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El primer surfista ciego del país va por su desafío mundial

Pablo Martínez competirá en un campeonato de la especialidad que se desarrollará el mes próximo en La Jolla, San Diego

Domingo 29 de octubre de 2017 • 14:19
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LA NACION
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Pablo Martínez competirá en San Diego
Pablo Martínez competirá en San Diego. Foto: Mauro V. Rizzi

MAR DEL PLATA. El bastón blanco lo dobla y guarda apenas pisa la arena. Ya no lo necesitará aguas adentro, donde la voz de "Chiry" es la referencia de escenario, tiempos y cercanía de la ola adecuada. "¡Ahí viene! ¡Dale, dale, dale! ¡Reme, reme! ¡Arriba!", ametralla el entrenador en un par de segundos. Y allí va el alumno, cumpliendo al pie de la letra: se perfila, rema, se afirma, da el salto y se sube a esa ola de emociones que le atraviesan el cuerpo cada vez que se afirma sobre su tabla para viajar varios metros al ritmo del mar.

"Ahí arriba sentís y disfrutás todo: el sonido del mar, la onda de la ola que acelera y ese cosquilleo que genera el movimiento de la tabla de surf en los pies", cuenta Pablo Martínez, el primer surfista ciego en el país que ahora va por un desafío aún mayor: competir en un campeonato mundial de la especialidad que se desarrollará el mes próximo en La Jolla, San Diego, con participación de deportistas con distinto grado de discapacidades.

Y sabe que, a pesar de las dificultades para financiar esta aventura, estará allí. Porque los imposibles no aparecen en el horizonte de este joven de 27 años, que quedó ciego a los 5, en apenas una semana, sin causa definida. Desde entonces acomodó su vida a nuevas condiciones sin mezquinar objetivos grandes.

A punto de recibirse de kinesiólogo, combina los últimos exámenes y prácticas de la carrera con los intensos entrenamientos que le propone Fernando Elichiribehety, su profesor de surf y lazarillo en el agua, donde Martínez aprendió a manejarse con autonomía y afrontar las consecuencias. Desde el vapuleo que le suelen provocar las olas en días agitados hasta un golpe cuando, de hacer las cosas bien, llega hasta la orilla y sale despedido cuando la tabla se clava contra la arena.

Se involucró con este deporte hace más de un año y medio, cuando supo de una clínica de surf adaptado que se dictaba en playas de Chapadmalal, con intención de habilitar la actividad a aquellos que tienen discapacidades. En su mayoría físicas, como amputaciones o lesiones medulares, siempre con tablas acondicionadas con soportes. Un universo de historias de superación personal.

Pablo Martínez, el primer surfista ciego en el país que ahora va por un desafío aún mayor
Pablo Martínez, el primer surfista ciego en el país que ahora va por un desafío aún mayor. Foto: Facebook Pablo Martinez surfeando al mundial

Pero Martínez surfea en condiciones normales. Tiene una tabla acorde a su altura y peso, se encarga de parafinarla antes de cada práctica para no patinarse y lo lleva de aquí para allá a partir de la habilidad que viene logrando en este tiempo de aprendizaje. "Lo que se intenta es darle todas las referencias posibles, pero en los torneos no se lo puede tocar ni al él ni a su tabla porque implica descalificación", explica Elichiribehety sobre el reglamento del campeonato de La Jolla, donde el año pasado ya tuvieron una primera experiencia con un sexto puesto entre ocho participantes que tuvo la categoría de disminuidos visuales.

"La primera vez que me paré en la tabla y me llevó la ola supe que algo grande iba a pasar", detalla a La Nación desde playa Waikiki, la cuna del surf nacional. En este camino también incidieron Matías Lombroni, su primer profesor, y Juan Martín Celano. La confianza, asegura, es su principal fortaleza. Siente que tiene que mejorar su capacidad de resistencia para lograr su máximo rendimiento. Pero se siente feliz con el solo hecho de practicar un deporte que siempre le había sido ajeno. "La felicidad, la alegría que te da remar y pararte sobre la tabla, es única, se festeja como un golazo", insiste e ilustra.

Se anima a comparar escenarios. Porque el mar, donde sabe nadar muy bien, tiene para él una sorpresa a cada segundo. Dice que el sonido es uno solo, lo mismo que los olores que suelen ser guía para un no vidente. "Los ciegos estamos acostumbrados a tocar con manos o bastón todo lo que sea obstáculo, pero aquí el único objeto que me ayuda lo llevo bajo la planta de los pies", explica sobre la tabla que va atada al tobillo y de tanto en tanto le deja una huella, cuando otra ola traicionera se la devuelve como un proyectil contra el cuerpo.

Antes de cada ingreso al mar su entrenador lo enfrenta a la costa. Le describe el formato de playa y el swell (sentido de la onda de ola), dato fundamental para orientar luego su recorrido al momento de surfear. Después se practica cada movimiento. Le flexionan piernas, brazos y cintura como si fuera un muñeco articulado, hasta encontrar la postura correcta. Será su referencia después de cada salto a la tabla. "Estamos construyendo conocimiento, porque no tenemos ningún manual de cómo un ciego puede aprender a hacer surf", explica Martínez, apasionado con la experiencia.

En el viaje hacia el Mundial todo es a pulmón. Suma adhesiones y voluntades, moneda sobre moneda, para costearse pasajes, estada y comida durante esa semana de competencia. "Todo suma", dice sobre rifas en marcha y donaciones. A tal efecto habilitó en Facebook el espacio "Pablo Martínez surfeando hacia el Mundial" donde hay datos de cuenta bancaria y contacto para quienes puedan colaborar con su sueño más difícil. Porque surfear, que parecía el imposible, para él hoy es una realidad cotidiana y apasionante.

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