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La mujer que enfureció a Macri y hoy logró recuperar su confianza

Jueves 19 de octubre de 2017 • 01:42
PARA LA NACION
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Ella lo acompañó, prácticamente, desde que él arrancó en la política. Juntos transitaron tormentas gigantescas. Ella lo ayudó a ablandar su imagen, cuando él todavía concentraba un 60% de imagen negativa, un techo que obturaba cualquier sueño presidencial. Sin embargo, en el arranque de 2015 ambos quedaron al borde del quiebre de la relación personal y política. Mauricio Macri se enfureció con ella, cuando decidió enfrentarlo en su propio territorio, la Ciudad: una osadía que pagaría cara. Pero dos años más tarde, esa misma mujer, la número dos del poder en la Argentina, logró revertir aquella historia y recuperar la confianza de su jefe político.

La reconciliación final, en el corazón de la familia macrista, se selló el mes pasado cuando el Presidente decidió no asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas y delegó esa misión en Gabriela Michetti, encargada de dar el discurso ante el plenario de jefes de Estado y de gobierno. La decisión configuró una rareza: fue la primera vez que un vicepresidente representa al país ante la ONU. Antes, Michetti se había ocupado de construir una relación con su par, Mike Pence, impulsada por la necesidad de recomponer puentes con la administración Trump: un vínculo difícil de remontar para Cambiemos después de haberse pegado tanto a Obama y a Hillary Clinton. Hasta el gurú Jaime Durán Barba, uno de los enemigos internos de Michetti, pareció perdonarla. Noches atrás, en una reunión reservada de campaña, admitió que en 2019 habría que repetir la fórmula Macri-Michetti.

“Con Mauricio nos dividimos el mundo”, informa Michetti, quien, desde la vicepresidencia, una institución desdibujada, ensaya recrear un lugar de gestión: viajar en busca de inversiones, apertura de mercados y colocación de productos argentinos. A casi todos los lugares donde llega con su comitiva comercial, recibe una frase que parece resumir la tragedia argentina, después de una década de aislamiento: “bienvenidos de nuevo”.

El pedido de Macri a su vice fue que viajara con los secretarios de Estado a países con los que, históricamente, la balanza comercial dio negativo para la Argentina. El objetivo de estos viajes, donde se promueve una conexión comercial de Estado a Estado, es abrir un canal del intercambio comercial allí donde nuestra economía permanecía blindada. Guiada por la idea de “amigarse” con el mundo, la comitiva michettista ya visitó Corea, Japón, Canadá, Australia, Emiratos Árabes, Arabia Saudita, Qatar, Egipto y Marruecos. “En casi todos los países que visitamos, en los últimos 12 años no se había hecho prácticamente nada”, concluyen.

En noviembre le toca el turno a Malasia, Tailandia e Indonesia, donde buscarán abrir nuevos mercados. En el verano, probarán con Israel. La intención es vender productos argentinos y seducir a empresas israelíes para que inviertan en el país. Michetti es licenciada en relaciones internacionales y se mueve con fluidez en el mundo de la diplomacia comercial, pero la tarea no es sencilla.

La Argentina encierra varias paradojas. Por un lado, es vista como una potencia media, una suerte de tierra prometida con recursos y posibilidades, pero, por otro, siempre termina emergiendo el prontuario político y económico nacional que sabotea esas mismas potencialidades: la inflación alta, las históricas fluctuaciones de la economía, las sucesivas catástrofes políticas y los impuestos elevados siguen despertando desconfianza, más allá de la reconstrucción de los vínculos políticos.

Emiratos Árabes es un desierto que importa el 85% de los alimentos que consume y, sin embargo, fue un mercado casi abandonado por la Argentina durante la era K. La idea de la dupla presidencial es buscar oportunidades para que empresas nacionales desembarquen en Medio Oriente. Café Martínez y La Martina, por ejemplo, están haciendo su experiencia comercial en tierra emiratí.

Japón es la segunda economía de Asia. Las exportaciones de la Argentina a Japón se habían reducido a casi un tercio entre 2013 y 2015, con un leve repunte en 2016. La negociación, aún en sus tanteos comerciales, es con Japan External Trade Organization (Jetro), un organismo autónomo destinado a promover el comercio internacional de ese país, que acaba de abrir una sede permanente en Buenos Aires.

En la oficina de Michetti se entusiasman. Según los números que manejan, de Japón trajeron inversiones de Nissan por 700 millones de dólares; Toyota, por 60; Bridgestone, 196; Marubeni, 310. El viaje a Corea rindió 1000 millones de dólares de Samsung. También destacan como logro la venta de pollo a Australia y, probablemente, a Egipto. A Macri se le puso en la cabeza venderle carne a Japón. Michetti se lo sugirió en Tokio al primer ministro, Shinzo Abe, que se limitó a sonreir y quedó en pensarlo.

El entusiasmo, sin embargo, también debería ser módico: nada que mueva el amperímetro en el mapa de la pobreza, ni resuelva el drama del conurbano. Lejos de la lluvia de dólares con la que soñaban, en Cambiemos, todo huele a gradualismo.

En uno de sus viajes, Michetti compartió con la reina de Holanda una idea comercial, que potencialmente podría emplear mano de obra intensiva y que terminó de elaborar en Marruecos, donde existe un Ministerio del Artesanado. Se trata de configurar una industria textil artesanal, como existe en Colombia o Perú. A Máxima le gustó el proyecto, que podría dar sus primeros pasos en 2018.

Hace dos años, cuando estalló la crisis en la actual dupla gobernante, Michetti había llegado a un punto crucial. Toda su vida había soñado con gestionar la Ciudad, sin detectar que su jefe ya había optado por su verdadero delfín, Horacio Rodríguez Larreta. Un delfín con quien hoy, paradójicamente, está en problemas.

En la biografía que escribí sobre Macri, el Presidente relató el backstage de aquel conflicto: “Yo le dije desde el día cero lo que me parecía: que ella no era la persona adecuada para sucederme en la Ciudad, porque acá no es una cuestión de inteligencia, ni de sentido común. Hay muchos otros factores, como la capacidad de organización, el método e, incluso, la salud física. Gabriela es una persona muy valiosa en el equipo, pero tiene que tener un rol en el cual pueda entrar y salir de los temas. Ella rinde mejor así. Yo quería una interna abierta en la Ciudad, pero lo que nunca imaginé es que Gabriela iba a ir a esa interna. Entonces hablé con ella antes de ofrecerle la vicepresidencia. Quería saber si ella estaba enojada. Le dije: ‘yo estoy feliz de que vos me acompañes de vice, pero eso solamente es posible si vos no lo hacés desde la bronca. Acá hay que hacer borrón y cuenta nueva’. Y así lo hicimos”.

El accidente automovilístico que sufrió en 1993 y que la dejó en silla de ruedas, le provocó, además de la limitación en la movilidad, una seguidilla de secuelas físicas, internaciones y anestesias, que suelen agudizarse con el estrés de las campañas políticas. Las tareas simples de la vida cotidiana le llevan mucho más tiempo que al resto de los mortales. A diario toma una medicación para calmar, entre otras cosas, un dolor agudo y persistente que le atraviesa la espalda. Una punzada que se asemeja a una descarga eléctrica intermitente o a millones de agujas clavadas bajo su piel.

La experiencia del poder altera algunas personalidades. O, quizá, las revela. Cuando una fuerza política llega a la Casa Rosada y se vuelve exitosa, tal como sucede hoy con la marca Cambiemos, los integrantes de esa élite sienten que ascienden a una casta especial. Es entonces cuando deciden mudarse a barrios más sofisticados, en sintonía con su nuevo (¿superior?) status. El oficialismo macrista no es ajeno a esta cultura del poder, que sigue cavando abismos entre representantes y representados. “Pensamos que, cuando asumiera como vice, se iba a mudar a otro barrio más paquete”, le confiesan a Michetti unos desorientados vecinos de San Cristóbal, donde ella vive desde que arrancó en la política, en 2003.

La casona de la calle Pasco fue un tradicional punto de encuentro de dirigentes de diversas fuerzas políticas, quienes con los años, terminaron confluyendo en Cambiemos.

La mujer a la que Macri considera como una “hermana menor” tiene por delante un desafío inmenso. La historia argentina confinó a los vicepresidentes a un lugar opaco. Michetti ya lidió con el fantasma de su propia disolución, cuando renunció a la vicejefatura porteña para ir al Congreso, donde su liderazgo casi se desvaneció. Ahora tiene otra oportunidad: reinventar, con gestión, un espacio que siempre fue invisible. Y hasta maldito.

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