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La división, un rédito de corto alcance

Domingo 15 de octubre de 2017
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MADRID.- Desde hace semanas los catalanes son carne de cañón de una guerra emocional. La crisis inconclusa por la independencia dividió familias, rompió amistades, rescató odios del olvido, metió a millones de personas en una montaña rusa que va y vuelve de la euforia a la angustia.Visto con perspectiva, este proceso resulta un experimento perfecto del daño que puede causar una dirigencia política empeñada minuciosamente en fracturar la sociedad para alcanzar unos objetivos excluyentes.

No hay prosperidad que sirva de antídoto. ¿En qué momento pasó esta gente de pensar a qué playa irán el próximo fin de semana a fantasear con los tanques cruzando el Ebro, como si hubiéramos retrocedido a los años 30. Emerge lo peor de cada uno. Los nacionalismos, siempre teñidos por la xenofobia, el desprecio de clase, la violencia, la mentira patriótica.Lo que desnuda la crisis que atraviesa España entera es el drama de un pueblo huérfano de liderazgos capaces de ofrecer reglas compartidas para la convivencia. Siente a dos catalanes a una mesa y se arriesgará a meterse en una espiral de rencores, donde nadie escucha más que a sí mismo. Un solo nombre puede ponerlos de acuerdo: Lionel Messi. El Barça será –como decía Manuel Vázquez Montalbán– “el ejército simbólico y desarmado de Cataluña”. Pero Messi actúa como un objetor de conciencia, un héroe apolítico, callado, cuyo ansia de perfección tantas veces ridiculiza la pulsión inconducente del patriotismo.

Los argentinos lo vivimos estos días en que cargamos en los hombros de ese muchacho el destino inmediato de nuestro ánimo colectivo. El alivio de sus goles –y el miedo previo a que siguiera sin marcarlos– opacó una disputa electoral que viene siendo una guerra de trincheras de baja intensidad. Al gobierno de Mauricio Macri le alcanza con hacer campaña por boca ajena. Dejó a los votantes frente al show de Cristina Kirchner en el diván. Empujada por las circunstancias, la ex presidenta se expone a un ejercicio diario de autocrítica. A veces a sabiendas, como cuando dijo que hubo corrupción en su gobierno. Otras subliminales. Qué es si no denunciar que la Justicia actúa como un grupo de tareas del Gobierno cuando los nombres propios de los tribunales apenas cambiaron desde que ella dejó la Casa Rosada.

A Cristina no le alcanza con los nostálgicos y le cuesta ofrecer futuro a quienes dejaron el lado de la grieta en el que ella sigue. Si Macri consigue el triunfo holgado que anuncian las encuestas, le espera el dilema de cambiar o mantener la dinámica que marcó la política argentina reciente. La mala hora de España aporta una lección: la apuesta constante por la división paga primero y pasa las peores facturas al final.

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