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Un mediodía con Marcial Fernández

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Domingo 29 de octubre de 2017
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No sabía que ese mediodía iba a encontrarme con Marcial Fernández. Algún tiempo atrás había escuchado algo sobre su historia -el pasado remoto en Asturias, la llegada en la posguerra a Buenos Aires, el amargo destierro sentimental al que durante años condenó a su hijo-, pero ese mediodía su figura apareció como un fantasma entre nosotros y desde entonces no ha dejado de visitarme. Jorge Fernández Díaz estaba presentándole a un grupo de amigos del oficio (periodistas, actores, editores) su próxima novela, La herida, que trae de regreso a Remil, el infame agente de inteligencia de El puñal. Fue entonces que evocó a Marcial, su padre.

Como sucedía con tantos padres de esa generación, Marcial esperaba que su hijo cumpliese con el mandato del ascenso social estudiando medicina, abogacía o alguna otra carrera universitaria. Pero Fernández ya era un lector incorregible y soñaba con escribir novelas de aventuras como las de Conan Doyle. La literatura pasó a ser entonces una maldición, y su padre vio en los anhelos literarios de su hijo la sombra de la pereza y la deshonra. Durante el resto de su vida, inclusive cuando ya era un escritor de fuste, Fernández debió luchar contra esa decepción y afrontar el peso de esa mirada desaprobadora.

Fernández era redactor de policiales en el vespertino La Razón. Una tarde decidió tomar las armas de la literatura y escribir un folletín, El asesinato del wing izquierdo, cuyas entregas se publicaban junto a la crónica roja del día. Al final de uno de esos capítulos que le quitaban el aliento a los lectores y los dejaban expectantes hasta la tarde siguiente, alguien le robaba a un personaje en plena calle un bolso con dinero destinado a pagar un rescate. Esa noche, Fernández escuchó la voz apremiante de su padre en el teléfono. Marcial, el hombre de quien la literatura lo había separado durante tantos años, quería saber si el protagonista iba a recuperar el bolso. El periodista demoró unos segundos en comprender lo que verdaderamente develaba esa pregunta.

-¿Por qué querés saberlo, papá?

Su padre le contó entonces que los clientes del bar de Scalabrini Ortiz y Córdoba donde trabajaba como mozo leían todos los días ese relato electrizante y querían conocer anticipadamente el final de la historia.

-Sí, lo recupera-respondió. Fernández dejó que un silencio hondo creciera entre los dos. Sintió que el abismo que los separaba empezaba a angostarse.

-¿Estás seguro? -insistió Marcial.

-Sí, estoy seguro -. Fernández saludó apresuradamente a su padre, corrió a encerrarse en el baño y se echó a llorar. Esa noche supo que la literatura, que demasiados años los había distanciado, finalmente había vuelto a juntarlos.

Muchos años después, cuando su padre ya había muerto y él se había convertido en un novelista consagrado, Fernández escribió varios textos recordándolo. Esas evocaciones le permitieron reencontrarse con él, volver a escuchar un eco de su voz, vislumbrar en la bruma de la memoria el rostro de ese hombre al que durante tantos años había amado en silencio. En uno de esos textos, que fueron escritos como se escribe siempre sobre los padres cuando estos ya nos han dejado para siempre, Fernández rememora a Marcial no con el corazón herido de quien siente que lo separa de su padre un desierto helado sino con la conmoción de quien se reconcilió con él porque ha sabido perdonarlo. Absolverlo fue, tal vez, un modo de perdonarse a sí mismo.

"Mi padre huía hacia refugios de ausencia, que durante décadas yo confundí con el abandono -escribe-. Me quería tanto que le resultaba insoportable la idea de verme derrotado por la vida. Se sentía tan indefenso y vulnerable ante mi destino, que inconscientemente tomaba distancia para no tener que convivir con ese miedo hondo e inconfesable."

Al cabo del almuerzo, mientras nos despedíamos, le confié cuánto me había conmovido esa historia.

-Todos llevamos una herida -me dijo. Antes de proseguir, pidió que me dieran un ejemplar de su novela, que todavía olía a imprenta-. Y esa herida casi siempre está en la infancia.

Me quedé en un bar a leer La herida, pero cada dos o tres párrafos me interrumpía. De pronto creí ver sentado a mi mesa al fantasma de Marcial. Tenía los ojos húmedos de quien ha llorado de emoción durante mucho tiempo. Rozó el libro con una mano y me confió que estaba orgulloso de su hijo. Le dije que habían sido afortunados de hacer las paces cuando él aún vivía. Antes o después, los padres están destinados a amar a sus hijos, y los hijos, condenados a perdonarlos.

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