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Se tomó licencia en una multinacional para asistir a enfermos en Calcuta

Hizo una pausa en el puesto regional de la multinacional en la que trabajaba y viajó como voluntario para ayudar a los más necesitados pero también para encontrarse a sí mismo

Martes 31 de octubre de 2017 • 00:13
PARA LA NACION
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Corría junio de 2016. Ezequiel Fattorini (35) llevaba dos años y medio viviendo en Bogotá, Colombia. Trabajaba como Gerente de Recursos Humanos de una reconocida multinacional. A su cargo tenía toda la región Andina y gracias a el lugar que ocupaba había podido conocer las diferentes realidades que estaban atravesando los países del área: Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú estaban entre los destinos que había visitado y algo en su interior empezaba a crecer con más fuerza. Necesitaba hacer un alto en su vida y aprender a pararse de otro modo frente a las circunstancias que le tocaban vivir. “En ese momento estaba haciendo un curso de Coaching Ontológico enfocado en hacerse cargo y no esperar que las cosas sucedan. Algo me decía que tenía que tomar esa decisión, dar ese paso, por más grande que pareciera, era tan solo un paso en el camino que venía transitando", recuerda.

No lo dudó. Agarró su tablet y sin pestañear compró un pasaje de avión para diciembre de ese mismo año. ¿El destino? Calcuta, en la India. ¿El objetivo? Pasar 22 días sirviendo y asistiendo a los más necesitados: personas en situación de pobreza extrema y enfermos terminales. "Durante mis últimos quince años, estuve acostumbrado a enfrentar desafíos y situaciones desconocidas que involucraban cambios, retos, pero en materia laboral, ámbito en el cual siempre me sentí cómodo y bien preparado. Esto era distinto, incluía enfrentar temores muy profundos, miedos que estaban acompañados de muchos prejuicios", asegura.

Todo arrancaba con el primer rayo de sol; a las 5 de la mañana se oficiaba una misa en el convento de la Casa Madre de las Misioneras de la Caridad donde descansan los restos de la Madre Teresa. Luego llegaba el desayuno: té, pan y una fruta y a continuación Ezequiel y el resto de los voluntarios se disponían a atravesar calles repletas de gente, autos viejos, motos, bicicletas, vacas y basura, mucha basura, según recuerda él. "Lo que más me llamaba la atención eran las sonrisas que todas las caras que cruzábamos esbozaban. ¿Cómo puede ser que sonrían en medio de esta marginalidad? Pero poco a poco comenzaban a desvanecerse algunas creencias que venía cargando durante tantos años y así la mochila con la que había llegado iba perdiendo peso".

Los días consistían básica y sencillamente en servir al otro. Ezequiel había sido destinado a dos hogares. Por las mañanas, asistía a Prem-Dan y, por las tardes, con más coraje y fortaleza, se dirigía a Kalighat donde el lema “ofrecer la oportunidad de morir con dignidad de acuerdo a los rituales de fe de cada uno” daba la bienvenida a todos los que cruzaran su puerta. Acompañar a los enfermos, bañarlos, lavarles la ropa, afeitarlos, cantarles con una vieja guitarra y hasta enfrentar el desgarrador momento de llegar al día siguiente y no ver entre los tantos moribundos a aquel con quien había compartido el día anterior eran las tareas que formaban parte de su rutina.

"Mentiría si dijera que al principio no me costó. Cuando me tocaba bañar a alguno de los enfermos, lo hacía de manera tímida, intentando no demostrar mi vergüenza. Pero con los días ese sentimiento desaparece y, como todo luego de la repetición, se hace sin esfuerzo; sumado a la mirada de agradecimiento de cada persona, terminaba siendo algo muy gratificante. Lo más impactante fue participar de voluntario por las tardes en Kalighat, donde el día anterior habías colaborado con masajes o cuidado a algún internado, y ese mismo día llegabas y su cama estaba ocupada por otra persona, significaba que esa persona había fallecido. Comprendí entonces que cada día podía ser el último para el otro, eso me obligaba a dar lo mejor de mí mismo. De alguna manera, lo crudo de la muerte abría también esa otra puerta de ser consciente de que mi función allí era justamente la de acompañar esos últimos pasos", reflexiona Ezequiel en voz alta.

Aligerar la carga

No fue una estadía fácil desde luego. Ezequiel batallaba en su interior contra las costumbres arraigadas, los prejuicios y los miedos. "Me costó mucho, muchas veces tenía ganas de irme, de salir corriendo. Todos los días peleaba con la idea de poder estar descansando o haciendo kitesurf en cualquier playa paradisíaca del Sudeste Asiático. Pero por suerte algo gritaba más fuerte, algo tuvo más fuerza y lo que ganó fue el deseo de dar un paso, tan solo un pequeño paso que tuvo sus grandes repercusiones. Hoy, viviendo nuevamente en mi querida Buenos Aires, como Director de Recursos Humanos para el Gruppo Campari en Sudamérica, mi caminar cambió. Sí, mi caminar, pero no el camino. No me visto con una sotana naranja, ni estoy rapado, ni me la paso sirviendo a moribundos, ni a los que más necesitan. Las necesidades llevan ropajes muy diversos, no visten a la moda, ni viven en un mismo barrio. Hoy me doy cuenta que mi bienestar significa estar bien con lo que hago y donde estoy y que en la mayoría de los casos yo puedo elegir cómo relacionarme con la circunstancia y que ella no define mi actuar, ni mi sentir ni mi pensar", dice con convicción.

El joven Director asegura que allí mismo en Calcuta y ayudando a los otros pasó una de las mejores celebraciones de Navidad de su vida. Rodeado de voluntarios de todo el mundo, que hablaban distintos idiomas, con ditintos colores de piel pero compartiendo el más auténtico de los deseos: sentir, servir y caminar juntos. "Empecé a vivir con una nueva coherencia. A preocuparme más por el interior y menos por el exterior, a escucharme más, a sentirme más, a prestar más atención a mis emociones y a mi cuerpo, y apagar -o por lo menos a bajar un poco el volumen- de mi mente. El silencio fue la herramienta desconocida más efectiva que conocí", dice pensativo.

Hoy la mochila que Ezequiel carga es más liviana y cada vez que recuerda ese puñado de pasos que dio en Calculta, las cosas tienen para él otro sabor y hacen un andar más consciente y agradecido. "La madre Teresa sostenía que una gota en el océano era tan solo una gota, pero sin esa gota el océano no sería el mismo. Quizá creer que el cambio para que sea verdadero debe ser rotundo y radical nos aleja, a veces, de dar el primer paso. Podemos servir al otro desde el lugar donde estemos siempre y cuando estemos dispuestos a generar esa gota que cambia el océano: el del otro y el nuestro", concluye mientras una sonrisa ilumina su mirada.

La voz del especialista

Gabriel Romano es Licenciado en Psicología, coordina la Red Argentina de Salud Mental y comparte una reflexión sobre las experiencias como las de Ezequiel que permiten revisar el modo en que el ser humano puede vencer las resistencias internas que tiene frente a los cambios. Escuchá el audio completo:

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