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30 años después, su cambio de vida lo llevó a reconquistar a su amante

Él estaba casado y ella soltera pero vivieron un romance inolvidable; años más tarde, se reencontraron pero los términos se habían invertido, se dijeron adiós y dejaron pasar toda una vida, hasta que él volvió al país donde se conocieron

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 20 de octubre de 2017 • 00:06
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Nicolás estaba buscando el salón donde se haría la conferencia de prensa, cuando la vio bajar las escaleras. Arrolladora, simpatiquísima, sensual, bonita a más no poder, ella se ofreció para guiarlo. Su mirada, sus gestos y el sonido de sus palabras, lo inquietaron muchísimo y, durante la charla, descubrieron que tenían un amigo en común.

Al día siguiente, este amigo le dijo: “Le gustaste pero te descartó, porque tenés el dedo podrido”. Efectivamente, Nicolás estaba casado, con chicos, pero nada de eso lo detuvo; simplemente no pudo resistir la tentación. La llamó, la invitó a salir, ella aceptó y se desató un tsunami que duró alrededor de un año.

Durante todo ese tiempo, ella nunca le hizo ningún planteo; ni siquiera preguntaba cuándo volverían a verse. Tenía en claro que no podía proyectar con él, que estaba ante un hombre que era como un péndulo emocional, contrariado por el amor que sentía hacia ella y la dictadura del mandato, del deber ser. Lo que no sabía, era que por aquella época él estaba ciego, incapacitado para ver que era la mujer de su vida y que, sin ella, vivir no era vivir.

Tan ciego estaba, que la dejó ir; despertar, le tomaría 30 años.

Con el correr del tiempo

Pero hubo una vez, 10 años después del primer encuentro, que la volvió a ver. Pero para entonces, los términos se habían invertido: Nicolás estaba libre y la ocupada, ahora, era ella. Saberlo fue lacerante, pero no tenía remedio; para él sólo quedaba tratar de olvidarla, una vez más.

Así, la vida transcurrió calma, intrascendente, hasta el 2017, año en el que todo cambió. Después de vivir un largo tiempo en el extranjero, Nicolás decidió que era hora de retornar al país. Y ella, de nuevo soltera y como si lo hubiera adivinado, lo contactó por Facebook. Al ver la solicitud, él reaccionó exaltado y, sin siquiera un asomo de duda, la llamó por teléfono. Pero su entusiasmo se esfumó al instante: la voz de su amada sonaba fría, lejana y distante. Una decepción. "En todo caso, yo soy para ella no más que un amigo.", pensó Nicolás con la certeza de que, en esas condiciones, hubiera sido frustrante invitarla a tomar un café.

Aún en su desolación, él no podía evitar mirar las fotos de su muro. Ella estaba igual que hacía 30 años, cuando paraba el tránsito a su paso. Encandilado, miraba esas imágenes una y otra vez, con una mezcla de deseo y dolor. Hasta que cierto día, hace cuatro meses, cedió a un impulso y le escribió: “¡Besos, Teresa!” Ella le contestó amorosamente y le puso: "El martes voy a la charla que das en el centro". No era más que eso, pero a Nicolás le temblaron las piernas.

Química

Entre los miedos y la ansiedad, la espera hasta el martes le resultó un suplicio. Y ese día, en ese instante en el que la vio entrar, sintió como un trueno en el alma: "¡Quiero a esa mujer para siempre!” Era una certidumbre de fierro, como jamás la tuvo con respecto a nada en su vida.

Afortunadamente, ella aceptó ir a cenar. A los 20 minutos de estar sentados, 20 años después de haberla visto por última vez, Nicolás la espetó a boca de jarro: “Me ahoga la ternura….. ¡Quiero pasar el resto de mis días al lado tuyo!” Ella lo miró asombrada y pensó que estaba loco. A pesar de ello, le pidió que le diera su mano. "¿Para qué?", quiso saber él. "Para ver si todavía hay piel."

Y había…..

Nada ocurrió esa noche y, sin embargo, cuando la invitó a cenar a algún lugar lindo el fin de semana, ella le sugirió que mejor sería que vaya a su casa. Nicolás quedó pasmado.

Pero la realidad era que por aquellos días, más allá de toda esa dulzura y de esas formas apasionadas de él, ella observaba todo con una media sonrisa y de reojo, sin tomar las declaraciones de Nicolás como algo serio. Él no lo sospechaba, porque estaba subido a una locomotora que viajaba a 200 kilómetros por hora, desenfrenado.

Por suerte, lo que él hizo a continuación, aquello que le nació naturalmente, la hizo cambiar de opinión.

A todo o nada

Nicolás la tomó virtualmente por asalto. Fue una carga de caballería. Viajó a Nueva York y compró utensilios de cocina para su futuro hogar. ¿Qué mejor señal para ella, que supiera que su propósito era anidar? Pero no fue lo único: también presionó a su editor para realizar cambios de último momento, y le dedicó su nuevo libro. Y lo primero que pudo ver ella al conocer su casa, fue su retrato, que encabezaba la galería de fotos de los seres queridos de Nicolás.

A las dos semanas, él le propuso matrimonio. Su respuesta fue: “convivamos y vemos”. A las cuatro semanas, le trajo las alianzas y le susurró: "No te sientas presionada, ni te asustes, esto es meramente simbólico. Sin hijos por criar, ni fortunas por dividir, ¿qué es el casamiento, sino un acto romántico de compromiso?"

Esa noche le dio el sí.

"Si todavía no morí de la emoción, es porque tengo el corazón en excelente forma", cuenta Nicolás, emocionado. "Este 3 de noviembre es nuestro enlace. Dos candiles apagados, se encendieron. Estamos hechos dos adolescentes. Yo camino sobre nubes, me crecieron alas. Estar enamorado así, es estar vivo. Lo demás, es apenas supervivencia."

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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