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Daytona beach: a misa sin bajar del auto

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 29 de octubre de 2017
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La ciudad de Daytona Beach, en los Estados Unidos, se transformó en las últimas seis décadas en una catedral deportiva del país al ser anfitriona de uno de los espectáculos deportivos más populares: las carreras de autos.

Todo comenzó de una manera casi azarosa, porque su origen tuerca se inició con otro de los aspectos más importantes de la ciudad: su playa.

Se estarán preguntado cómo se conectan estas dos cosas. La respuesta, lejos de ser simple, es muy particular. Conocida en estas latitudes como la playa más famosa del mundo, en los años 20 su extensión de aproximadamente 37 kilómetros de arenas blancas muy compactas y sin irregularidades la hacían ideal para pruebas de velocidad y para batir récords de automóviles prototipos. En 1935, Malcolm Campbell alcanzó los 445 kilómetros por hora en su auto, llamado Bluebird.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Bill France comenzó a organizar carreras en los mejores tres kilómetros de playa, teniendo tanto éxito que se propuso construir el famoso autódromo que hoy alberga la carrera de autos, junto a las 500 millas de Indianápolis, más importante del país. Fue el puntapié inicial de la categoría Nascar.

Todos los años, 130.000 personas abarrotan en febrero la inmensa grada del Daytona International Speedway, mientras que otras decenas de millones siguen la carrera desde sus casas.

Daytona parece hoy una ciudad suspendida en el tiempo. Mientras manejo hacia mi destino pienso que sería la locación ideal para filmar una película sobre los 80, con sus típicos edificios de color pastel, sus puentes de color rosa y celeste, y las siempre presentes palmeras que parecen imitar alguna famosa escena de División Miami. Y si a eso le sumo una canción de Phil Collins…

Todo gira alrededor de la industria automotriz en estos parajes, y se vive con una pasión inigualable, por eso no importa qué lugar visitemos en Daytona Beach. Siempre habrá algún tipo de referencia a este evento y será imposible escaparle al espíritu pistero.

Como todo tuviera que ver con todo, aquí también se puede encontrar la única iglesia del mundo a la que se puede concurrir con vehículo. Sí, leyeron bien, en la ciudad de los autos la gente se toma muy en serio el hecho de hacer cosas de la vida cotidiana con su automóvil.

El concepto es muy simple: ingresás con tu auto al recinto de la iglesia, sintonizás el dial correcto en la radio (en este caso 88.5) y ya estás listo. No importa si llueve o truene –algo muy ocurrente en el estado de Florida– podrás asistir sin ningún problema al servicio.

Esta iglesia, que pertenece a la fe protestante, está dirigida por el Reverendo Bob, quien fue el encargado de contarme cómo surgió este lugar. En poco más de cuatro hectáreas, donde está situada la iglesia, antes funcionaba uno de los más conocidos autocines de la zona, que tuvo su momento de auge en la década del 50. Cuando pasó de moda, un conocido ministro protestante decidió comprar el lote por aproximadamente 160.000 dólares para construir su visión: un edificio, propiamente la iglesia, con oficinas, despachos y su altar ubicado en el primer piso, en un gran balcón mirando hacia la explanada donde ya las decenas de autos se ubicaban en los espacios libres.

Bob miraba con una sonrisa lo que sucedía, ya vestido con su hábito. En el fondo y sobre el mar se veían las nubes, formando infinidad de formas. El murmullo de los feligreses estaba personificado por el ruido de los motores y cada marca de los autos reflejaba un rostro y una personalidad diferentes.

Con un click Bob se conectó a la radio de baja frecuencia, los motores se apagaron y una voz de barítono apareció en el éter.

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