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¡Dejen de innovar, por favor!

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Algunas reflexiones sobre un concepto del que se abusa hasta vaciarlo de sentido
El Centro de Ciencias Copérnico, en Varsovia, Polonia
El Centro de Ciencias Copérnico, en Varsovia, Polonia Crédito: SHUTTERSTOCK
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28 de octubre de 2017  • 00:00

Innovar es una de esas palabritas que se usan ad nauseam, porque tienen un aura mágica, porque quedan bien en cualquier contexto. Sea o no innovador, un producto, una compañía o un sujeto, es muy probable que el adjetivo tarde o temprano aparezca en escena.

Al final, y del mismo modo en que nos hemos cansado de oír términos como “líderes” y “pioneros”, el verbo innovar, el sustantivo innovación y el antes mencionado adjetivo van perdiendo peso semántico, se van vaciando de significado.

La innovación no es la regla. Si lo fuera, no sería innovación, para empezar. Además, no tiene ni pies ni cabeza estar innovando todo el tiempo. A la innovación le siguen años, a veces décadas de implementación, de crecimiento, de fructificación. Miren los coches. La idea no ha cambiado en lo más mínimo en los –digamos– 90 años que han pasado desde el Ford T. En su época esta clase de vehículos ni siquiera era algo nuevo; los automóviles existen desde hace unos 200 años. Vamos, ni los autos eléctricos eran entonces (mucho menos ahora) algo novedoso; el primero circuló en 1881. Pero la idea detrás del Modelo T era revolucionaria: que el resto de nosotros pudiera comprarse un coche.

Desde entonces, y en rigor desde los primeros autos comercialmente viables –que tienen más de 130 años–, estas maquinarias sólo han ido incorporando funciones, algunas muy interesantes, pero su innovación es exactamente la misma que un siglo atrás: que millones de personas usen vehículo propulsado por un motor que las lleva de aquí para allá sobre (en general) cuatro ruedas. Incluso cuando los autónomos superen a los convencionales esta innovación seguirá siendo la misma que cien años atrás.

Así que la innovación es como una semilla. Debe germinar en el momento y el lugar correctos, y le seguirán décadas de trabajo muy duro para llegar a fructificar. Sólo sobre esos frutos podrá luego agregarse valor. De esto se derivarán, por supuesto, productos asociados, accesorios y, en suma, nacerá toda una industria de bienes y servicios. Ocurre con los smartphones o con el vino.

O sea, de innovación, poquito. Porque su potencial es tan enorme (de otro modo no sería innovación, sería sólo alguna linda idea) que, si sólo hubiera innovación, tendríamos nada más que semillas.

Clima de época

De tanto usar esta palabrita tampoco tomamos en consideración otro asunto. Me refiero al clima.

La sociedad, la cultura de la época, los modelos económicos y la educación, entre otros, favorecen el surgimiento de ideas innovadoras o, por el contrario, las marchitan. El tema daría para escribir varios volúmenes, y no tenemos tiempo hoy para eso. Pero podemos acortar camino y echarle un vistazo a uno de los entornos más genuinamente innovadores que han existido desde épocas remotas: la matemática, la física, la astronomía y otras ciencias llamadas duras (adjetivo que nunca voy a entender).

Ciertamente, se puede innovar en cualquier disciplina (desde cómo sincronizan los semáforos hasta la repostería), ¿pero qué caracteriza al pensamiento científico? Sobre todo, que las verdades reveladas se descartan sin más. Llegado el caso, también los axiomas podrían ser derrocados. Es decir, no puede existir tal cosa como una ciencia fanática.

Esto se debe a otro rasgo muy significativo. Los científicos, como cualquier otro ser humano, aman tener razón. A todos nos gusta. Es normal. Si conocen a alguien a quien le encanta estar equivocado, me avisan.

Ahora bien, a un científico no le alcanza con querer tener razón. Además tiene que probar que la tiene, y debe hacerlo sin caer en las falacias lógicas que infestan otros debates. Hay una distancia abismal entre el que levanta la voz para imponer su verdad y el que tiene que develar una ley universal. Entre el que recurre a la falacia ad hominem (una de las favoritas de los políticos) y el que recurre a un teorema.

Esas reglas de juego convierten la deliberación científica en algo muy civilizado (aunque no libre de polémicas seculares y animosidades proverbiales) y, como consecuencia, las ideas circulan libremente; las ecuaciones no admiten represalias. Esa libre circulación de ideas es una de las condiciones indispensables para la innovación. Si en una sociedad hay cosas que no se pueden decir, opiniones punibles, conceptos proscriptos, es poco probable que abunde la innovación (que de por sí es una rara avis).

A mí no me parece

Por oposición, el prejuicio es el más efectivo de los venenos contra la innovación. Parece que no, porque todo ser humano tiene una imagen más o menos positiva de sí, pero nadie está libre de prejuicios, y son más difíciles de erradicar que los malos yuyos. Un clima apto para la innovación es uno en el que ninguna idea se descarta porque parece ridícula (por ejemplo, la dilatación gravitacional del tiempo). La incapacidad para abrir la mente y pensar diferente a como estamos habituados, esa cárcel invisible de la mente, es letal para la innovación. Dato delicioso que establece la diferencia entre el dominio del prejuicio y el del pensamiento racional: en 1931 se publicó en Alemania un libro llamado Cien autores en contra de Einstein, en el que se trataba de refutar sus teorías. El genial físico respondió: "Si estuviera equivocado, con un solo autor alcanzaría".

En una sociedad, la cantidad total de prejuiciosidad, si me permiten el neologismo, no es casual, no es obra del azar. Los prejuicios se fomentan cuando voces autorizadas idolatran la ignorancia y ensalzan el pensamiento único. Si alcanza con que un caudillo sostenga algo para que se convierta en verdadero, la innovación no podrá prosperar.

Ninguna cultura está exenta de prejuicios, desde luego. Pero poner el prejuicio como ejemplo, como ideología –sí, claro que hay una ideología del prejuicio–, equivale a asesinar la innovación. Y con mucha certeza es el pasaporte a un desastre. ¿Por qué? La respuesta a esta pregunta requiere mirar todavía otras dos características de estos malos yuyos.

El principal problema con los prejuicios es que no parecen tales. Son enteramente transparentes. El prejuicioso de verdad cree que tiene razón. Dada esa condición, podemos estar viviendo en un ecosistema plagado de prejuicios sin darnos cuenta.

El otro problema del prejuicio –y en general de todo pensamiento fanático– es que cualquier intento por demostrar la invalidez de una idea es tomado como un ataque. Ese ataque –sospecha el prejuicioso– busca subvertir todo su sistema de ideas, no demostrar que una sola está basada en argumentos falsos o en razonamientos sofísticos.

Lamentablemente, las grandes innovaciones tienden a cambiar todo un paradigma. A veces, alteran el rumbo del conjunto de la civilización, como lo hicieron Galileo, Copérnico o Gutenberg. Es por eso que en los entornos con alta tasa de prejuicio la innovación termina como mercadería de exportación.

No es algo nuevo (paradójicamente)

La innovación, además, no es algo nuevo, propiedad exclusiva del Silicon Valley, de Tesla Motors o Apple Inc. Le hemos confiado esa pátina digital, quizá porque hubo una cantidad inusual de avances en los últimos 50 años, pero la innovación es inevitable. Está en nuestro ADN.

Por eso los entornos inadecuados para innovar pueden conducir al desastre. Porque si no innovamos nosotros (un grupo, una compañía, una nación), entonces lo harán otros, y obtendrán una ventaja competitiva en el orden que sea (local, nacional, planetario). No importa si es el arco y la flecha o el transistor, la innovación siempre prevalece.

Así que lo del título, aunque con una vueltita de tuerca. De bien poco sirve pregonar la innovación. Hay que sembrarla, trabajarla, nutrirla. Y tenerle paciencia.

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