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Los planteos inteligentes y las gambetas

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 29 de octubre de 2017
Marcelo Gallardo, frente a la gran chance de avanzar a la final de la Copa Libertadores
Marcelo Gallardo, frente a la gran chance de avanzar a la final de la Copa Libertadores.

El primer envite por las semifinales de la Copa Libertadores entre River y Lanús nos dejó imágenes contrapuestas. De un lado, un equipo que enseñó sus cualidades y virtudes reconocidas; enfrente, otro que no fue fiel a su estilo, a su identidad. Y aunque nada indique que las cosas tengan que ser similares en la revancha, los 90 minutos del Monumental ya dieron pie para un buen número de reflexiones.

Me gustaría empezar con una frase que forma parte del discurso de los entrenadores cuando sus equipos proponen partidos cerrados. “Jugamos con inteligencia”, dicen, y al margen de que esto siempre se asocia a la cobardía y a la pericia para anularle las virtudes al rival, no es un sinónimo de eficacia.

Dicho esto me pregunto, ¿fue inteligente el partido que planteó Lanús? En fútbol los resultados se encuentran –y como nadie asegura los caminos para alcanzarlos– lo más sensato es tratar de aproximarse a ser lo que uno quiere ser. Y el martes pasado Lanús no se pareció a Lanús. Justamente uno de los equipos más reconocibles del fútbol argentino esta vez especuló demasiado, quiso poner el partido en pausa desde el comienzo, fue conformista y se enamoró muy pronto de un posible empate.

El problema es que cuando un equipo sabe que está renunciando a lo que sabe se agota mucho más. Lanús tiene laterales habituados a soltarse, delanteros acostumbrados a moverse en el último tercio de la cancha y un 9 que juega asistido por los de afuera. Esta vez, los laterales jugaron contenidos, los de arriba estuvieron pendientes de defender y Sand no tuvo a nadie cerca. Con el paso de los minutos, este juego contra natura va minando la fe y las energías hasta tornar a un equipo más vulnerable y con tendencia a equivocarse.

Me parece que estos partidos hay que jugarlos de otro modo, sin escaparle a los deberes y obligaciones, pero asumiendo los riesgos necesarios para jugar bien al fútbol. Los momentos históricos son oportunidades que quizás no vuelvan a presentarse y es ahí donde un equipo debe ser fiel a su libreto, a sus ideas, a la forma en que los jugadores han interpretado el fútbol del entrenador. Debe jugar con grandeza. En ese sentido, Lanús me defraudó, porque hasta el otro día nunca había tenido esta clase de complejos.

River, en cambio, se basa en el atrevimiento y en llevar a la práctica los ejes marcados por un técnico que puede tocar ciertas teclas, pero sólo cambia el adorno, nunca el estilo.

El conjunto de Gallardo puso en la cancha todas las cualidades que conforman su carácter competitivo. Una columna vertebral de hombres –Maidana, Pinola, Ponzio, Enzo Pérez, Rojas, Scocco…–, algo que en estas instancias, en las que no hay equipos que rompan moldes, es un activo muy grande; y por sobre todas las cosas, su perseverancia.

Hace poco leí una nota de Toni Nadal, el tío y entrenador de Rafa Nadal, en la que destacaba cómo se están perdiendo la atención y la perseverancia, columnas fundamentales para el aprendizaje y por ende para el juego. Recordé el artículo viendo a River, un equipo que nunca renuncia, que si tiene que dar veinte pasos al frente lo hace, aun sabiendo que los atributos físicos y la edad de sus centrales, por ejemplo, los lleva a sentirse más refugiados en la cueva.

El rol de Pity Martínez

En este sentido, el Pity Martínez me parece un símbolo que merece una consideración especial, porque también él ha tenido perseverancia para sortear la resistencia del público, el peso de la camiseta nueva o que no le saliera aquello que intentaba.

La gambeta nace como una respuesta creativa a una dificultad en el juego y es una herramienta muy poderosa para ganar un espacio cuando un equipo tiene la pelota, la circula, toca con precisión pero no logra desacomodar al rival. Es un acto de valentía, una apuesta, un desafío al rival, al público y hasta a los propios compañeros. La gambeta de este Martínez actual, más sereno y seguro, menos arrebatado en la toma de decisiones, apareció en el segundo tiempo y colaboró en darle un rumbo definitivo al partido.

El martes cabe esperar que River intente otra vez desconectar a su rival en la mitad de cancha. Uno supone que tendrá enfrente un equipo diferente en el ímpetu y el deseo, ese Lanús que cuando hace lo que tiene que hacer se convierte en temible. Incluso para el carácter competitivo de estos auténticos hombres que dirige Gallardo.

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