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Objectology, la muestra de objetos de Hèrmes, llega a Palermo

Parte de la colección personal de Emile-Maurice se exhibe esta semana en la residencia que perteneció a Victoria Ocampo

Domingo 22 de octubre de 2017
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LA NACION

PARÍS

Uno podría arruinarse todos los días de su vida en la boutique del 24 Faubourg Saint Honoré sin saber jamás que, cuatro pisos más arriba, existe uno de los sitios más secretos de París. Así es, sin embargo, desde hace más de un siglo. Desde que Emile-Maurice Hermès (1871-1951) -tercero de la dinastía que elevó el trabajo del cuero a la categoría de arte- decidió convertir las piezas de su escritorio en un fabuloso y exclusivo cabinet de curiosités, con la idea de rendir homenaje al savoir-faire mundial. Esa decisión probablemente explique el éxito planetario de la célebre marca que se identifica por una caja naranja grabada con la imagen de una estilizada calèche (carroza) esperando a su conductor. Pero también guía, desde entonces, cada uno de los gestos de sus diseñadores e incluso inspira la exposición itinerante que Hermès consagra al objeto cada año y que, bajo el nombre de Objectology, se exhibe esta semana en Buenos Aires en la casa de Victoria Ocampo, en Palermo Chico.

Compuesta de piezas de las últimas colecciones y otras que llegan del pasado, escogidas precisamente entre los miles de objetos que forman el museo creado por Emile-Maurice Hermès, el objetivo principal de la muestra es: "Compartir nuestra visión y nuestra cultura del objeto con los argentinos", afirma Pierre Alexis Dumas, director artístico de Hermès.

"El principio de esta exposición, diálogo entre las creaciones originales de nuestro Conservatorio y aquellas de nuestras últimas colecciones, pone de manifiesto una constante: que nuestros objetos, vestimentas y accesorios llevan la marca de una curiosidad incansable por lo contemporáneo", agrega.

Dueño de esa curiosidad inextinguible, Emile Hermès nació en 1871, año de convulsiones que marcó la derrota francesa frente al reino de Prusia.

"Cuando tenía apenas diez años, a escondidas de sus padres gastó toda su fortuna en el primer objeto que iniciaría su pasión: invirtió sus únicos dos francos en un pequeño bastón, cuyo interior hueco escondía una sombrilla que, en caso de necesidad, podía ser desplegada como gesto de galantería para proteger a una dama", relata Menehould de Bazelaire, directora del Patrimonio Cultural de Hermès, que conserva celosamente desde hace 31 años los miles de objetos que incluye la colección.

Un reloj de bolsillo revestido en cuero es uno de los objetos que pueden verse en la exhibición, que permanecerá abierta hasta el sábado próximo, con entrada gratuita
Un reloj de bolsillo revestido en cuero es uno de los objetos que pueden verse en la exhibición, que permanecerá abierta hasta el sábado próximo, con entrada gratuita.

De su padre, Emile-Maurice heredaría años después una empresa exclusivamente consagrada al equipamiento del caballo y de su jinete. Talabarteros, pero también tapiceros de carrozas, Hermès equipaba por entonces a los más célebres carroceros de París. Después llegó la Gran Guerra (1914-1918) y arrastró todo consigo. Terminó con el noble animal, con sus jinetes y artesanos. Pero cual un buscador de pepitas de oro, gracias a su pasión por los objetos curiosos, Emile-Maurice fue capaz de adaptar los cierres-relámpago de los uniformes militares a las carteras femeninas y a las prendas de cuero, o lanzar una primera línea de carrés, gracias a la experiencia que la empresa había adquirido en el terreno de la seda. ¿Cómo? Porque había conservado preciosamente los catálogos de casacas y gorras de las grandes cabellerizas de turf que recurrían, todas, a la maison. Pero su curiosidad no se limitó a lo que tenía que ver con el mundo de la equitación, el viaje, el cuero o la seda. Mientras aplicaba su "cierre-americano" (como se lo denominaba entonces) a las prendas femeninas, nuestro coleccionista compraba todo lo que atraía su atención.

Centenares de libros, modelos reducidos de carrozas, monturas y sillas de mano, necesaires de viaje con mecanismos secretos que contienen frascos tallados en el más fino cristal, valijas, cofres, cajitas de marquetería, fustas, guantes, cinturones y hebillas, monturas -desde luego- de China, Kirguizistán, la Argentina o México. Incrustadas de ámbar, de plata y lapislázuli. Estribos y riendas provenientes de los cuatro rincones del globo. De cosacos, de gauchos de las pampas y de reyes europeos.

De sus viajes a Argentina, Emile-Maurice Hermès regresó con infinidad de objetos consagrados a la equitación y al mundo rural. El museo contiene no sólo monturas, arneses y fustas. También hay mates, boleadoras e incluso un escudo de la República Argentina en bronce.

"Hermès y la Argentina siempre tuvieron una relación particular, nacida en la importancia que ambos dan al mundo de la equitación", señala Nathalie Sanz Maurice, miembro del equipo de prensa de Hermès.

La colección completa de Emile-Maurice Hermés se encuentra en el pequeño museo de la maison, sobre su emblemática tienda del 24 Fabourg Saint Honorè
La colección completa de Emile-Maurice Hermés se encuentra en el pequeño museo de la maison, sobre su emblemática tienda del 24 Fabourg Saint Honorè.

Pero, ¿cuál es la línea directora de esa colección -ecléctica y, a simple vista, hasta disparatada-, a la que ese visionario de Emile Hermès consagró gran parte de su vida? La respuesta es simple: un homenaje permanente a los artesanos.

Cada uno de esos miles de objetos, reunidos en secreto y pacientemente, es un elogio al savoir-faire manual. Muchos no son necesariamente lujosos, pero todos son producto del ingenio y la imaginación.

"Eso es exactamente lo que siguen buscando los creadores de Hermès más de 100 años después", precisa Ménéhould de Bazelaire.

El hombre de progreso no podía resignarse a la pérdida de tanto savoir-faire. Y tenía razón. ¿Para qué perder meses buscando la forma de hacer perfectamente impermeables una botas de campo si los postillons (cocheros o carteros a caballo) que acompañaban en Francia a los viajeros de posta en posta -distantes unas siete leguas entre sí- lo sabían ya mucho antes de 1800?

Fue para ellos, sí, que los artesanos de entonces inventaron las famosas "botas de las siete leguas" que usaba el ogro de Pulgarcito de nuestra infancia". Unas gigantescas botas, inaptas para caminar, tres veces más grandes de lo normal, que permitían mantener pies y piernas aislados de la lluvia y el barro. Ejemplo perfecto del diálogo entre el pasado y el presente, un par de esas maravillosas botas forma parte de la exposición que Hermès presenta esta semana en Buenos Aires. Se las podrá ver, claro, a escasa distancia de un fabuloso par de botas contemporáneas, muestra perfecta del arte acumulado de la célebre maison.

Desde luego, Emile-Maurice Hermès sabía que coleccionar no implica transmitir en forma automática el savoir-faire. Por esa razón, mucho antes de transformarse en gesto de cortesía empresarial para clientes que lo solicitan, artistas y periodistas, la entrada al mundo secreto de Emile Hermès estuvo casi exclusivamente reservada a los estilistas de la maison. A cada uno, la dirección los alienta a meditar sobre la inmensa cantidad de soluciones milagrosas, a veces delirantes, siempre elegantes, que acumula ese granero de ideas, antes de comenzar a crear. Como esas increíbles pantuflas para equinos -inglesas, obviamente- que se ponía a los caballos para evitar que sus cascos arruinaran el impecable césped de los castillos.

"La dirección envía a los estilistas al granero para evitar la esclerosis", bromea una periodista francesa especialista de la moda.

Emile-Maurice Hermès fue el primero en mostrar el ejemplo. En 1923, escogió como motivo de su ex libris, Le Duc attelé, un dibujo de Alfred de Dreux, que había comprado presa de un impulso, sin objetivo preciso, en momentos en que su empresa comenzaba a diversificarse. Veintidós años después, la litografía terminó inspirando el logo de la maison y hasta hoy decora la botella de su perfume más clásico, Calèche.

Para Emile-Maurice Hermès, la escena de una carroza elegante sin conductor, apenas custodiada por un mozo de cuadra, simbolizaba la idea de su relación con la clientela. "Somos nosotros los que creamos el objeto y es usted el que le da vida", solía decir.

Pero en verdad, ese granero de las maravillas es todo, menos un museo. No es el conservatorio de las creaciones de Hermès, ni siquiera es sitio donde se guardan sus archivos.

"Aquí no hay prácticamente nada fabricado por Hermès. Es una caja de sueños. Un refugio para la fantasía de aquellos que se dedican a crear", resume Ménéhould de Bazelaire, capaz de saber con exactitud en qué sitio se encuentra cada uno de esos miles de objetos.

Recorriendo las salas es fácil comprender las palabras Pierre Alexis Dumas sobre el objetivo de la actual exposición en Buenos Aires.

"Es importante para nosotros destacar el savoir-faire capaz de superar la prueba del tiempo. Esta fue nuestra preocupación en el trabajo de la seda y el cuero durante seis generaciones. Cuando se trabaja para una empresa familiar, no se la posee: uno la recibe para transmitirla.

Porque en la familia Hermès sucede como ocurre con cada uno de sus estilistas: todos han pasado parte de su infancia jugando en el cabinet des merveilles de Emile-Maurice. Uno de ellos es Axel Dumas, 47 años, gerente de Hermès International desde enero de 2014.

"Axel siempre recuerda las horas que pasó dando vueltas por el escritorio de su abuelo montado el triciclo del príncipe imperial", dice a La Nación revista De Bazelaire, rozando suavemente la cabeza del pequeño caballo.

Para Axel, como para Pierre Alexis Dumas, la mejor manera de destacar ese savoir-faire capaz de resistir al asalto del tiempo es desarrollando proyectos que fortalezcan y difundan la cultura Hermès. La exposición Objectology es definitivamente uno de esos proyectos.

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