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La caída de EI: una nueva era de conflictos se abre en Medio Oriente

Grupos islamistas pelean entre sí, los kurdos buscan su independencia e Irán gana peso

Domingo 22 de octubre de 2017
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LA NACION
Un shopping de Raqqa, en ruinas tras meses de batallas para expulsar EI de la ciudad siria
Un shopping de Raqqa, en ruinas tras meses de batallas para expulsar EI de la ciudad siria. Foto: Reuters

PARÍS.- Las guerras nunca acaban del todo: cuando una termina, otra se prepara. En Medio Oriente, el final del conflicto sirio y la derrota del grupo jihadista Estado Islámico (EI) deja probablemente más problemas que soluciones.

Esos seis años de despiadados enfrentamientos abrieron las puertas de la región al regreso de Rusia y el declive de la potencia norteamericana, provocaron el surgimiento de nuevos grupos políticos y milicias, reavivaron brasas que parecían extinguidas desde el final de la Primera Guerra Mundial, generaron rencores, alentaron revanchas postergadas, despertaron nacionalismos dormidos, resucitaron odios religiosos y rivalidades geopolíticas, incitaron ambiciones y -en pocas palabras-abrieron decenas de bocas por las cuales puede volver a activarse el peligroso volcán.

"Antes de un año habrá otra guerra de primera magnitud en la región", pronostica -sin titubear- Hasni Habidi, especialista del mundo árabe.

El primer conflicto, que comenzó antes de la caída de Mosul y Raqqa, los dos principales bastiones del califato creado en 2014 por Abu Bakr al-Baghdadi, es el enfrentamiento entre grupos islamistas rivales, que ambicionan ocupar las regiones que estaban en poder de EI y quedarse con sus despojos.

Aunque deba abandonar Siria e Irak, EI tiene bases de repliegue estratégico en Libia, Afganistán, Filipinas y en la triple frontera que controla Boko Haram entre Nigeria, Camerún y Chad. "Desde esas posiciones podría pilotear nuevas ofensivas terroristas contra Europa y Estados Unidos", señala el experto belga Claude Moniquet.

Otro foco a punto de estallar es el Kurdistán, región a caballo entre el oeste de Irán, el norte de Siria e Irak y el este de Turquía. Ninguno de esos países tiene el menor interés en ver surgir un Estado independiente. Pero Massoud Barzani, líder del Partido Democrático de Kurdistán (PDK) y presidente del gobierno regional del Kurdistán iraquí, espera cobrar los dividendos de la lucha que libraron los peshmergas -en primera línea de fuego- contra EI.

Desde que terminó la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias prometieron dos veces la independencia del Kurdistán. Ahora, una vez más, apenas sonó el último disparo en el conflicto contra los jihadistas, los iraquíes expulsaron a los peshmergas de Mosul y comenzaron a preparar el asalto de Erbil, la capital kurda.

La excusa para justificar ese enfrentamiento es el referéndum sobre la independencia del Kurdistán iraquí organizado hace tres semanas por Barzani. En esa votación el sí ganó por el 91,8% de los votos y potencias regionales como Irán y Turquía se opusieron firmemente al plebiscito. Una guerra en esa rica región petrolera también precipitaría a Turquía e Irán en la batalla, una perspectiva que comporta dos graves riesgos.

Ese escenario, por un lado, amenaza con provocar peligrosas fricciones entre dos potencias regionales rivales, tanto desde el punto de vista militar como religioso (sunnitas turcos contra chiitas iraníes).

"Otro peligro, mucho más grave desde una perspectiva geopolítica, sería el fortalecimiento de la presencia rusa en Siria con el pretexto de impedir un enfrentamiento directo entre los dos colosos regionales", calcula la investigadora británica Jane Kinninmont.

Turquía está decidida a impedir -a cualquier precio- la extensión de la presencia de Irán en Siria, que actualmente se manifiesta de dos formas. La más importante fue la participación de 5000 pasdaran (Guardianes de la Revolución), que pagaron un fuerte tributo (cerca de 250 muertos en combate, entre ellos dos generales) más una asistencia financiera que osciló entre 6000 y 35.000 millones de dólares anuales. En Siria también combatieron entre 15.000 y 20.000 hombres del grupo Hezbollah.

Esa milicia chiita libanesa, aliada incondicional del régimen de Teherán, sufrió cerca de 1500 bajas durante la guerra y no piensa abandonar el control de las zonas que ahora se encuentran bajo su autoridad. Esas posiciones forman parte del gran diseño geopolítico construido pacientemente por la teocracia iraní gracias a las torpezas cometidas por Estados Unidos en la región desde la intervención contra Saddam Hussein en 2003: un corredor estratégico continuo que se extiende desde el Golfo Pérsico al Mediterráneo y le acuerda un virtual derecho de veto sobre la política de Irak, Siria y el Líbano.

En estos 15 años, Irán consiguió desintegrar el frente sunnita -desunido y derrotado-; neutralizó en parte a Turquía, a los palestinos de Hamas y al rico emirato de Qatar; se convirtió en un aliado crucial de Rusia; tejió lazos privilegiados con China, y se posicionó como una seria amenaza para Arabia Saudita a nivel regional.

Mal que le pese al presidente norteamericano, Donald Trump, empecinado en desconocer el tratado de desnuclearización firmado en 2015 en Viena, Irán -con o sin bomba atómica- es ahora un actor de primer plano a nivel planetario.

Esa impetuosa presencia en el tablero estratégico regional terminó por convertirse en un factor de alto riesgo. Por un lado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, advirtió al presidente ruso, Vladimir Putin, que no tolerará un frente oriental (es decir en Siria) que permita a Irán apuntar sus misiles contra su país. Durante la lucha contra el jihadismo, el jefe del Kremlin consiguió convertirse en una figura central en el tablero estratégico de la región, y todo indica que tiene intenciones de continuar siéndolo.

La misma amenaza israelí se aplica en caso de que Hezbollah, aliado de Irán y el Kremlin, decida instalar una república chiita informal en el sur del Líbano. Es una de las hipótesis de guerra "más probables e inminentes" que manejan algunos expertos del think-tank británico Chatham House.

El otro peligro puede provenir de las guerras proxies que libran Irán y Arabia Saudita en Yemen y de las luchas de influencia que han desatado las dos potencias regionales en la zona del Golfo. El menor desliz en esa zona cargada de antagonismos, ambiciones, resentimientos y fanatismos puede tener el efecto de una chispa en un barril de pólvora.

Trump ve cerca el fin del califato

Luego de la reconquista de la ciudad siria de Raqqa, "el fin del califato de Estado Islámico está a la vista", estimó ayer en un comunicado Donald Trump.

El presidente norteamericano también anunció que pronto se pasará a una nueva fase en el conflicto, que girará en torno al respaldo a las fuerzas de seguridad locales, el descenso de la violencia en Siria y el incentivo de condiciones para una paz duradera. "Es la manera para que los terroristas no puedan volver a amenazar nuestra seguridad colectiva", dijo.

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