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Mente en blanco: el ejercicio de pensar en nada

Domingo 22 de octubre de 2017
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LA NACION
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¿Y qué me dicen de esa casa sola que se ve desde un avión? Quizá en la soledad no haya dolor. de pensar en nada. No es sólo una canción: es un ejercicio, y quizás uno de los más difíciles que existan. ¿Probaron alguna vez poner la mente en blanco? Sin entrenamiento previo es casi imposible: los pensamientos comienzan a atacarnos por todos lados (las cuentas por pagar, el ruido de la calle, el informe que debemos). Pero como se sabe, el Lejano Oriente viene en nuestra ayuda con sus técnicas milenarias de meditación limpiadoras de cabezas. No hablaremos aquí de esas técnicas ni sus historias, pero sí de esas cabezas. La neurociencia ha estudiado el efecto de diversas formas de meditación sobre el funcionamiento cerebral y, de yapa, sobre el resto del cuerpo, y si bien es un camino largo lleno de interrogantes, hay algunas certezas para comentar.

Ahora que podemos ver el cerebro desde afuera, a través del análisis de imágenes cerebrales, tenemos una buena oportunidad de espiar los posibles efectos de la meditación. Uno de los problemas, claro, es que hay tantas y tan diversas técnicas como maestros, y no siempre son muy comparables a la hora de diseñar un experimento. Más allá de este escollo, es claramente un tema de investigación fascinante, que hasta ha acercado al mismísimo Dalai Lama a los congresos internacionales de neurociencias, en donde se intenta encontrar un terreno común para charlar y experimentar.

Además del interés de conocer, también se busca ahondar en potenciales aplicaciones: la meditación parece ayudar en el tratamiento del estrés y la ansiedad, así como otros trastornos, como la depresión o el dolor crónico, y hasta puede mejorar la función inmune. Ojo: no todos estos trabajos están bien validados o son aceptados sin chistar; es difícil determinar los efectos de una técnica meditabunda sobre el cuerpo separándola de otros factores, como el estilo de vida, la alimentación y demás. Pero el común denominador de los estudios es que sí, algo hace, y algo bueno (basta mirar a los miles de Budas sonrientes que hay por el mundo para convencerse).

Veamos algunos ejemplos concretos y bastante investigados. Nuestro cerebro se activa en forma de ondas: la actividad eléctrica sube y baja con distintas velocidades. Cuando abrimos los ojos al mundo, esta frecuencia sube mucho en lo que se denominan ondas beta (que, convengamos, suena de lo más científico). Varios trabajos apuntan que con la meditación esta frecuencia se aquieta y se puede inducir el pasaje a las llamadas ondas alfa, más lentas y, quizá, más calmadoras para el músculo y la ambición. Ver esas ondas (literalmente, visualizar la actividad eléctrica en una computadora) puede ayudar a controlarlas y, en el camino, influir en otras funciones corporales, como la presión arterial. Los meditadores también parecen estar más al tanto de lo que les pasa al propio cuerpo y al cerebro; un experimento muestra que pueden reconocer cierta actividad inconsciente del cerebro mejor que los sujetos controles. Esto tiene implicancias que van más allá de la neurociencia y llegan hasta el libre albedrío., pero de eso hablaremos otro día.

Otros estudios indican que la meditación entrenada puede modificar la expresión de algunos genes relacionados con la inflamación, que, recordemos, es de las primeras respuestas del sistema inmune frente a una infección. Todo bien y necesario, pero si la inflamación se exagera o se vuelve crónica puede tener consecuencias no muy queridas. Las intervenciones sobre la mente (tenemos nuestrrrros métodos.) pueden limitar ese proceso inflamatorio crónico y reducir el riesgo de otras enfermedades.

Aclaración importante: acá el asunto es encontrar efectos de la meditación que puedan ser investigados en laboratorio, más allá de su valor personal, espiritual o religioso, que les dejamos a otros expertos. Pero sí, algo hay, y merece seguir siendo estudiado. Entender y entendernos. de eso se trata.

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