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El hombre que compró 38 estancias con dinero mal habido

Sábado 28 de octubre de 2017
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Estampa campera
Estampa campera. Foto: Archivo

Hace mas de seis décadas, el historiador Raúl Alejandro Molina, estudioso de los siglos XVII y XVIII, se dedicó a investigar algunos personajes del primitivo Buenos Aires. Uno de ellos, Juan de Vergara, un sevillano de rancia hidalguía andaluza que pasó al Nuevo Mundo seguramente deseoso de adquirir fortuna, siendo muy joven en compañía de sus hermanos. Después de recorrer La Habana, Portobelo, Lima y la Villa Imperial de Potosí, se afincó en Tucumán, donde se casó ya cuarentón en 1603 con una rica heredera, como lo haría dos veces más a la muerte de sus esposas.

Pasó a Buenos Aires como secretario del notario Juan Pedrero de Trejo, encargado de investigar el contrabando en el puerto local, finalmente se hizo vecino y el gobernador Hernandarias lo nombró en 1609 teniente de gobernador, por su conocimiento de las leyes y habilidad política, cualidad ésta de la que él carecía.

Entabló íntima amistad con el tesorero Simón de Valdez, y Diego de Vega, y en tiempos del gobernador Diego Marín Negrón y su sucesor Mateo Leal de Ayala, organizaron entre 1612 y 1615 una red de contrabando en gran escala (la más famosa de América); usando a magistrados, con elecciones fraudulentas, llegando hasta el asesinato del gobernador Marín y de Domingo de Guadarrama, el segundo de Hernandarias. Cuando éste regresó al poder en 1615 puso las cosas en orden y lo mandó a los tribunales del Perú, pero el proceso sufrió una parálisis completa por más de un año. En 1618 volvió a Buenos Aires absuelto de culpa y cargo, y cometió aún mayores crímenes, por casi una década, con la complicidad de inescrupulosos funcionarios o timoratos magistrados judiciales. En 1628 vuelve Hernandarias y encarcela a Vergara y lo remite a la Audiencia, pero hombre de suerte, se beneficia por una amnistía real otorgada por el nacimiento del príncipe Baltasar y regresa a la ciudad, donde mantiene su influencia hasta 1648, en que el gobernador Jacinto de Láriz lo destierra a Mendoza donde muere dos años después.

El fruto de sus fraudulentos negocios fue detatallado en el testamento. Además de los bienes inmuebles en Buenos Aires, las prendas de uso personal y mobiliario, onzas de oro, detalla sus 38 estancias, que lo convertían en el más poderoso terrateniente de la época, pobladas con 6000 ovejas y 5000 vacunos, atendidas por 75 esclavos, con casas amobladas a todo lujo y capilla, corrales y arboledas, en alguna de las cuales solía pasar largas temporadas.

La más grande sobre el río de las Conchas, llamada Chácara Grande. Eran unas diez leguas cuadradas, unas 23.000 hectáreas que abarcarían en la actualidad parte de Boulogne y Pacheco hasta San Fernando y San Isidro. Otra en Arrecifes, en el camino a Santa Fe, una chacra en el pago de la Magdalena, y "otras muchas estancias y tierras que tengo" en las Conchas y sobre el río Luján, otra en la "Isla del Gato", actual ciudad de La Plata. En total unas cien leguas cuadradas dentro de los límites de la provincia de Buenos Aires.

Pero Juan de Vergara no disfrutó de ellas al final de sus días; lleno de privaciones murió a fines de octubre de 1550, frente a los Andes, lejos de sus bienes y fortuna, de sus estancias en la pampa, todo obtenido a costa del delito y aun de la vida de quienes se opusieron a su breve omnipotencia terrenal.

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