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Una montaña rusa emocional de 24 horas que pasó del alivio a la incertidumbre

El anuncio de elecciones tuvo gran repercusión, pero todo cambió tres horas después con la marcha atrás

Viernes 27 de octubre de 2017
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Una montaña rusa emocional de 24 horas que pasó del alivio a la incertidumbre
Una montaña rusa emocional de 24 horas que pasó del alivio a la incertidumbre. Foto: LA NACION / Adrián Quuiroga

MADRID.- Hubo un momento ayer en que catalanes y españoles en general fueron felices. En que experimentaron un profundo alivio al creer que, por fin, se habían apartado de la cornisa a la que vienen asomándose hace un mes.

No sólo les anunciaron que habría elecciones autonómicas. Que el propio Carles Puigdemont disolvería el Parlamento regional y que, en un reconocimiento de que el proyecto independentista no contaba con la mayoría social, llamaba a comicios para conformarlo nuevamente. No sólo se dijo todo eso, sino que se incluyó hasta la fecha de esas elecciones: el próximo 20 de diciembre. Rápidamente se sacaron cuentas. Que se estaba a menos de 60 días. Que en esa fecha había partido entre el Real Madrid y el Barcelona. Pero que no importaba.

Todo aquello era nada ante el enorme alivio que invadió las dos capitales. La Bolsa subió. Los mercados reaccionaron en positivo. En muchas familias y lugares de trabajo donde la "grieta independentista" ha hecho estragos se empezó a soñar con una etapa de mayor armonía. No había por qué dudar. La información venía directamente desde las oficinas de Puigdemont. Se había filtrado a los medios, como se hace tantas veces. Sólo había que esperar a que el presidente compareciera para dar la buena nueva.

Decenas de medios extranjeros se trasladaron con sus equipos desde el Parlamento hacia la sede del Ejecutivo regional. Se habían preparado para cubrir una sesión en la que, previsiblemente, se consagraría la ruptura mediante una declaración de independencia unilateral.

De pronto, la noticia era otra. No sólo no habría esa fractura, sino que se ensayaba una salida con un apaciguador llamado a elecciones. Se conocería, por fin, el mapa real de preferencias en la sociedad catalana. En la calle empezaron las reacciones. Había contentos, muchos. Y había descontentos. Hubo diputados independentistas que anunciaron su "renuncia".

Desde el País Vasco, el lehendakari Iñigo Urkullu, al que todos vieron como uno de los mediadores en la sombra, hablaba con satisfacción de una nueva etapa más sensata.

Había sido un día de muchos nervios. Puigdemont había pasado la noche poco menos que en vela, reunido con colaboradores. Partieron a sus casas de buena madrugada y sin un criterio claro. Todo el mundo amaneció con la certeza de que hoy habría ruptura formal con España. "No está decidido", dijo uno de los consejeros, antes de irse.

Ayer, el día empezó con nuevas reuniones. Otra vez Puigdemont encerrado con su sanedrín, buscando una salida que lo dejara flotar. Pasado el mediodía, llegó la noticia: habrá elecciones. Hubo un suspiro de alivio. La alegría que se conoce sólo cuando se viene de una enorme tensión. "Llegamos al abismo, pero nos frenamos justo a tiempo", decían algunos.

Duró poco. Apenas tres horas. En las primeras horas de la tarde, otra vez, un bronco Puigdemont dejaba todo en la nada. Echó la culpa a otros. En este caso, al gobierno de Mariano Rajoy. Luego, en un gesto de "valentía" personal, dejó la decisión de lo que pase en Cataluña en manos de su Parlamento. Como si él no existiera.

¿Qué pasó en el medio? ¿Dónde se rompió el hilo? Según fuentes de uno y otro lado, en la desconfianza. Puigdemont quería que el gobierno nacional abortara la discusión del artículo 155 como "garantía".

La montaña rusa emocional dejó, como enseñanza, el enorme deseo de que la crisis se arregle sin saltar de la cornisa. Por un momento ayer pareció posible. Fue la primera vez en un mes. Y para muchos fue la gloria.

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