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Amar la vida y cada uno de sus gestos

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 05 de noviembre de 2017
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Si cierro los ojos y pienso en todos los matices que dieron mis rumbos desde donde nacen mis recuerdos hasta hoy, puedo claramente describirlos con cierta brevedad, no así con ligereza. Mi esencia ha sido regida por la irreverencia de la incertidumbre. Mis decisiones, quizás más por la intuición que por la razón. Mi trabajo, por la más empecinada y obcecada perseverancia. Mis amores tumultuosos y ardientes, por el legado de mi niñez, generosa de geografías y somnolienta de afectos.

Tuve muchos y gloriosos padres: el propio, asiduo e íntimo creyente de lo posible, y otros menos heroicos que fui eligiendo por el camino. Quizás el más grande, noble y puro fue la cordillera de los Andes, con sus entornos de sol, nieves, aguas, vientos, nubes, árboles y silencio. Sobre aquellos símbolos construí cada una de las pasiones y gestos que rigieron mi días. Un amor lozano que llevé conmigo a cada punto del planeta y también a cada noche oscura cuando a ciegas y a tientas abanicaba pequeñas esperanzas de cauto y ralo pulmón.

Nos conocimos en una tormenta, una silenciosa tempestad que parecía arrasar con inclemencia la constitución y el alma de todos. Aquel día ella se presentó con un vestido blanco, yo estaba quizás en lo más alto de mi negación. Cuando uno niega realidades los caminos de escape son dolorosos para todos. Los que están cerca y los que miran de lejos. Aquel vestido blanco fue un símbolo de alivio, de reposo, ella tenía entre sus manos un bálsamo como una compresa tibia de hierbas que ahogaba un dolor que parecía difícil de sanar. Aquel elevado silencio, su comprensión sin enumeración, fue tomando con el correr de los años cada parte de mí. Una nobleza de raíz que despuntaba brillo sin palabras, pero con los más cálidos gestos que jamás alguien haya poseído.

Foto: Ilustración: Flor Sánchez Elia

Nuestros pasos se cruzaron tantas veces en años anteriores, pero aquel día cuando se sentó a mi lado, su vestido y su sencilla proximidad de sillón, enunció y comenzó a sujetar un vínculo que sin apuro nos llevó de la amistad al deseo y a un nuevo amor arraigado en un calmo y sigiloso entendimiento.

A veces nacemos con pobreza de amor, quizás por nacer en la noche de los pensamientos o de los pecados o por alguna inclemencia escandalosa que cimentó carencias desde la misma concepción. Con aquellas cartas dadas sin reto al maldón, intentamos conocer el mundo a través del silencio de nuestros ojos y con el corazón en la boca. Hermosos náufragos de la vida, ya que los días y las noches son majestuosos emblemas de la esperanza. Tienen la bondad de las olas que acarician roca y arena por igual. Aunque carenciados, no se nos niega el sol, tenemos manos para tocar y pies para andar, los sauces llorones nos dan sombra y frescor a la vera de caudalosos ríos y de a poco entre tambaleos creemos aprender a amar desde las llagas del recuerdo. Hay heridas que no sanan nunca, pero también gracias a ellas encontramos los lenguajes del hacer que transitamos con ahínco, logrando que amaneceres y noches sean osados campos de batalla de vida.

Así, aquella incipiente precariedad elemental comienza a ser cuidada por la intuición que tiene sus orígenes en la milenaria memoria colectiva cuando sólo se elegía entre frío o calor; saciedad o hambre. Todo regido por las noches y los días.

Y con este enunciado cumplo en decir que más allá de los secretos que contengamos entre los dobleces del alma nuestro vestido blanco ha flameado a través de los años entre cenizas de volcanes y suspiros de ángeles.

Soy hombre y mujer porque amo la vida y cada uno de sus gestos, aunque al final la única y verdadera generosidad sea la de la naturaleza que memorablemente nos ha acunado entre los estrépitos y tumultos del origen.

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