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Estupor y tristeza ante el divorcio que revivió las peores pesadillas

Los españoles vivieron con impotencia el salto independentista de los catalanes

Sábado 28 de octubre de 2017
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LA NACION
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Padre e hija festejan la independencia
Padre e hija festejan la independencia. Foto: AP / Santiago Palacios

MADRID.- Era un contraste notable. Por la pantalla llegaba la alegría catalana. En esta ciudad, en carne y alma, la tristeza era patente. Lo que hasta ahora había sido broma o caricatura política, se volvió realidad. España se rompía y los que lo veían no podían creerlo.

Hubo desgarro entre quienes vieron en los televisores los aplausos al arrancarse la bandera roja y dorada de ayuntamientos catalanes.

¿Por qué? ¿Qué ha pasado para que lleguemos a esto?, eran las preguntas retóricas con las que tropezaba LA NACION en una tarde cargada de emociones.

Las palabras dejaban de ser tales. La ruptura se volvía patente. Aunque la jurisprudencia diga que no es válida, la carga emocional podía palparse. No fue agradable para el resto de España ver tanta alegría por su divorcio.

Hubo desconcierto. "¡Hombre! Lo que nosotros hicimos fue una parodia. Una caricatura. Una broma. Pero esto es otra cosa y da mucha tristeza", dijo Emilio Martínez Lázaro, el director de Ocho apellidos catalanes, la taquillera película que, sin la misma suerte de Ocho apellidos vascos, exprimió en caricatura los nacionalismos españoles.

Tres fueron las grandes crisis de la democracia española. La primera, el fallido golpe de Estado de 1981, cuando el coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados y, revólver en mano, gritó aquello de "señores, todos al suelo".

Noche de miedo

Fue una noche de miedo e incertidumbre. Pero duró poco.

La segunda gran sacudida fue en 2004, con los atentados terroristas de Atocha. Pero el cimbronazo tuvo un adversario claro y el golpazo emocional terminó decantando en mayor unidad. Una solidaridad de piña.

Este desafío es de otro pelaje y se diferencia de los anteriores. Porque no será breve, sino que costará mucho y porque no viene de fuera, sino de dentro. De la misma España.

"Es imposible no vivir todo esto con tristeza", dijo el tenor Plácido Domingo.

Los españolistas protestaron en Barcelona
Los españolistas protestaron en Barcelona. Foto: Reuters / Albert Gea

La pena y el desgarro fueron ayer sentimientos comunes en buena parte de la península. La temperatura política se había elevado demasiado y muy rápido.

El drama también afecto a deportistas. El tenista murciano Nicolás Almagro volcó la bronca en su cuenta de Twitter: "Una vergüenza lo de Puigdemont y sus súbditos intentando romper la unidad del PAÍS (ESPAÑA),una bolsita,calzoncillos limpios y a la cárcel".

"Todo esto ha sido en un mes", dijo alguien. Se refería al plazo transcurrido desde el referéndum separatista del pasado 1° de octubre. Pero eso fue el final. La cola del cometa.

El cuerpo viene formándose hace rato. Hace diez años los diputados independentistas eran 10. Hoy son 70. Algo pasó entre un número y otro y no se tuvo en cuenta.

Ayer, en Cataluña, se celebraba que España "no le robe más".

-¿Le roba?, preguntó LA NACION a Josep Borrell, el ex ministro socialista y autor de Las cuentas y los cuentos de la independencia.

-No, no le roba. Por supuesto que no, dijo.

De todas maneras, el desgarro y la tristeza estaban servidos.

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