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Buenas razones para conocer Washington

Con una creciente oferta de cafés, bares, restaurantes, música y exhibiciones de arte, la capital de EE.UU. aspira a ser más que el epicentro del poder político

Martes 24 de octubre de 2017 • 17:58
LA NACION
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WASHINGTON.- Washington es la capital política más poderosa del mundo, pero a veces parece un pueblo.

Con menos de 700.000 habitantes –sin contar los suburbios–, “D.C.”, como se la llama comúnmente, está lejos de Nueva York, Chicago, Los Ángeles o Houston. Hay poco bullicio, pocas sirenas, poca gente en las calles, poco tráfico, y ni un solo rascacielos. La ciudad ha quedado atada en el imaginario colectivo a sus monumentos, sus museos, y el poder que recorre la avenida Pensilvania desde el Capitolio hasta la Casa Blanca, los lobbies de la calle K y las series como House of Cards o Veep.

Pero en Washington hay vida más allá de la política. En los últimos años, la vitalidad de la ciudad se ha enriquecido, revelando una nueva ambición: Washington quiere ser cool.

Los bares y cafés se multiplican, y la escena culinaria vive un auge: ahora es mucho más diversa y sofisticada que hace apenas un puñado de años. En 2016, la revista Bon Appétit, de la editorial Condé Nast, nombró a Washington “Ciudad Restaurante del Año”, un galardón que el año anterior había recibido San Francisco. Y la prestigiosa guía Michelin repartió estrellas por primera vez en la ciudad: aunque ningún restaurante consiguió tres, el máximo honor, tres sitios obtuvieron dos, y otros nueve, una.

A principios de este año, fue imposible conseguir entradas para la muestra itinerante de la artista japonesa Yayoi Kusama “Espejos Infinitos”. Cada vez que el museo Hirshhorn ofrecía una nueva tanda de entradas en su página, se agotaban en segundos. El museo tiene ahora una exhibición del artista chino Ai Weiwei.

Washington ofrece cada vez más música. Hace dos años, comenzaron a aparecer los conciertos “secretos” de Sofar Sounds, un movimiento global que ofrece la posibilidad de escuchar bandas en vivo en ambientes íntimos, y que cuenta con presencia en más de 300 ciudades, incluidas nueve en la Argentina.

El último salto cualitativo: este mes, la ciudad sumó una nueva sala de conciertos, The Anthem, sobre la orilla del Potomac. Es la nueva joya del pueblo. Con capacidad para 6000 personas, nada tiene que envidiarle a venues de Nueva York como Webster Hall o Terminal 5. Por ahí ya pasaron o pasarán Foo Fighters, Phoenix, The War on Drugs, Morrisey, Bob Dylan, la Orquesta Sinfónica Nacional, The Killers y Lorde, entre otros.

Washington contaba ya con lugares para conciertos chicos, como 9:30 –una sala del tamaño de un boliche, de los mismos dueños– y con estadios para albergar espectáculos masivos, como el Capital One Arena, similar al Madison Square Garden. El único con una capacidad similar es una sala llamada Echostage, pero tiene otro perfil: por allí suelen desfilar DJ más que bandas.

The Anthem llega con altas aspiraciones.

“Nuestro objetivo es que sea la mejor sala de música del mundo de ese tamaño”, afirmó uno de los dueños, Seth Hurwitz, al Washington Post.

¿La mejor del mundo?¿En D.C.? El anhelo, un reflejo de la nueva ambición que recorre las venas de cemento de la ciudad, bien puede convertirse en realidad. O quedar en una mera expresión de deseo, y arraigar una definición que dejó un diplomático, hace unos meses, antes de regresar a su patria: “Washington es el lugar donde mueren los sueños”.

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