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La euforia dio paso a la calma en Barcelona

No hubo marchas ni funcionarios en el edificio de la Generalitat

Domingo 29 de octubre de 2017
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BARCELONA (LA NACION).- Apenas pasaron 24 horas de esta independencia pretendida con puño en alto, pero votada en secreto, que ayer esta ciudad parecía otra. En calma.

Bajo un cielo celeste y soleado, ni sombra se vio de las huestes republicanas que cantaron aquello de que "nada ni nadie la detiene" y que afirmó, hasta hartarse, que "las calles son nuestras". Días y días cantando lo mismo en cada esquina barcelonesa.

Veinticuatro horas apenas y lo que quedó a la vista fue una siesta de sábado que respiró, como muy pocas veces en esta semanas, en paz y satisfecha. Como quien sale de una resaca profunda y pesada.

Puede, como dijo Fidel -un estudiante de 19 años que salió con bandera independentista al hombro pero que, solitario, terminó enrollándola en la mochila-, que la procesión vaya por dentro. Puede ser. Es más, seguro que es así.

Pero los ritos movilizadores de estos últimos días parecieron ayer, por primera vez, caídos. Para empezar, la plaza de la Generalitat estuvo desierta, y el edificio, cerrado. A cal y canto.

Flameaba, arriba, la bandera española y, al costado, la catalana. Por momentos se confundieron los paños, los dos tan parecidos. Los dos con los mismos colores.

La plaza tuvo el aspecto de "antes". O sea, de antes de la escalada independentista. Poca gente y, por grupos decrecientes, lo que se vio fueron periodistas, turistas y, en último término, por cantidad de representantes, militantes y curiosos.

"¿Está Puigdemont?", fue la pregunta que repitió cada uno que se acercó a los que estaban más cerca de la valla. Hablaban, claro, de Carles, ex alcalde de Girona, el presidente independentista cesado por orden del gobierno central. "No, qué va a estar", contestó el que llevaba allí más horas, a la espera de que alguien apareciera.

Dicen que la ausencia era un dato. Porque el presidente cesado llevaba días durmiendo allí mismo, en un departamento privado que tiene la Generalitat en su interior. Pero que eso cambió. Que desde la aplicación del artículo 155 -la misma que luego llamó a resistir- allí no queda un alma.

Nadie más dio la cara. No hubo funcionarios, ni asesores, ni nada. El silencio fue el mismo, salvo que se entienda por hablar los mensajes en las redes sociales.

Por ejemplo, el también cesado vicepresidente Oriol Junqueras usó esa vía para decir que él tampoco acataba su cese y para pedir "a los más convencidos" que "acompañen especialmente a aquellos que tienen dudas e inquietudes".

Lo que tiene Junqueras es que, cuando se entusiasma, habla como un sacerdote. O como un asesor espiritual, al menos. Si esa era la idea, fue una pena que no estuviera ayer con los chicos de la bandera enrollada que preguntaban para dónde había que ir.

"Para el Arco del Triunfo, allí seguro hay marcha", indicó alguien, en referencia a la famosa puerta de color pardo en la Ronda de San Pedro, donde suele haber marchas soberanistas.

Otra decepción. O, tal vez, no tanto. En lugar de los micrófonos, los parlantes, los puños en alto y las concentraciones, lo que había ayer en el paseo barcelonés era una muestra de cava y vinos espumantes de la región. Numerosos puestitos donde -ticket mediante, acá nada es gratis- se podían degustar diferentes marcas.

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