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La víspera sin fin de algo peor: Cataluña se sumerge en una era oscura e incierta

Sábado 28 de octubre de 2017
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Cuando se diluya la fiesta de la república ilusoria de Cataluña, la resaca será lacerante, larga, persistente.

España entera se sumergió en una era oscura e incierta. Nunca un país de la Unión Europea había enfrentado un intento de secesión unilateral. No hay manuales para conjurar un desafío de ese calibre, que amenaza la paz social, la salud de la economía y el Estado de Derecho.

Cataluña parecía anoche un limbo jurídico. Un gobierno destituido resistía atrincherado en el Palacio de la Generalitat y vitoreado por una multitud. Otro gobierno, el español, recurría a la Constitución para arrogarse el poder casi total en la región. Una sociedad agitada espera: la vida se convirtió en la víspera sin fin de algo peor.

Con Europa en vilo, el presidente Mariano Rajoy destituyó al líder separatista Carles Puigdemont y a sus ministros. Y sorprendió al ponerle fecha de vencimiento a la intervención sin precedente de la autonomía catalana.

Disolvió el Parlamento que horas antes había votado la declaración de independencia y convocó a elecciones autonómicas para el 21 de diciembre. Expuso cómo piensa salir de Cataluña. Nadie sabe del todo bien cómo hará para entrar.

La preocupación de Rajoy se centró en demostrar que su actuación en Cataluña sería "quirúrgica". Tal vez lo consiga, pero será sin anestesia. Las noticias de los próximos días auguran más títulos catástrofe: resistencia a la autoridad española, el intento de formar un Parlamento alternativo de cargos electos (con los alcaldes al frente), la orden de detención de Puigdemont y del vicepresidente Oriol Junqueras por delitos gravísimos (rebelión y/o sedición), represión policial, boicot del independentismo a los comicios convocadas desde Madrid.

A Rajoy se lo conoce como un mago del quietismo. Cuando le toca actuar no siempre acierta, como pasó el 1° de octubre durante el referéndum separatista que quiso, sin éxito, impedir a golpes de bastones.

Puigdemont y sus aliados sintieron miedo por la tormenta que iban a desatar. Sin apoyo social suficiente ni herramientas para construir un Estado de verdad, al final decidieron lanzarse al vacío a la espera de que Rajoy mida mal su respuesta. Abrazan la dinámica de lo desconocido.

Consumaron el sueño con un último ejercicio de patriotismo creativo. La declaración de ruptura la aprobaron en el Parlamento mediante el voto secreto para que ningún diputado pudiera ser acusado de los delitos que ese acto implica. Curioso guión el de la república naciente, escrito por abogados penalistas.

Del escudo del anonimato pasaron al escudo de la gente, a la que alentaron a "defender" el Palacio de la Generalitat, en el Barrio Gótico de Barcelona.

Durante horas, Puigdemont había sido para los nacionalistas una pelota de tenis golpeando en la faja. Si llamaba a elecciones caía en un campo: la traición. Si proclamaba la independencia, terminaba en el otro: el panteón de los héroes.

Optó por salir en andas, aunque implicase inmolarse. Ni el más fanático de los miembros de su gobierno se creía el relato del nuevo Estado. Si no, ¿qué les impedía dar la cara a la hora de votar y despreocuparse de lo que tuviera para decidir un juez de España, "país extranjero"? Impusieron así otra innovación política: la épica del disimulo.

Derrotado como estaba, Puigdemont se tentó con el polvorín. Apuesta a conseguir más adelante lo que es a todas luces imposible ahora. Alimentar el mito de la España opresiva, ansiar una represión incontinente, abrir una larga etapa de inestabilidad y resistencia callejera. Los libros de historia alguna vez explicarán el raro fenómeno de un gobierno que fantasea con transformar una de las regiones más prósperas del mundo occidental en el Ulster de los 70: un territorio ocupado y sacudido por la violencia.

La dinámica del conflicto empuja a los secesionistas a desertar de las próximas elecciones.

Si lo hacen, asumirá un gobierno no nacionalista -de Ciudadanos, tal vez del socialismo- que nacerá con un agobiante déficit de legitimidad.

Una gran incógnita será cómo jugará la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, aliada de Podemos, muy crítica de la intervención de Rajoy, pero que no integra el bloque separatista.

Si los soberanistas aceptaran competir es muy probable que el próximo Parlamento se pareciera bastante al que Rajoy acaba de disolver. Vuelta a empezar.

Cataluña es una sociedad partida en dos por la aspiración independentista. Ahí subyace la raíz de esta crisis. Los separatistas quisieron imponer la ruptura con una mayoría legislativa que representa al 47,8% de los votantes. Ahora Rajoy restaurará la legalidad en nombre de la otra mitad.

Millones de independentistas no se esfumarán por decreto, como tampoco un alarde de voluntarismo parlamentario convirtió en extranjeros a los catalanes que se sienten españoles. La factura de este octubre frenético no hace distinciones: Cataluña perdió su tan valorada autonomía, su bonanza económica quedó amenazada y la paz social no es a estas horas mucho más que una esperanza lejana.

Es el fiasco perfecto. Una incapacidad alarmante de diálogo y gestión política arrastró a todos al peor de los mundos.

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