quería decir es que me acuerdo de haber visto una Natividad de alrededor del año 1400. La pintura no respira; como pasaba en las representaciones medievales, se acumulan los elementos en un espacio reducido.

Es una tabla escasa de 41 x 29,5 centímetros. Pero yo me detuve a mirar solamente en la parte superior. En esa irrealidad que provoca todavía la inexistencia de la perspectiva, asoman arriba del pesebre un burro, una vaca y tres pájaros blancos (probable emblema de la Trinidad). Aun ahora, en los pesebres que se arman en las casas, siguen siendo importantes las figuras de los animales. Pero de esos de la pintura, nada más que cabezas, no pude olvidarme. El burro y la vaca parecen también sonreír por el nacimiento del Salvador. La imagen es ingenua y grave por partes iguales, y cada una de esas partes (lo ingenuo y lo grave) es igualmente apabullante. Es una unidad que probablemente perdimos.

Por algún motivo que no logré todavía explicarme, pienso, como decía, muchas veces en ese detalle, y en esa pintura en general. Sobre todo, no dejo de preguntarme quién sería ese anónimo pintor salzburgués que la hizo. Porque la otra cosa importante que no había dicho hasta ahora es que no conocemos el nombre del pintor. ¿Con qué experiencia habrá llegado a esa imagen que, aun dominada por convenciones, resulta tan vívida que no puedo no pensar en ella casi todos los días? Probablemente se formó como muchos otros, allí, en Salzburgo, o en Italia, o en donde fuera, en esa misma época. Habrá sido un poco como nos cuenta el historiador Gombrich. Quien quería ser pintor empezaba como aprendiz en casa de uno de los maestros de la ciudad. Tendría que vivir con él, ocuparse de tareas domésticas. Primero, aprendería a moler los colores y a preparar las tablas o telas del maestro. Más tarde, llegaría algún encargo menor; por ejemplo, una enseña o un banderín. En algún momento imposible de prever, el maestro estaría muy ocupado y le pediría al discípulo que lo ayudara en la terminación de una obra mayor: pintar un fondo o terminar los vestidos de algunos de los personajes retratados. Si tenía talento e imitaba a la perfección el estilo del maestro, recibiría tareas más importantes hasta convertirse él mismo, algún día, en maestro. Entonces la rueda volvía a empezar. También así, hasta que se impuso la institucionalización de los conservatorios, solía aprenderse la música, y así también pasó que, desaparecidos los maestros, se fueron perdiendo las prácticas de interpretación de la música antigua. Los tiempos del arte eran tan periódicos como los de las estaciones del año. Y nadie pensaba que fuera necesario conservar los nombres de los artistas. Nadie, ni siquiera los propios artistas. Eran como un sastre o un carpintero. O incluso más desinteresados en la medida en que por lo general no se tomaban el trabajo de firmar las obras. Ellos eran la obra, y sin sacrificio se perdieron en ella. La fama del artista les habría parecido una idea extravagante, y nadie se creía un genio porque esa idea era también tan extraña como la de la fama.

Así habrá pasado también con nuestro querido maestro salzburgués, escondido para siempre en esa Natividad. Pero algo de su arte se escapa de esa biografía general, casi colectiva, de ese círculo de maestros y discípulos. Persistir sin nombre en la memoria por el detalle mínimo de una pintura es una variedad nada desdeñable y la gloria más humilde a la que debería aspirar todo artista.

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