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Veinte años después, casada y con hijos, extraña a su amor de la adolescencia

Lo conoció a los 17, tuvieron un noviazgo pero las circunstancias de la vida los separaron; ella lo buscó porque su corazón roto sigue soñando

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 27 de octubre de 2017 • 00:53
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Foto: PIxabay

Fue un amor de verano, de esos que se encuentran con la adolescencia, que quedan grabados a fuego en la piel y que la mente insiste en borrar pero que el corazón no se anima a soltar. María tenía 17 años y un día caluroso de febrero partió con su valija rumbo a la provincia de Tucumán a empezar un ciclo de estudio y proyectos. No estaba buscando el amor, pero una extraña sensación la invadió cuando en el departamento de una amiga se cruzó con ese muchacho que iba a revolucionar su existencia. "Tuve la sensacion de que algo en mi quería saltar. Nunca me había pasado sentir algo tan fuerte por una persona que acababa de conocer", recuerda ella.

La buena noticia para María es que la atracción había sido mutua. Marcos no había dejado de mirarla durante toda la noche, conversaron, se rieron, intercambiaron teléfonos y, al finalizar la cena, él se ofreció a acompañarla a su casa. Esa misma noche también acordaron volver a verse al día siguiente: Marcos iba a llevar a María, que estaba recién llegada a la ciudad, a la Facultad de Derecho para que ella pudiera empezar a gestionar los trámites de ingreso. Y así fue. El timbre sonó puntualmente a las 9 de la mañana y juntos partieron a la universidad. "Hicimos unas tres cuadras y de pronto él tomó mi mano y, yo, sin decirle nada, sostuve la suya. Asi llegamos a nuestro destino. Me ayudó con los papeles y me invitó a almorzar. Ese día me besó y me abrazó de una manera tan linda que aún en mis recuerdos revivo ese momento y puedo sentirlo cerca mío", dice María con una sonrisa.

Desde aquel día Marcos y María compartieron momentos inolvidables. Ella se sentía en un cuento de hadas: él era atento y caballero, siempre estaba presente con algún detalle que la sorprendía, le regalaba flores, le cantaba canciones de amor, la miraba a los ojos y le decía que la amaba. Pero todo lo bueno tiene su fin y cuando terminó el verano, un llamado telefónico desde Salta le heló la sangre a María. Sus padres le avisaban que no iban a poder seguir pagando el alquiler de su departamento en Tucumán y le indicaban que tenía que volver a su Salta natal lo antes posible. "Esa noche lloré como loca; sentía que mi vida se desmoronaba y Marcos estaba a mi lado, abrazándome. Decidí buscar un trabajo para pagar todo lo que necesitaba y en tres días lo conseguí. Aunque mis padres jamás estuvieron de acuerdo con mi decisión, yo seguí adelante. Trabajaba y estudiaba, no tenía casi tiempo de nada, pero Marcos me ayudaba, me preparaba la comida, me mimaba y me ayudaba con la facultad. Era perfecto", asegura María.

Las palabras se las lleva el viento

Pero nuevamente con el verano María perdió su empleo y, mientras se mantenía con lo que había guardado del trabajo anterior, buscaba nuevas oportunidades. Quiso mantener la situación fuera del conocimiento de sus padres, que probablemente insistirían en llevarla a Salta contra su voluntad. Pero no pudo ocultar la verdad y al poco tiempo les contó lo que le estaba pasando. "Ellos resolvieron buscarme y llevarme a casa sin siquiera ayudarme para que yo pudiera seguir estudiando, a ellos no les importaba eso. Sólo querían que volviese y punto. Mis padres jamás entendieron nada, ellos pensaban que lo que sentía por Marcos era capricho. No sólo no comprendieron el amor, tampoco entendieron mis deseos de ser alguien en la vida. Jamás comprendieron mis deseos. Nunca", dice afligida María.

Triste, devastada, con sus ilusiones arruinadas, la joven salteña volvió en diciembre a su provincia y sintió que su vida era un caos: sus padres le reprochaban que había perdido el tiempo en Tucumán. Ella, desarmada en llanto, no quería ni podía escucharlos. Simplemente extrañaba a su Marcos, ese muchacho perfecto para ella que la acompañaba sin juzgarla. Pero María tenía un consuelo: recibía cartas de Marcos una vez por semana y durante los primeros meses logró mantener un contacto telefónico frecuente, lo que significaba un gran alivio para su angustia.

Pero la distancia y el tiempo hicieron estragos. "Cuando lo llamaba y le preguntaba si me extrañaba, él evadía mi pregunta diciéndome otras cosas. Incluso una vez me dijo que las mujeres somos de pensar con el corazón y que los hombres piensan con la cabeza. Ahí me di cuenta que ya no me amaba: la distancia había enfriado nuestra relación. Después, él dejó de escribirme y no respondía el teléfono cuando lo llamaba. Un día llamé a su casa y su mamá respondió el teléfono y me dijo que él estaba en Salta. ¿Por qué no me había dicho nada sobre su viaje? Esperaba que viniera a buscarme, pero nunca llegó...", recuerda con tristeza.

Y así pasaron los días, los meses y los años. Cada verano María recordaba a su amado Marcos y añoraba los momentos felices que habían compartido. De a poco recompuso su vida, aunque con dolor y pena por el proyecto que no había sido. "Después conseguí su celular y pude llamarlo y hablar con él un par de veces. Su voz ya no era la misma, estaba frío y distante. Ya no sentía nada por mí. Me di cuenta de su desamor y decidí dejar de insistir. Ya pasaron veinte años, yo estoy casada y tengo dos hijas. Sé que él también se casó y tiene una hija. Y aunque cada uno tiene su vida, yo sigo extrañándolo como el primer día. Marcos era mi otra mitad. Compartíamos los gustos en muchas cosas. Yo me sentía completa. A veces me imagino junto a él como esas parejas que envejecen enamoradas. Él me decía siempre que me elegiría una y mil veces. Aunque esas palabras se las llevó el viento", dice ella mientras se le llenan los ojos de lágrimas.

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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