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Con una estocada a Trump, el fiscal cruzó un nuevo umbral

Martes 31 de octubre de 2017
LA NACION
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WASHINGTON.- Robert Mueller, el fiscal especial que investiga hasta dónde llegó la mano de Vladimir Putin en la última elección presidencial, necesitó menos de seis meses para dar su primera estocada a Donald Trump. Lo dejó expuesto, acorralado, sin una defensa sólida o creíble, y le envió un mensaje devastador: habrá más, y a Trump sólo le queda descubrir quién es el próximo en caer.

Mueller ha avanzado rápido, a paso firme, recostado en un equipo de ilustres sabuesos que parece desarmar la trama rusa como si se tratara de una mafia. Ayer, cruzó un umbral. Despejó dudas y dejó en claro que irá a fondo. Acusó y dejó bajo arresto a tres hombres del presidente, uno de ellos, nada menos, Paul Manafort, el director de campaña que Trump llevó hasta la convención nacional republicana que lo ungió candidato.

Pero quizás el dato más relevante sea que Mueller logró que uno de ellos se diera vuelta: George Papadopoulos, ignoto para muchos hasta ayer, cerró un acuerdo tras su arresto, en julio, y aportó las evidencias más contundentes conocidas hasta ahora sobre el hilo entre Trump y el Kremlin. Es un "soplón" típico: aún provee información y responde preguntas.

La pregunta en mente de todos es si Manafort y su socio, Richard Gates, el tercer acusado, seguirán ese camino y abrirán la puerta a más acusaciones. Ayer, muchos parecían convencidos de que Mueller sólo había soltado su primera bomba, no la última. De allí la pregunta que acecha a la Casa Blanca: ¿quién será el próximo?

Las miradas recaen, por ahora, en cuatro personas: Michael Flynn, su primer asesor de seguridad nacional, que mintió sobre sus encuentros con el ex embajador ruso en Washington; su yerno, Jared Kushner, y su hijo mayor, Donald Trump Jr., que participaron de un encuentro con una abogada rusa que ofreció información dañina sobre Hillary Clinton; y Carter Page, un ex asesor de campaña.

La Casa Blanca quedó descolocada, indefensa. El escándalo golpea cada vez más cerca del Salón Oval, y Trump sigue negándolo todo. Tiene dos opciones, y las dos son malas: perdonar a los involucrados, lo cual acarrea un alto costo político, o echar a Mueller, que desataría una crisis "a la Nixon" de envergadura incalculable. Sara Huckabee Sanders, vocera presidencial, descartó esa opción ayer. Pero Trump es impredecible. Visiblemente nerviosa, sin el talento de su jefe, Sanders desplegó como pudo el guión oficial: negar y desviar.

Le pegó a Clinton y ninguneó a Papadopoulos, a quien tildó de mero "voluntario" en la campaña con un rol "extremadamente limitado". Punto. Los documentos de Mueller dicen otra cosa. Algo similar intentó con Manafort. Mueller fue a fondo, al acusarlo de crímenes reservados para narcos o mafiosos. Durante meses, fue uno de los hombres fuertes de Trump. Dirigió su campaña.

"No tiene nada que ver con nosotros", llegó a decir en un momento Sanders. Como en otros temas, la realidad dista del relato.

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