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Una bomba que sólo Puigdemont puede desactivar

Domingo 22 de octubre de 2017
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MADRID.- Parece obvio, pero no lo es. El desarrollo y resultado de la inédita intervención en Cataluña depende de lo que haga ahora Carles Puigdemont.

Uno será el escenario si resiste con movilizaciones callejeras y rechazo de funcionarios; otro, no exento de lo anterior, si a todo eso le suma una declaración de ruptura, con república e independencia. Todo ello conduce a la caja de los demonios. El camino más incierto.

Si por algo se prenden velas por igual en Madrid y en los sectores moderados de Cataluña es por la posibilidad que tiene por delante Puigdemont de desactivar la bomba de relojería con un llamado él mismo a elecciones regionales.

La diferencia notable, ayer, entre Mariano Rajoy y Puigdemont es que el primero mostró sus cartas. Anunció la más audaz medida que podría esperarse. El líder catalán, en cambio, no mostró las suyas. Jugó con mucho discurso, pero permaneció callado en cuanto a pasos concretos.

¿Qué hará? ¿Optará por la lucha callejera, por la resistencia cívica? ¿O buscará una salida con elecciones? Anoche, los cada vez más necesarios exégetas del independentismo vieron señales a favor de un posible llamado a elecciones.

Apuntaron para eso el hecho de que Ara, el diario al que consideran uno de los faros del independentismo, publique hoy un editorial en esa dirección. Con la idea de que esa es la salida más conveniente.

La interpretación es que un llamado a elecciones del propio Puigdemont fortalecería al independentismo, dejaría satisfechos a los más radicales y, al mismo tiempo, permitiría aglutinar a los "comunes", de Ada Colau. La alcaldesa de Barcelona milita en la causa del independentismo, pero no suscribe una declaración unilateral. En forma creciente, la Izquierda Republicana de Cataluña (ERC) apunta en esa dirección. Tendría también el beneplácito de empresarios que vienen pidiendo moderación y certezas.

La posibilidad está sobre la mesa. Con su proverbial ambigüedad, Puigdemont dejó la puerta abierta. La división en el frente independentista es evidente. Junts pel Si llama a que "no se pierda" lo que el independentismo ha ganado y apunta a su consolidación con elecciones.

Teme que la movilización en las calles sobre la que cabalga el proceso termine desgastándose antes de lograr un resultado vinculante. Uno que se pueda exhibir ante las puertas, hasta ahora cerradas, de la comunidad europea.

En el fondo, el gobierno de Mariano Rajoy ruega por lo mismo. Nadie, en realidad, está seguro de lo que puede significar el anunciado desplazamiento del gobierno catalán.

Tampoco está tan claro que el Estado español, de mínima presencia en Cataluña, esté en condiciones de llevarlo a cabo y de tomar control real del gobierno autonómico y de sus resortes.

Las imágenes del 1° de octubre, con la policía nacional reprimiendo votantes, no pueden repetirse. ¿Cómo se solventará el previsible rechazo a la llegada de "invasores"? ¿Con qué recursos? ¿Con qué mecanismos que eviten el bochornoso espectáculo de días atrás?

Por decirlo diplomáticamente, la ejecución del conjunto de medidas previsto para lograr "el retorno a la normalidad Constitucional" de la próspera región catalana acarreará, cuando menos, serias dificultades prácticas.

Nadie imagina un cese de gobierno en medio de la pasividad popular. Las escenas de un Puigdemont arrastrado fuera de su despacho, de ministros abroquelados tras las puertas, de empleados públicos aferrados a sus escritorios quitan el sueño a sus posibles ejecutores.

Peor aún, es la hipótesis de policías resistentes, aún cuando los Mossos d' Esquadra sea en definitiva, y como toda fuerza jerárquica, un cuerpo disciplinado. ¿Cuántos jefes habrá que remover hasta llegar a los que obedezcan al Ministerio del Interior español?

El miedo a esa caja de demonios es real. Pero no suficiente para paralizar las inéditas medidas que ayer mostró Rajoy.

La crisis se ha ido moviendo de plazo en plazo. Pero cada vez queda menos tiempo. El viernes próximo, el Senado podría tener listo el paquete de medidas. Las cartas de Puigdemont se mostrarán antes de que ese día llegue.

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