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La triste historia del mecánico que revisó el avión de Austral que cayó en Fray Bentos en 1997 y hoy cuenta qué pasó

El martes se cumplieron 20 años de la mayor tragedia en la historia de la aviación comercial argentina, cuando el vuelo 2553 se estrelló dejando un saldo de 74 muertos; mientras los familiares aguardan el comienzo del juicio oral y público que se celebrará el año próximo, habla el mecánico que revisó el avión en Posadas, antes de que partiera a su destino fatal

Rescatistas inspeccionan el cráter dejado por el avión al caer
Rescatistas inspeccionan el cráter dejado por el avión al caer. Foto: AP / Daniel Muzio
Jueves 12 de octubre de 2017 • 12:22
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PARA LA NACION

POSADAS. Era casi la medianoche del 10 de octubre de 1997 cuando Oscar Bazzani iba a hacer una pregunta cuya respuesta le iba a cambiar la vida para siempre. Hasta ese momento tenía todo lo que necesitaba. Esposa, una pequeña hija de 3 años, una casita en las afueras de Posadas y una profesión que lo apasionaba: mecánico de aviones o técnico aeronáutico. Tenía 44 años y se podía decir que la vida lo había tratado bien. Hasta ese instante.

Del otro lado de la línea telefónica estaba el jefe de mantenimiento de Austral, que llamaba desde Aeroparque. Sin dar mucha información, durante unos minutos le había hecho algunas preguntas para verificar que había cumplido con todos los chequeos técnicos que un técnico aeronáutico debe hacer y sin los cuales el avión no puede volar. En la aviación aerocomercial la responsabilidad de los técnicos aeronáuticos viene inmediatamente después de la del piloto. Sin su aprobación firmada, el avión no puede despegar. En tierra, incluso, su aval está por encima de la voluntad del comandante.

- Ya le dije que hice todos los procedimientos que indica el manual. Ahora dígame, ¿por qué me pregunta todo esto? ¿Qué pasó con el vuelo 2553?, le dijo Bazzani al jefe de Mantenimiento.

- El vuelo está declarado en emergencia.

- ¿Cómo? Pero debe estar en un aeropuerto alternativo por la tormenta, dijo Bazzani, tratando de autoconvencerse, aunque ya imaginando lo peor.

- Creemos que se cayó., dijo el jefe de Mantenimiento. Y antes de cortar, una recomendación con tono de advertencia. "Bazzani, por su seguridad, no hable con nadie".

Bazzani sostiene el libro que escribió sobre la tragedia
Bazzani sostiene el libro que escribió sobre la tragedia. Foto: LA NACION / Martín Boerr

Veinte años después de esa noche fatídica, Bazzani habló con LA NACION sobre aquel accidente y sus consecuencias. A veces con la mirada perdida. Sostiene dos ediciones de un libro de su autoría sobre esa noche trágica, cuya impresión pagó como pudo. Los fantasmas lo persiguen. Las obsesiones, los sueños. ¿Acaso también la culpa? Bazzani al tiempo pudo confirmar lo que ya sospechaba, que había hecho todos los procedimientos de rigor y que nada tuvo que ver con la caída del vuelo 2553 de Austral en la localidad de Fray Bentos.

Esa noche el DC-9 de Austral cayó, como se comprobó más tarde, porque el tubo pitot -que marca la velocidad dentro de la cabina presurizada- se había congelado. Viendo que la velocidad caía, el comandante Jorge Césere dio más y más potencia a los motores, pensando que la nave perdería sustentación al perder velocidad. Hasta que sacó los slats (o hipersustentadores) y desencadenó la catástrofe.

Esta suerte de aletas que salen de la parte posterior del ala se desprendieron inmediatamente por la gran velocidad que llevaba el jet, desestabilizando el aparato. El avión entró en tirabuzón irremediablemente hasta que cayó al suelo uruguayo, dejando un cráter de más de cinco metros. Fue el peor accidente de la historia de la aviación aerocomercial de la Argentina.

"Al principio uno tiene dudas. ¿Habré salteado algún paso? Estaba seguro que no, pero ante una situación así uno piensa cualquier cosa. Durante cuatro días no pude dormir, hasta que caí desmayado del agotamiento", recuerda Bazzani. En sus manos tiene un tubo pitot, como parte del material que reunió para su libro, titulado "Austral 2553, Una Tragedia Anunciada".

Parece increíble, un tubo pitot es un pedazo de metal no mucho más grande que una canilla. El congelamiento de la punta causó semejante catástrofe. Y acá viene la parte que divide aguas en torno a este accidente. De un lado unas pocas personas que fueron silenciadas o marginadas, como Bazzani. Del otro, el poder de Austral, gerenciada por la española Iberia y los enormes intereses económicos y políticos que había detrás de esa privatización y que involucraban a los gobiernos de España y Argentina.

Tipos como Bazzani o el cineasta Enrique Piñeyro pasaron a ser parias dentro del mundillo aeronáutico. Pero en el caso de Piñeyro, solo por un tiempo. Hasta que hizo sus documentales, ganó premios, fue reconocido y se dedicó a otras cosas (productor cinematográfico) ya reivindicado.

Soldados uruguayos, ayudados por un helicóptero, inspeccionan el lugar de la caída del avión
Soldados uruguayos, ayudados por un helicóptero, inspeccionan el lugar de la caída del avión. Foto: AP / Daniel Muzio

Sin trabajo

En cambio, Bazzani perdió su trabajo. Nunca más pudo reinsertarse en el mundo laboral, se terminó separando y terminó solo, viviendo en un departamentito que le prestaron.en un barrio modesto.

Según sostienen Bazzani y Piñeyro, el DC 9 estaba mal habilitado. En un acto de negligencia del cual sería responsable la empresa y la autoridad aeronáutica, que en ese entonces estaba en poder de la Fuerza Aérea.

Desde 1978, por un accidente similar de un Boeing en los Estados Unidos, todos los aviones deben tener una luz que indica si el calefactor del pitot anda o no. Si esa luz hubiera existido, el comandante Césere, que ese día había volado a Posadas dos veces en el mismo avión sin problemas, hubiera advertido que los controles de velocidad lo estaban engañando.

Soldados uruguayos inspeccionan un fragmento del avión
Soldados uruguayos inspeccionan un fragmento del avión. Foto: AP / Daniel Muzio

"Los DC-9 eran vetustos, los trajo Iberia para operar Austral con el menor costo, no trabajábamos bien, se hacían recortes por todos lados y se recortaba en mantenimiento, generando riesgos", explica Bazzani.

El técnico aeronáutico siguió trabajando bajo mucha presión. A los dos años tuvo una úlcera y el médico le dijo que su problema era psicológico, que tenía estrés postraumático y lo mandó a ver un psiquiatra, que lo atiende hasta el día de hoy.

En un momento el psiquiatra le prescribió que se tomara una licencia y la empresa al tiempo lo emplazó para que volviera al trabajo o renunciara. "El sindicato de técnicos aeronáuticos también me dejó solo", dice Bazzani.

"En un momento me dejaron sin obra social y entonces pedí a Austral que me ayudaran con la cobertura de los gastos médicos de mi tratamiento. La respuesta que recibí no la esperaba, a pesar del mal trato. Me dijeron que se sentían injuriados y me despidieron", cuenta Bazzani, con los ojos húmedos.

Austral no solo lo despidió, sino que además no le pagó ninguna indemnización. Durante años vivió casi de prestado, haciendo alguna changa, viviendo en lo de la madre. "Aprendí a elegir, o compraba unas zanahorias o tomaba el colectivo, te podés arreglar con poco, me prestaron un departamento del Iprodha (instituto de la vivienda en Misiones), compraba un pedazo de hígado, comía arroz", rememora.

Un ambulancia recoge restos que quedaron tras la caída del avión
Un ambulancia recoge restos que quedaron tras la caída del avión. Foto: AP / Daniel Muzio

Doce años después, tras un juicio laboral en el cual tuvo un fallo adverso en primera instancia, Bazzani logró que le reconocieran la indemnización. Pero ya era tarde. Su vida no volvió a ser la misma. Ahora va con su libro, tratando de decir su verdad, buscando a alguien que lo escuche.

Nos pregunta si algún periodista de Buenos Aires puede estar interesado en recibir alguno de los 100 ejemplares que logró imprimir con sus magros recursos. Bazzani no lo dice, pero busca una reivindicación. A pesar de que no está acusado y solo será un testigo más en el largo juicio oral y público que se celebrará en abril del año próximo en el Tribunal Oral Federal 5. Un testigo incómodo por cierto.

Porque él no era una de las 74 personas que estaban a bordo del DC-9 cuando se estrelló aquel 10 de octubre a las 22.10 (el 10/10 a las 10.10pm). Pero en muchos sentidos, su vida -tal cual la conocía- también terminó aquella noche fatal.

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