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Gallardo entra en la dimensión desconocida mientras Almirón busca la historia grande

Miércoles 01 de noviembre de 2017
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Nunca se apartó de la línea. En los Dorados de Sinaloa, en los Tiburones Rojos de Veracruz, en Correcaminos, en Tijuana, en Defensa y Justicia, en Godoy Cruz y en Independiente, donde hasta lo ofendieron. Pero no se distrajo, no se contaminó. ¿Alguien le escuchó algún mensaje revanchista? Jorge Almirón creció en la derrota, porque hasta el título del año pasado con Lanús no había ganado nada en su carrera como entrenador. Pero el fracaso no lo pervirtió. Siguió creyendo en los mismos pilares con los que sólo había cosechado destrato. Con el 0-2 tenía un pasaje al destierro, porque hoy el fútbol está concebido así: tiene que haber una gran alegría o una gran tristeza… y el que cae en desgracia es observado con sospecha.

Almirón fue un conductor sincero con la propuesta y coherente con la ejecución. La misma mano enclenque de antes es la que ha construido este Lanús por primera vez finalista de la Libertadores. Ahora será ductilidad lo que antes fue debilidad. Ahora Almirón tendrá que cuidarse de los mensajes de admiración. Está a 180 minutos de entrar en la historia grande, a veces la cara más dañina del fútbol.

Los entrenadores, expuestos a tantas embestidas, nunca encuentran amparo. Ahora también lo sabe Gallardo, que anoche sufrió el mayor cachetazo en su trayectoria como técnico. Comprobó que es terrenal justo en la antesala del supeclásico, que espera para diseccionarlo. Los River-Boca encierran un morboso atractivo: a los dos los estimula muchísimo más la lucha por evitar la humillación y la vergüenza que la pelea por el reconocimiento. River, magullado, buscará arruinar los récords de Boca y detener su cosecha de siete triunfos consecutivos. Boca, altivo, burlarse con una victoria en rodeo ajeno. Nunca en un Boca-River no hay nada en juego. Y jamás de un River-Boca se escapa sin secuelas. El peligro acecha y motoriza. Si alguno cree que este duelo en Núñez estará revestido de indiferencia o inmunidad, se equivoca. El clásico no se negocia, principio y final de toda construcción anímica. El clásico martilla sobre las emociones con un poder único.

Todos los entrenadores saben que finalmente pierden; ayer, hoy o dentro de un año. Siempre, porque ningún éxito inmuniza. Llegará un pasaje escondido en la vida de Gallardo, hasta anoche entrenador, gerente y gurú millonario: observar cómo gestiona la adversidad, que es cuando verdaderamente se aprende. Ahora se analizará cómo tramita la desventura. Un escenario en el que Almirón ya se había diplomado con notas altas. Aferrarse a las convicciones debe ser innegociable para un DT que aspira al respeto. No a la supervivencia ni a la simpatía de un plantel, porque en algún momento todos abandonan al técnico. Por eso su capital es la credibilidad que construye. La solidez en la derrota. Gallardo se zambulle en una dimensión desconocida. Y el feroz superclásico lo espera afilándose los colmillos.

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