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Sudáfrica: el apartheid todavía se hace sentir en la brecha económica racial

El 10% más rico, en su mayoría blancos, concentra el 90% de las riquezas, y las posibilidades de ascenso social son limitadas

Miércoles 25 de octubre de 2017
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PARA LA NACION
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La vida cotidiana en un township negro de Ciudad del Cabo
La vida cotidiana en un township negro de Ciudad del Cabo. Foto: Joao Silva/NYT

CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica.- Se suponía que iba a ser el principio del fin del apartheid.

Judith Sikade vislumbraba escapar del gueto donde el gobierno obligaba a vivir a los negros. Su objetivo era conseguir un trabajo en Ciudad del Cabo y cambiar su casilla por un hogar con todas las comodidades modernas.

Más de dos décadas después, Sikade tiene 69 años y vive en Crossraods, una reserva para no blancos cubierta de basura donde, a falta de otro lugar donde vivir, miles de familias negras construyeron sus casillas con chapas y madera de descarte, sin la menor ventilación.

"Fui pasando de casilla en casilla", dice Sikade. "Seguimos viviendo en apartheid."

Sudáfrica se adjudica uno de los momentos fundamentales en la historia de los derechos civiles: la demolición del apartheid y la construcción de una democracia. Pero para los sudafricanos de raza negra, que representan las tres cuartas partes de los aproximadamente 55 millones de habitantes del país, la liberación política todavía no se ha traducido en un progreso material generalizado.

El apartheid subsiste, esencialmente en su costado económico.

Esa realidad es palpable en la convulsionada Sudáfrica actual. Manifestantes furiosos exigen la dimisión del presidente Jacob Zuma por denuncias de corrupción de tan alto nivel que suele hablarse de "toma del Estado", donde hay intereses privados que efectivamente han comprado el poder para direccionar los recursos estatales en su provecho. La economía sudafricana está hundida en la recesión, lo que profundiza el desempleo, que según cifras oficiales araña el 28%.

Bajo la bronca de la población subyace una desigualdad de raíces profundas. Tras la supuesta caída del apartheid, el gobierno entregó la tierra y otros recursos a manos de una elite mayoritariamente blanca. La resistencia del gobierno a realizar transferencias de tierra a gran escala refleja su reticencia a ahuyentar las inversiones internacionales.

Actualmente, millones de sudafricanos negros sufren de escasez crónica de capitales para arrancar un negocio. Menos de la mitad de la población económicamente activa tiene empleo formal.

El partido gobernante, el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés), construyó grandes cantidades de viviendas para sus ciudadanos negros, pero concentradas en townships -como se conocen las reservas para los no blancos-, reforzando de esa forma las restricciones del apartheid. Grandes franjas de la población negra siguen hundidas en la miseria y en tierras que legalmente no les pertenecen.

El apartheid sigue vigente

"El apartheid nunca fue desmantelado", dice Auabonga Cawere, ex economista de la organización internacional contra la pobreza Oxfam y actual conductor de un programa de radio de temas de interés nacional.

En la era del posapartheid, Sudáfrica tuvo que repensar una economía dominada por la minería y expandirse a otros rubros modernos, como el turismo y la agricultura, y al mismo tiempo superar el legado de explotación colonial, opresión racial y aislamiento global resultado de décadas de sanciones internacionales contra el apartheid.

Aun así, entre 1998 y 2008, la economía sudafricana creció alrededor de un 3,5% anual, duplicando la clase media negra. El gobierno construyó millones de hogares, extendió las redes de agua potable y electricidad, y entregó subsidios de dinero en efectivo a millones de pobres.

Pero la crisis financiera global de 2008 golpeó salvajemente Sudáfrica y destruyó la demanda de minerales, principal fuente de su economía. También barrió con unos dos millones de nuevos puestos de trabajo que se habían creado en los cuatro años anteriores.

Siyabonga Mzulwini, de 28 años, creció en un township cerca de Durban, en la costa oriental de Sudáfrica, y en su momento apostó todo al poder transformador de la educación.

Durante el apartheid, la educación de los negros los condenaba a la pobreza eterna. El sistema educacional bantú había sido implementado para producir masivamente obreros poco calificados y de bajo salario, para alimentar las actividades mineras.

Hace cuatro años, Mzulwini obtuvo su título en administración de empresas en una universidad técnica.

Se postuló a numerosos empleos, siempre sin respuesta. Así que junto a tres socios abrió su propia empresa, con la esperanza de obtener algunos de los contratos del Estado reservados para compañías cuyos dueños son negros.

Pero cuando presentaron solicitudes de crédito, los bancos les dieron la espalda: no tenían garantía. Tuvieron que arrancar su negocio con los mismos activos que tenían sus familias durante el apartheid, o sea con nada.

"El sistema no funciona", dice Mzulwini.

Un 10% de todos los sudafricanos -en su mayoría blancos- son dueños de más del 90% de la riqueza del país, según una investigación publicada en 2016 por Anna Orthofer, estudiante de posgrado de la Universidad Stellenbosch. Y hay un 80% de la población -que en su abrumadora mayoría son negros- que no tienen nada de nada.

El sistema funciona, aunque por lo general en beneficio de quienes lo manejan.

Las filas de los millonarios sudafricanos negros, los asiáticos y de raza mixta creció de 6000 a 17.300 entre 2007 y 2015, según New World Wealth, una consultora con sede en Johannesburgo.

Y hay un punto que tienen en común la mayoría de ellos: sus lucrativos vínculos con el gobierno.

Traducción de Jaime Arrambide

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