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Revolución rusa

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Miércoles 01 de noviembre de 2017
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La “Nochnoi Pozor” (Noche de la Desgracia) fue la derrota 7-1 ante Portugal de 2004. “En tiempos de la URSS –ironizó un hincha–no había sexo, pero teníamos fútbol. Ahora hay mucho sexo, pero no fútbol. Deberíamos tener abstinencia por un tiempo”. El tercer puesto de la Eurocopa 2008 fue una hazaña fugaz. Porque luego la selección no se clasificó para el Mundial 2010 y quedó eliminado en la primera rueda de Brasil 2014. Se fue también en la primera rueda de la Eurocopa 2016 y de la Copa Confederaciones 2017. Sin embargo, unas semanas atrás, Sergey Fursenko, presidente del Zenit de San Petersburgo, se entusiasmó en el Kremlin. “Nuestro fútbol –afirmó– está viviendo una revolución, se está convirtiendo cada vez más en un verdadero juego ruso”. “¡Bien hecho Sergey!”, lo interrumpió Vladimir Putin. “En tu equipo ponés a ocho extranjeros en la Europa League. Es muy interesante lo que acabás de decirnos”.

“Pero estamos realmente preparando jugadores para el Mundial –atinó a defenderse Fursenko–, y dará resultados”. La prensa buscó a Roberto Mancini, DT italiano del Zenit. “No puedo estar en desacuerdo con nuestro presidente”. Se refería a Putin, no a Fursenko. Sin embargo, al partido siguiente, Mancini volvió a poner ocho extranjeros. Estaban los argentinos Sebastián Driusi, Leandro Paredes, Emanuel Mammana, Matías Kranevitter y Emiliano Rigoni. Y otra vez alineó a sólo tres rusos en la formación titular. En su liga, el fútbol ruso obliga a incluir un mínimo de cinco jugadores nacionales, pero libera el cupo en copas europeas. Este sábado, el país celebrará los festejos centrales por el centenario de la Revolución rusa. La revolución que sigue sin aparecer es la del fútbol. Y faltan apenas ocho meses para el Mundial.

Llevado por los británicos, el fútbol era de las clases medias urbanas cuando estallaron primero la Guerra Mundial de 1914 y luego la Revolución bolchevique de 1917. Los viejos equipos cambiaron de nombre y de símbolo. El Orekhovo fundado por ingleses en 1887 se convirtió en 1923 en el Dynamo de Moscú, bajo control de la policía secreta NKVD, precursora de la KGB. Ya eran tiempos de Stalin. El Ejército pasó a controlar al muy burgués CSKA. Las compañías del Estado crearon, entre otros, a Lokomotiv (ferrocarriles), Zenit (electricidad) y Torpedo (automóviles). Otros, como el Stajanovets (actual Shakhtar Donetsk), debían su nombre a Aleksei Stajanov, minero ruso héroe del trabajo socialista. El único club sin control directo del Estado, pero sí vinculado al jefe de la Juventud Comunista (Komsomol), Alexander Kosarev, pasó a ser en 1935 el Spartak (por Espartaco, el esclavo gladiador que lideró una rebelión contra Roma). Sus partidos contra el Dynamo eran clásicos de “pueblo vs. policía”. Ambos (junto con el CSKA) dominaron la liga hasta inicios de los 60. Su pelea se trasladó afuera de la cancha. Lavrenti Beria, jefe de la NKVD y brazo derecho de Stalin, encarceló en 1938 a Kosarev y en 1942 a los tres hermanos Starostin, fundadores del Spartak, acusados de prácticas burguesas y conspiración y enviados diez años a Siberia. “Una pequeña manera de decir no”, de Robert Edelman, cuenta la historia de Spartak. Marc Bennetts escribió a su vez “Football Dynamo”.

Vladimir Putin
Vladimir Putin. Foto: Sebastián Domenech

La selección pos Revolución rusa se la pasó jugando amistosos contra Turquía hasta que logró reconocimiento de la FIFA recién en 1946. Ganó el oro en su segunda participación olímpica (en los Juegos de Melbourne 56). En su debut en Mundiales (Suecia 58), venció a Inglaterra y quedó entre los ocho mejores. Conquistó la Eurocopa de 1960 en Francia, su máximo logro, y llegó a las semifinales en el Mundial 66. Eran tiempos del legendario arquero Lev Yashin, la Araña Negra, Balón de Oro 1963, y del goleador del Spartak Anatoliy Ilyin. Y también de Eduard Streltsov, “el Pelé ruso”, hábil, carismático, bebedor y mujeriego, figura de la selección desde su debut en 1954, con tres goles y apenas 17 años, y confinado a un Gulag acusado de violación. Fue una supuesta trampa, cuenta Jonathan Wilson en Behind the Curtain (Detrás de la cortina), porque se negó a pasar al CSKA del Ejército o al Dynamo de la KGB. Putin inauguró el lunes pasado en Moscú “El Muro del Dolor”, pavimentado con piedras extraídas de los Gulag, en el Día del Recuerdo a las Víctimas de la Represión Política.

La posperestroika de los 90 incluye historias de capitalismo salvaje y tardío. Partidos arreglados, jugadores con sus autos quemados, árbitros golpeados, dirigentes asesinados y competencia entre nuevos ricos para ganar títulos o dinero en tiempo récord. Bennets cita a Dostoievsky: “Si no hay Dios, entonces todo está permitido”. Algunos, como Roman Abramovich, que estaba en el CSKA, buscaron refugio afuera comprando un gran club como Chelsea. De Inglaterra, la Premier League rusa copió también hooligans, racistas y violentos. Spartak siguió ganando, pero el Dynamo moscovita, que en 2005 salió a la cancha con 11 extranjeros, descendió por primera vez en 2016. Ninguna de las 14 ex repúblicas soviéticas logró clasificarse ahora para el Mundial de 2018. Rusia, el país más grande de la tierra, lo hará porque es anfitrión. Anuncia nuevos jugadores extranjeros. Fueron nacionalizados con decretos firmados por Putin.

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