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Ramón Cabrero no se irá porque marcó el rumbo que ahora prolonga Jorge Almirón

La fiesta de Lanús cedió paso al dolor por la muerte del DT del título de 2007; del maestro que dejó una huella al técnico que revalida un legado

Jueves 02 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Almirón, con los fuegos artificiales de fondo previos del partido, un anticipo de la fiesta
Almirón, con los fuegos artificiales de fondo previos del partido, un anticipo de la fiesta. Foto: Reuters

Los festejos en Lanús se prolongaron hasta bien entrada la madrugada, y no se acallaron por cansancio o por afonía, sino por esa noticia inesperada que paraliza y conmueve: la muerte. En las primeras horas de la mañana del miércoles se supo que había fallecido Ramón Cabrero, a los 69 años. La obra futbolística de este Lanús no puede dejar de ser vista a través del legado de aquel título del Apertura 2007, el primero del club granate en el ámbito local.

Si el equipo de Jorge Almirón se consagra campeón de la Copa Libertadores el 29 de noviembre, lo hará tres días antes del 10º aniversario de aquella vuelta olímpica en la Bombonera, tras un 1 a 1 ante Boca.

Cabrero es el recuerdo eterno, la gratitud imperecedera al hijo de la casa y la nostalgia por aquellos tiempos que posicionaron a Lanús como una nueva potencia competitiva. Almirón es el conductor que llegó sin tener ningún vínculo previo y que se fue ganando el reconocimiento y el aprecio del hincha. Entre ambos entrenadores hay un hilo conductor: concibieron dos equipos ambiciosos, valientes para ir al frente. Con un par de distinciones diferenciales: el de Cabrero procedía más de la cantera y tenía un estilo más directo; el de Almirón se armó en buena medida en los mercados de pases y cultiva un juego más de posesión, le gusta pasarse la pelota.

El nexo entre un conductor y otro es uno de los dirigentes más importantes de la última década: el presidente Nicolás Russo. Y en el medio vuelve a aparecer River como un divisor de aguas. Corría noviembre de 2005 y Lanús era goleado 4-1 en el Monumental. Russo, por entonces al frente de la subcomisión de Fútbol, le bajó el pulgar a Néstor Gorosito. Había malestar por los resultados y con varios refuerzos de discreto nivel.

Finiquitada la destitución de "Pipo" Gorosito, Russo se fue la casa de Cabrero, un vecino más de Lanús, para convencerlo de que debía dejar la conducción de las divisiones inferiores y asumir en la primera, acompañado por Luis Zubeldía, un prematuro ex jugador y un novel director técnico con muchos deseos de progresar.

La premisa fue promover a los jóvenes y armar un equipo con lo propio. Así, respaldado atrás por algunos jugadores curtidos, como el arquero Bossio, Graieb y Ribonetto, más un Sand que ya tenía una trayectoria, se fueron afianzando los valores que Cabrero conocía de más pibes: "Laucha" Acosta, Valeri, Marcos Aguirre, Fritzler, Sebastián Blanco, Pelletieri, Hoyos, Salomón, Diego Lagos.

Con motivo de la muerte de Cabrero, Sand destacó la importancia que tuvo: "Ramón es un poco el fundador de todo esto; él me trajo acá, estamos muy dolidos. Sacó un montón de jugadores, siempre ayudando y dando una mano, nunca una crítica".

Con Cabrero se fue algo más que un entrenador, partió un personaje cercano, uno más del barrio, que periódicamente se sentaba a tomar café en un bar de la calle 9 de Julio, un parroquiano más en las charlas de fútbol. Alguien que no se dejaba llevar por la vorágine de estos tiempos: cuando se sacaba el buzo de entrenador podía dar una mano en el negocio familiar de venta de ropa infantil. Este inmigrante que a los 3 años dejó su Santander natal se había convertido en un maestro, al que Lanús no dejó de recurrir a pesar de que su salud iba mermando. Igual, en el club querían que su ojo examinador de promesas se diera una vuelta cada tanto.

A diferencia de Cabrero, para cruzarlo a Almirón por la calle hay que ir hasta Puerto Madero. Este hijo de padre formoseño no presume de fama ni vanidad; se puede pasar largo tiempo firmando autógrafos o sacándose fotos con los alumnos del profesorado de educación física que salen del polideportivo, como ocurrió ayer.

Tiene firmes convicciones futolísticas, sin ser un tozudo. Sand no era de su agrado futbolístico, quería un delantero para ejercer la presión alta los 90 minutos, pero se rindió a todo lo demás que le ofrecía: gol, desgaste para aguantar la pelota y fijar a los centrales, amor por la camiseta. Almirón no deja de extrañar al zaguero paraguayo Gómez, vendido al Milan. Sin la joyita Miguel Almirón, tardó menos que los mellizos Barros Schelotto en encontrarle el lugar al uruguayo Silva. Le gusta más el juego con los pies de Monetti, pero Andrada se ganó el puesto con sus atajadas. Hoy, su Lanús es finalista con tres jugadores (Maxi Velázquez, Acosta y Sand) del Lanús de Cabrero, que ya no está, o sí, como ocurre con los que marcan el rumbo correcto.

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