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Goles mágicos

Viernes 13 de octubre de 2017
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El último martes, en un nuevo capítulo de la apasionada novela de amor y odio que protagonizan, los cracks del fútbol local lograron desde Quito deformar el espacio-tiempo con más efectividad que el choque bestial de dos agujeros negros: todo el país se mantuvo frente al televisor o al lado de la radio durante noventa minutos (que por momentos parecieron 180) para seguir las alternativas de ese partido que hizo crecer el riesgo cardiovascular hasta del más impávido.

Pero si el gol ecuatoriano a los 40 segundos dejó sin habla incluso a los relatores, lo que verdaderamente desafió nuestra capacidad de asombro vino a la otra mañana, cuando el episodio acaparó la agenda de los medios de comunicación y las redes sociales, se alzaron altares de palabras para celebrar la gloria de nuestro jugador estrella y se analizó hasta el agotamiento esa victoria de último momento que permitió la clasificación para el Mundial de Rusia. Sí, fue cuando nos enteramos de que, para maximizar las chances, se había decidido contar con la participación de un "brujo".

Según trascendió, la "energía especial" de este personaje era el "arma secreta" para asegurar el triunfo.

Nadie sabe en qué basa su "magia" el brujo, pero su presencia bastó para que se hablara y se hablara en todos los ámbitos sobre esta curiosidad: suponer que alguien tiene "poderes" que ayudan a obtener un resultado. ¡Como en las historietas de Superman!

Se dirá que esta incredulidad deriva de "falta de fe" y de un casi absoluto analfabetismo en materia futbolística. Sin embargo, cualquiera creería que en estos días de inteligencia artificial, robots, edición genética, viajes al espacio, moneda virtual, constelaciones satelitales y medicina de precisión la brujería debería haber quedado recluida al arcón de las tradiciones ancestrales.

En su obra Brujos y cuasi médicos en los inicios argentinos (Edimed, 1986), Federico Pérgola esboza una descripción de estos personajes en épocas precientíficas y les atribuye "un aliento mitad cósmico y mitad humano". Y más adelante cita a Victor Robinson (La medicina en la historia, Editorial del Tridente, Buenos Aires, 1947), cuando afirma que "el candidato a hechicero debía poseer alguna característica poco común: extraordinaria fuerza o sabiduría, ser deforme o sufrir ataques epilépticos, tener predisposición para ponerse en trance, ser torpe en el manejo de las armas, ventrílocuo, que los mayores hubieran soñado con él o que sintiera una manifiesta inclinación por la meditación y los paseos solitarios por el bosque. [...]No podía compartir la rutina de vida de sus semejantes, siempre tenía que ser el hombre misterioso [...] Sabía cómo impresionar a su auditorio con su castidad y sus ostentosos ayunos, y si a sus conocimientos los acompañaba de una cierta habilidad para engañar al prójimo, podía decirse que estaba en situación de erigirse en oráculo".

Aunque esto parezca cosa del pasado, todo indica que la observación de José Babini en su Historia de la Medicina (Editorial Fundación Argentia, 1980) de que "subsisten por doquier milagreros de toda clase, remedios y drogas infalibles, cultos de la salud, curaciones por la fe o la palabra, astrología médica" y otras creencias parecidas sigue vigente.

Basta con mencionar que el fútbol de Ruanda acaba de implementar una de las medidas disciplinarias más inesperadas que puedan imaginarse en el mundo del deporte: prohibió los hechizos y sancionará con 100.000 francos a los jugadores y con 200.000 a los entrenadores que los practiquen.

En todo caso, más allá de maldiciones y teorías varias, todo indica que si la selección verdaderamente se plantea ganar el Mundial de Fútbol 2018, más que poner su suerte en manos de uno o varios brujos, sería aconsejable empezar a pensar en un plan B. Una estrategia que tenga que ver más con la efectividad del juego y no tanto con dudosos pases de manos todo terreno.

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