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Reseña: En el último trago nos vamos y El vicio impune, de Edgardo Cozarinsky

Figuras misteriosas y fantasmales

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Domingo 29 de octubre de 2017
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Separados por pocas semanas, acaban de aparecer dos libros de Edgardo Cozarinsky: el primero, de cuentos, es En el último trago nos vamos; el segundo, El vicio impune, recopila breves ensayos aparecidos en el diario Perfil. Los dos están enlazados como las iniciales de un nombre en un anillo.

En el último trago nos vamos se abre con un cuento antológico, “La otra vida”. Es la historia de un hombre que muere atropellado y que, de inmediato, se levanta del asfalto para continuar su “vida” después de muerto. Pronto, otros camaradas de existencia póstuma se encargan de aclararle las condiciones de esa estadía evanescente: sólo verá y estará en contacto con los de su misma especie; no podrá ver ni oír a los vivos. A los tres años, el muerto se desvanecerá. Podrá, sin embargo, ganarse aplazamientos siempre que consienta sucesivas mutilaciones del cuerpo: brazos, piernas, ojos. Hasta que no quede nada más que comerciar.

Otro de los cuentos notables es el último, “Little Odessa”, que narra la visita del narrador a Brighton Beach, en Brooklyn, una comunidad habitada por inmigrantes rusos, muchos de ellos de origen judío, procedentes de Odessa, de donde era oriunda la abuela del visitante latinoamericano, escritor en busca de historias. En su excursión, hace un alto en un local presidido por el aviso “Psíquica”. Allí lo atiende una anciana que le habla de una amiga, Shifra Lerer, estrella del teatro porteño en idish. Ese tipo de informaciones históricas es, a menudo, la base argumental que le permite a Cozarinsky crear un mundo habitado por fantasmas.

Al final de “Little Odessa”, la anciana cuida el sueño del extranjero, vencido por el cansancio y el alcohol en un diván donde convergen Odessa, Buenos Aires y Nueva York. Ese tipo de figura misteriosa y maternal aparece también en “Grand Hôtel des Ruines”, que transcurre en Camboya. Allí llegan separadamente Esteban y una mujer europea. No habrá entre ellos más contacto que meras coincidencias en las visitas a los templos. Ella, cierto día, se pasea por un mercado y, mareada por los olores, está a punto de desmayarse. La vendedora de un puesto de comida la lleva a la trastienda para que se recupere. Allí la occidental se acuesta en un camastro. A su lado, en una silla, la puestera la ampara. Al comienzo de ese cuento, aparecen mencionados el río Mekong y Savannakhet, lo que evoca tácitamente a Marguerite Duras (en particular India Song), uno de los personajes del otro libro de Cozarinsky.

Si hubiera que aplicarle un adjetivo a El vicio impune podría elegirse uno que hoy se usa poco porque hay pocas ocasiones de emplearlo: “delicioso”. El título está tomado de Ce vice impuni, la lecture, de Valéry Larbaud. Y, como éste, no pretende ser una obra de crítica, sino casi el registro de una conversación literaria entre amigos.

Un artículo, “La autoficción de Duras”, está consagrado a mostrar hasta qué punto la novelista de El amante trató de borrar toda huella documental de su biografía. La frontera laxa entre la realidad, la historia y la ficción, entre la identidad, la impostura y la verdad es el territorio preferido de Cozarinsky. Hasta el modo en que encara la escritura está alimentado por una rica ambigüedad: los ensayos tienen a menudo la estructura de un cuento y a la inversa. Por ejemplo, “California Sehnsucht”, evocación de los exiliados de lengua alemana en la Costa Oeste de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, se cierra con un nombre propio inesperado, especie de revelación de un cuento cómico más que de un artículo.

La mujer protectora también surge en “Tras las huellas de Joseph Roth”. Cada vez que Cozarinsky llega a París, visita el Café de Tournon, en la planta baja de lo que fue el Hotel de la Poste, que Roth había adoptado como lugar de trabajo y casa. La patrona de los dos establecimientos era Germaine Alazard, que se convirtió en los últimos años de Roth en su madre perdida.

Muchas veces, Cozarinsky ha declarado que escribir lo mantiene vivo. En sus libros es fiel a todo lo que pone en marcha su imaginación de lector: de Borges a Isaak Babel (que protagoniza el ensayo “Una carta que no cesa de llegar” y hace un cameo en “Little Odessa”). Para seguir vivo, da vida de modo admirable.

EN EL ÚLTIMO TRAGO NOS VAMOS

Por Edgardo Cozarinsky

Tusquets. 200 págs., $ 339

EL VICIO IMPUNE

Por Edgardo Cozarinsky.

Monte Hermoso

122 págs., $ 250

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