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Qué buscó John Deere al comprar una firma vinculada con las máquinas inteligentes

Martes 24 de octubre de 2017 • 00:00
PARA LA NACION
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Blue River desarrolló una tecnología que combina la robótica y la inteligencia artificial para el control de malezas
Blue River desarrolló una tecnología que combina la robótica y la inteligencia artificial para el control de malezas. Foto: Blue River

Valley no es el lugar donde se fabrican grandes máquinas de hierro. Sin embargo, es la cuna de las empresas disruptivas que puedan dar nuevo aire a las industrias tradicionales generando máquinas que pueden sentir el entorno y actuar diferencialmente.

Blue River comenzó como una startup más de Silicon Valley. Sus socios fundadores apostaron todo al desarrollo de un robot accesorio al tractor que permite detectar y rociar malezas entre las filas de cultivos.

El desarrollo del robot comenzó sólo con un grupo de ingenieros, una persona en ventas y nadie en fabricación. En octubre, luego de un año de conversaciones, John Deere ofertó 305 millones de dólares para comprar Blue River.

La empresa encontró entonces el complemento ideal: un socio mejor para el diseño, la fabricación y la distribución del producto. Y que, además, los acelerará. De esta forma, John Deere no toma sólo el producto ya desarrollado por emprendedores, sino que hace frente a sus límites para lograr "orgánicamente" desarrollos innovadores desde la empresa.

Si tuviésemos que arriesgar dos motivos por los cuales una solución que propone una startup funciona y tienta a las grandes compañías AgTech seguramente la sostenibilidad y el ahorro de insumos serían dos de los primeros. Los productores buscan reducir sus costos en insumos y está demostrado que están dispuestos a invertir en sostenibilidad.

Frente a estas demandas, la alianza entre John Deere y Blue River parece satisfacer las necesidades y ampliar las capacidades de las aplicaciones actuales de los productos que están en el mercado.

La cantidad de fondos de capital de riesgo destinado a las nuevas empresas de tecnología agroalimentaria es solo un 2% del mercado mundial de financiamiento de capital de riesgo. Las startups que logran conseguir fondos son aquellas que entienden quiénes son sus interlocutores. Blue River supo encontrar inversores correctos. Aunque no siempre fueron grandes compañías. En sus inicios contaron con fondos provenientes de

inversores de etapa temprana (semilla)

amigos

familiares

subvención de NSF International y NIH Small Business Innovation Research

Luego llegaron socios más grandes, como Coastal Adventures y Data Collective, ambas grandes empresas de capital que querían entender cuál era el modelo de negocio y qué tan grandes podrían llegar a ser.

Por último, cambiaron de interlocutor y se sentaron frente a empresas dedicadas a agricultura y debieron explicar qué soluciones ofrecen y cómo encajaban dentro del negocio. Así obtuvieron fondos de Pontifax Agtech, Syngenta y Monsanto.

En definitiva, las startups llevan estos procesos necesarios de diferentes etapas de financiamiento que son necesarias en la carrera para la escalabilidad que este tipo de empresas requiere.

En el último CREATech, Alejandro Repetto anticipó que se está trabajando desde organismos públicos y privados para desarrollar un robot nacional que “identificada la maleza, vía satélite, dron o con predicciones sobre la base del clima se puede mandar un robot al lugar para controlarla. Allí podría aplastarla, calentarla con un láser para neutralizarla, cortarla o arrancarla”

Los emprendedores que están cerca de los productores logran mejores resultados. La audacia es efectiva cuando se complementa con un buen conocimiento agrícola y de los procesos. Estamos viviendo un progreso en donde muchos argentinos ya comenzamos a pensarnos y a trabajar juntos para que haya mejores emprendedores, mejores soluciones, más inversores de riesgo, con las grandes empresas asumiendo su nuevo rol y con políticas públicas que acompañen para materializar esta gran oportunidad de crear desde la Argentina para el mundo las empresas del futuro del agro.

El autor es socio de Barrero & Larroudé y presidente de Unaje

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