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¿Cómo está posicionada la Argentina en el almacén del mundo?

Nuestro liderazgo es apenas una débil sombra del que supimos tener; la presión tributaria y la falta de valor agregado son algunos de los factores que nos impiden crecer

Jueves 02 de noviembre de 2017 • 00:01
PARA LA NACION
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Durante un encuentro que mantuve recientemente con el profesor Ray T. Goldberg en la Universidad de Harvard, él me manifestó su convicción de que si las políticas económicas pasasen a ser políticas de Estado que no traben el desarrollo agropecuario, la Argentina en poco tiempo sería líder mundial en alimentos.

La pregunta que inmediatamente me hice es: ¿la Argentina en realidad está asumiendo su rol de abastecedor de alimentos para el mundo?

En materia de producción, no se puede hablar de estancamiento. Pero tampoco es posible expresar un avance en la participación del país como proveedor global, dado que hay no sólo una disminución en el peso relativo de la producción en la oferta total, sino también en el saldo exportable en el comercio mundial de las commodities agrícolas. Así, sólo se mantiene el liderazgo en los derivados de la molienda de soja.

El intervencionismo ha sido por años el peor enemigo de la producción. Una mirada a la historia de los últimos años muestra una considerable baja en la producción de trigo, concretamente desde que se intervino el mercado, con cierto repunte a partir del cambio de rumbo con el actual gobierno.

La menor oferta de trigo y de granos forrajeros ha tenido un negativo efecto en la balanza comercial, con su consiguiente reducción del market share.

En el caso del maíz, del histórico segundo puesto mundial hemos bajado al cuarto o al quinto lugar. Mientras hace unos veinte años nuestro país representaba más del 80% de las exportaciones mundiales de girasol, hoy no llega al 10%.

La falta de una adecuada infraestructura y la presión tributaria –una de las más altas del mundo– nos han arrastrado por el peor camino, expresado en una fuerte tendencia a la producción de soja, en desmedro de la rotación agrícola.

Así, nuestro país ha logrado una forma de especialización que no es, justamente, la de mayores oportunidades para el desarrollo. Al especializarse como proveedora de materia prima del complejo sojero para el engorde de animales en el exterior, ha dejado de lado el potencial existente para generar mayor valor agregado.

"El país no ha logrado sumarse a la tendencia mundial de la comercialización de bienes diferenciados"

En relación con la carga impositiva, se destaca la incidencia de impuestos distorsivos, aquellos que malogran la asignación de recursos y empujan la estructura productiva a una pérdida de competitividad. Se trata básicamente de los gravámenes a las transacciones bancarias, a las exportaciones del complejo sojero, a los ingresos brutos o las tenencias de dinero que derivan en una tasa de inflación muy elevada.

Nuestro liderazgo hoy es apenas una débil sombra del que supimos tener. El comercio mundial de productos agropecuarios ronda la cifra de 400.000 millones de dólares y la Argentina participa con poco más del 3% del total. Tan sólo eso.

Pero lo más grave es que el país no ha logrado acompañar la tendencia mundial hacia la comercialización de bienes diferenciados, más relacionados con el deleite del consumidor que con los volúmenes producidos.

Al observar las producciones anuales, como los granos forrajeros y las oleaginosas, se advierte una pronunciada tendencia a ofertar mercaderías con marcadas diferencias productivas, más motivadas por variaciones en las superficies sembradas que por factores climáticos, a resultas de los volátiles diferenciales de precios.

En materia de calidad, la oferta argentina arrastra una triste fama derivada de falta de uniformidad en sus envíos.

Por el populismo encaramado en los gobiernos de turno, en muchas ocasiones se ha privilegiado el consumo interno y su diferencial de precios, en detrimento de los embarques al exterior. La idea de dar prioridad a la mesa de los argentinos ha llevado a frenar el ímpetu emprendedor.

Vale la pena mirar la trayectoria ascendente de Brasil en carnes. Hoy es el primer exportador mundial de carne vacuna, cuando hace no mucho tiempo era un importantísimo importador. Una política de Estado con herramientas de estímulo a la exportación ha logrado un envidiable desarrollo ganadero, con inteligente agresividad comercial en los mercados externos, para vender a más países y, muchas veces, a mejores precios que la Argentina.

No tiene sentido entrar en un dilema de suma cero –entre la exportación o el consumo interno– porque la producción debería alcanzar para abastecer la demanda de estos dos mercados.

Vale aguardar en la hora actual una dirigencia cada vez más arraigada en los intereses del país, que no tema cumplir con su alta misión alimentaria y energética para el mundo. Así es lógico aguardar una política de Estado tendiente al uso racional de las ventajas comparativas. Porque ello es hacer industria, como eslabonamiento hacia el cliente final –aguas abajo– y hacia la elaboración de insumos y producción de bienes de capital –aguas arriba–.

En las venas de nuestro país corre la savia del agro, y por ello tiene la posibilidad de alcanzar los primeros puestos en las agroindustrias del mundo. Negarlo equivale, ni más ni menos, que a escupir al cielo.

El autor es profesor de la Maestría de Agronegocios de la Ucema

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