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El peronismo cumple años en el desierto

Sergio Suppo

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LA NACION
Domingo 15 de octubre de 2017 • 20:42
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Un día antes de cumplir 72 años, al peronismo no sabe qué le duele más: volver a perder con Mauricio Macri o no tener un jefe a quién seguir. La situación lo pone ante la obligada y complicada decisión de reinventarse en el llano, lejos del poder.

Será la segunda vez en democracia plena que el peronismo tendrá un doble problema: convivir al menos un mandato en la áspera intemperie que sufren los que no gobiernan en la Argentina y, al mismo tiempo, encontrar el camino del regreso al poder. Nadie imagina hoy, como llegó a desearlo algún sector del kirchnerismo, que Macri termine yéndose en helicóptero. Por el contrario, no son pocos los que desde ese mismo costado opositor aceptan que será muy difícil frenar una reelección de Macri, dentro de dos años.

En el peronismo campea un aire de derrota antes de que se confirme en las urnas del domingo . Descuentan que el domingo próximo será complicado de digerir que Cambiemos gane en los cinco principales distritos: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Capital y Mendoza. Y que además extienda su dominio a Jujuy, Corrientes, Entre Ríos, San Luis, La Pampa y Santa Cruz.

Un dirigente de Cambiemos, pese a la cautela que baja del comando de María Eugenia Vidal , apuntó para el conurbano un par de datos positivos para el oficialismo a costa de más desgracias peronistas. Esteban Echeverría, Ituzaingó, Escobar y hasta Avellaneda podrían cambiar de color político, predijo. De los 69 distritos que ganó Cambiemos, ahora aspiran a llegar a más de 110 y pasar del 47 por ciento de la población a cerca del 60 por ciento de personas que viven en distritos que apoyan a Macri y Vidal. ¿Avance sobre el voto kirchnerista? No, desprendimientos del massismo en zonas postergadas. Dicho de otra forma: votos de peronistas que migran a Cambiemos.

Allá lejos, más en los libros de historia que como una correlación con el presente, el peronismo debe buscar una situación parecida a la de estos días. Sin Perón, luego de la dictadura, todavía bajo el síndrome de la pérdida del padre, el PJ sufrió su primera derrota en elecciones sin proscripciones a manos del radicalismo de Raúl Alfonsín. Tardó al menos cuatro años en reagruparse y en formar una nueva línea de conducción que tuvo un jefe transitorio en Antonio Cafiero y una punta de lanza llamada Saúl Ubaldini, el de los 12 paros generales de la CGT.

Nunca, como entonces, el peronismo repetiría el experimento de consagrar a un nuevo líder por el voto de sus afiliados. El 9 de julio de 1988, Carlos Menem derrotó a Cafiero y se convirtió en el candidato presidencial que un año más tarde reemplazaría a Alfonsín.

Del liderazgo de Menem, bajo el que coexistieron todos los que luego lo negarían, al mandato consecutivo de Néstor y Cristina Kirchner , apenas si sucedió un interinato encarnado por Duhalde. Fue en el tiempo en el que gobernó De la Rúa y en los días del interinato del último caudillo del peronismo bonaerense. Saltaron del conservadorismo al populismo aferrados a lo que más le interesa a un dirigente peronista: el poder; las ideologías siempre fueron un detalle.

El extendido presente que atravesará el peronismo incluye otro dato inquietante: sus fragmentos están inconexos y ninguno de ellos tiene posibilidades inmediatas de prevalecer sobre los otros. La gran apuesta de resurgimiento de Cristina puede naufragar el domingo si finalmente, como anuncian todas las encuestas, resulta derrotada por Esteban Bullrich. El plan era sencillo: derrotar al macrismo en la provincia de Buenos Aires y recuperar el atractivo perdido por la simple prepotencia de contar con la porción más sustancial del peronismo.

Por el contrario, en el interior, un grupo heterogéneo de gobernadores opera con la misma lógica de supervivencia propia que los intendentes justicialistas del conurbano. El salteño Juan Manuel Urtubey esperaba un mejor contexto para confirmar su aspiración de renovación partidaria. Insistirá, igualmente, pero con más cautela y sin tanto apuro.

Esos jefes provinciales esperaban mejores resultados de Florencio Randazzo y de Sergio Massa para contrarrestar la vigencia que, aunque derrotada, logrará salvar Cristina en las zonas más postergadas del conurbano. Ella también podrá estar como una dirigente más pero ya no como una jefa indiscutida en una mesa en la que los ganadores serán ganadores de distritos chicos y los perdedores de distritos grandes. No parece hoy haber compatibilidad posible entre el núcleo duro del kirchnerismo y el resto del peronismo, pero de las filas de la ex presidenta ya puede descontarse a gran parte de la tropa de intendentes bonaerenses que se aprestan a negar haber integrado Unidad Ciudadana apenas salga el sol del día después de las elecciones.

El sindicalismo, que en otros tiempos fue un factor de cohesión y soporte del peronismo, tiene una agenda de compromisos pendientes con el Gobierno en el que siente que se juega su propia supervivencia. Los veteranos jefes gremiales hace tiempo descubrieron de que “lado vienen los indios”, como solía enseñarle a sus discípulos Lorenzo Miguel.

Estar en el poder le entregó al peronismo la misma oportunidad que le está permitiendo crecer a Cambiemos y tener una representación del Gobierno en cada zona. El peronismo se sustentó desde siempre en los sectores populares, a los que añadió parte de la clase media. Al revés, Cambiemos se articula en la clase media y comenzó a tender puentes hacia sectores medio bajo y bajo. En otra época a eso se lo llamaba bipartidismo. Pero la historia no se repite y menos aún regresa al mismo lugar.

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