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Edificios emblemáticos

La Biblioteca y la Cancilleria, cuya concreción llevo tres décadas, son exponentes de una singular experiencia profesional en la Argentina

Miércoles 11 de noviembre de 1998

En las tres décadas que transcurrieron desde la aparición de Arquitectura en La Nación , dos edificios se destacan, no sólo por su representatividad, sino por haberse iniciado casi contemporáneamente con la publicación, sufriendo modificaciones y demoras en su ejecución que se prolongaron hasta nuestros días.

Nos referimos a los edificios de la Biblioteca Nacional, proyectado por los arquitectos Alicia Cazzaniga, Francisco Bullrich y Clorindo Testa, y de la Cancillería, obra de los arquitectos Natan Aizentat y Carlos Rajlin. Los proyectistas, consultados por La Nación , guardan recuerdos dispares de tan extenso y singular proceso de concreción.

Los arquitectos Aizentat y Rajlin eran tan jóvenes a la hora de ganar el concurso de la Cancillería, que llegaron a temer que eso fuera un impedimento para la obtención de la encomienda. Los sucesivos cambios de programa que incluyeron un cambio de terreno obligaron a una tarea permanente de reformulación del proyecto original. Fue un largo proceso donde convivieron y se sucedieron momentos de gran entusiasmo, que involucraron mucha energía positiva, con otros de agotamieno y decepción, nos relata Aizentat.

La Biblioteca Nacional, por fin ganada para el patrimonio urbano
La Biblioteca Nacional, por fin ganada para el patrimonio urbano. Foto: Daniel Casoy

Las premisas básicas -gran flexibilidad funcional e integración con la arquitectura existente- nunca se perdieron, acota Rajlin, pero no se puede negar que entre la primera imagen del edificio y el definitivo no pasaron en vano treinta años.

El concurso para la Biblioteca Nacional data de 1962, y requería, entre sus premisas de programa, ocupar la menor porción de suelo posible a efectos de preservar los espacios verdes contiguos al parque.

El programa original no sufrió mayores modificaciones, pero existieron períodos de latencia que inmovilizaron las obras. Estas empezaron ocho años después de fallado el concurso de anteproyectos.

No hubo en este proceso irrupción de cambios programáticos, como los sufridos en la Cancillería, y la imagen arquitectónica se mantuvo casi inalterada, revalorando la atemporalidad de su concepción, que impide su asociación con las tendencias formales que caracterizaron las tres décadas transcurridas desde su origen.

En suma se trata de dos proyectos de gran envergadura que permiten valorar la reacción profesional de sus autores frente al desafío de crear y adecuar edificios que acompañaron sus respectivas trayectorias.

Alfredo Guidali (h)

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